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Eliseo quería vivir

Eliseo Reyes con su familia a la que amó profundamente. Foto de Archivo

Eliseo Reyes con su familia a la que amó profundamente. / Foto de Archivo

ROLANDO

Los hombres dormitaban con sobresalto en la selva boliviana, asolados por el frío. Disimulaban el hambre cazando monos y pájaros de colores brillantes. Al amanecer, los huesos tiritantes, se ponían en marcha una vez más. El 25 de abril de 1967, a eso de las 10 de la mañana, los exploradores avistaron 30 guardias del ejército boliviano, o 60, avanzando en dirección al campamento del Che en una finca situada entre la región de Ticucha y el río Iquira. Se determinó emboscar al enemigo en una pequeña recta que bordeaba el arroyo. A Rolando y un grupo reducido les tocó cubrir el lateral y atacar por el flanco. Empezaron a tronar los tiros, a cruzarse los fuegos desiguales. Una bala le perforó el fémur al cubano, el cauce de la sangre traspasó el hueco de su cuerpo, se hizo un charco sobre la tierra. En vano intentaron reanimarlo con plasma. Había muerto el comisario político de la guerrilla del Che en Bolivia, Eliseo Reyes Rodríguez o capitán San Luis como le conocían en su isla lejana. Dos días después, cumpliría 27 años y probablemente sus compañeros abrirían unas cuantas latas de leche condensada de la reserva, una cajetilla de cigarros, le estrecharían la mano, harían chistes... pero Rolando era un cadáver frío bajo una “débil capa de tierra”. EL MENSAJERO

A esas horas, sus padres lo pensaban vivo, cansado, hambriento a lo mejor, pero vivo en algún sitio del planeta. Lo recordaban chiquitico, aprendiéndose los caminos de Chamarretas y Caridad del Bucuey en el municipio santiaguero de San Luis; alegre, aplicado en el estudio, trabajador para la casa, igual a otros muchachos de su edad. Su familia toda se integró a la lucha guerrillera a finales de los '50. Con 17 años partió Eliseo para la Sierra Maestra. Allí le pusieron San Luis, pues era costumbre entre los combatientes apodarse como su lugar de origen. El Che lo vio llegar, casi un niño, al campamento del Hombrito y dudó que resistiera los horrores de la guerra. Fue mensajero al inicio. Cuentan que en una ocasión, le mandaron llevar a Santiago de Cuba un recado para René Ramos Latour (Daniel), sustituto de Frank País en la lucha clandestina. Cumplió puntual la encomienda, mas fue tal el esfuerzo, que necesitó estar dos días en cama. A su retorno, le confiaron la jefatura de un pelotón de la columna invasora número ocho Ciro Redondo. En enero de 1959, ya portaba los grados de capitán. Luego lo nombraron jefe de la Policía Militar en La Cabaña, responsable del G-2 de la Policía Nacional y, en 1962, delegado del Ministerio del Interior en Pinar del Río. CAPITÁN

“Soy de La Habana pero vivo aquí en Pinar desde el año ´63. Vine a crear el Departamento de vigilancia de puertos y costas. Me dieron una carta de presentación para el capitán San Luis y me sorprendí de ver a aquel muchachito delgado, de estatura mediana, sin pelos en la cara. Lo imaginaba más alto y viejo”, relata Fernando Leiva García, teniente coronel retirado del Minint. “San Luis trataba a las personas con delicadeza. Nunca te regañaba en público ni usaba su poder para humillarte y eso nos hacía respetarle más. Conducía los despachos con maestría a pesar de que solo tenía sexto grado. “Creó una escuela para elevar el nivel cultural de los oficiales y era el primero en llegar todas las noches. No admitía ausencias, él mismo pasaba lista. “Poseía una inteligencia natural. Me decía: ´Leiva, tienes que formar tu tropa con los hijos de los pescadores, que conocen las costas como las palmas de sus manos´. Llevaba razón: en las operaciones contra el enemigo el esfuerzo de esos muchachos fue vital. “Recuerdo la operación contra el barco Rex en el cabo de San Antonio. El capitán estuvo en el comité de recepción y él mismo hizo los primeros disparos. Desarticuló, una a una, todas las bandas contrarrevolucionarias en Vueltabajo. “Algunas tardes jugamos softball en Borrego, donde había un terrenito con sus luces”. ´ ¡AH, VALENTINA!´

Carmen Valentina Ledesma operaba la pizarra de la jefatura de Seguridad del Estado en Máximo Gómez 30, donde radicaba la oficina de San Luis. Las veces que Olaya, la secretaria personal del capitán tuvo que ausentarse, ella ocupó su puesto. “Mecanografié informes que San Luis me dictaba. ¡Tremenda mecanógrafa era yo! El jefe tenía una forma de ser muy ´buenachera´. El cinturón bailaba en su cintura de lo flaco que estaba. Yo le decía: ´¿Capitán por qué usted sube los escalones de dos en dos?´, ´¡Ah, Valentina!, porque en la Sierra fui mensajero y aprendí a dar zancadas en las lomas´. “Cuando me casé, no pudo ir a la ceremonia pero me envió un regalo con su chofer: unas bandejas plásticas lindas, con unos indios remando. “Solía visitar la casa de Eliseo. Su esposa, Nelia Barreras, me mostraba los retratos de la boda de ambos: ella vestida de blanco, él en su traje de gala”. AMADA

¡Cómo estaría trémula en mis brazos la dulce amada mía!
dándome con sus ojos luz sagrada,
con su aroma de flor,
savia divina.
En la alcoba, la lámpara derramando
sus luces,
oyéndose tan solo suspiros,
ecos,
risas,
el ruido de los besos.
la música triunfante de mis rimas,
y en la negra y cercana chimenea,
el fuego brillador que estalla en chis pas. San Luis envió estos versos a su mujer desde Bolivia, hace ya 50 años. Este martes, Nelia los repitió para mí del otro lado del teléfono y me conmovió su tesitura fina, la risa dulce que por ratos me regaló. Ojalá pudiera yo agarrar un pedazo de su voz y pegarla en esta hoja de periódico. Otro fragmento me leyó de la carta postrera de su amor. “Te escribo esta poesía como una forma de decirte cómo y cuánto pienso en ti. Lo mismo me pasa con los niños. En estos días he tratado de imaginármelos... a Renecito. Me parece que debe estar gordito y dando algunos pasitos”. La canción El dulce abismo, de Silvio Rodríguez está inspirado en esta esquela que Nelia ha revisado cientos de veces. Sus ojos memorizaron cada trazo. ¿Cómo conoció al capitán?, le pregunto

“Fue en los primeros días de la Revolución. Yo estaba mirando la televisión y empezaron a entrevistar a un muchacho rebelde que había regresado de la Sierra. Me llamó la atención que no hablaba de sí mismo sino que resaltaba a sus compañeros de lucha. Entonces me propuse conocerlo. “Supe que a los combatientes que iban llegando a La Habana, los alojaban en hoteles. Llamé a todos, pero el hombre no se hallaba en ninguno. Por último telefoneé a La Cabaña y tampoco logré comunicarme con él. Me dio pena seguir insistiendo y me dije: ‘Ahora voy a escribirle una carta‘. Se la envié pero pasaron tres meses y no recibía respuesta. Un día se presentó en mi casa. ¡Ay mi madre! Los pies me temblaban. Empezamos a conocernos, tiempo después nos hicimos novios y fijamos la boda para el 15 de abril de 1961. “Por el ´62, cuando la Crisis de Octubre, lo enviaron a Pinar, como jefe de la Seguridad del Estado y me fui con él”. ¿Dónde se alojaron? “En una casa antigua de la calle Luis Pérez que perteneció al dueño de la Jupiña. Allí estuvimos un año más menos. Luego nos mudamos a un apartamento en la avenida Rafael Ferro”. ¿Fue feliz aquí?

“Los pinareños nos acogieron como familia. Son gente buena. Había mucha actividad contrarrevolucionaria por allá y Eliseo llegaba a casa tarde en la noche, pero sacaba un tiempito para mimar a los muchachos. A veces peinaba a la niña”. “YA ME VOY, TIGRE”

“La primera vez que lo vi, San Luis procuraba apagar un motín de presos políticos. Su coraje inspiraba a los demás oficiales a pesar de que estaba recién llegado a la provincia”, rememora Lázaro Gómez, funcionario de la dirección provincial de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana en Vueltabajo. “Y me lo tropecé por última vez en la esquina habanera de 23 y M, cerca del teatro Radiocentro (hoy Yara) y el edificio de 17 pisos donde antes radicaba el Minint. Allí estaba con los padres, la mujer y los tres niños, el más chiquito de pañales todavía.
‘“Ya me voy, Tigre, me despides de los compañeros allá en Pinar del Río’, me dijo, casi se abrazó a mí”. El MEJOR HOMBRE DE LA GUERRILLA DEL CHE

Sobre los sucesos del 25 de abril de 1967, el “Día Negro”, escribiría el Che en su diario:
Hemos perdido el mejor hombre de la guerrilla, y naturalmente, uno de sus pilares. De su muerte oscura solo cabe decir, para un hipotético futuro que pudiera cristalizar: “Tu cadáver pequeño de capitán valiente ha extendido en lo inmenso su metálica forma”. Pablo Neruda es el autor de los versos aludidos por el Che para elogiar a su amigo. Hay quien vio llorar al argentino mientras colocaban a San Luis a la sepultura. Horas antes, cuando amainó el fuego del combate y los guerrilleros empezaron a replegarse, descubrieron a Rolando exangüe, casi sin conocimiento. Tenía el fusil entre las piernas, pues había creado una especie de torniquete. Eliseo quería vivir y mantuvo abiertos, mientras pudo, sus ojos achinados. “San Luis fue el padrino de mi casamiento”, comenta orgulloso Fernando Leiva. / Foto de Alejandro Rosales“San Luis fue el padrino de mi casamiento”, comenta orgulloso Fernando Leiva. / Foto de Alejandro Rosales “A veces el capitán se recostaba a la pizarra y me hacía cuentos de Pepito”, evoca Valentina. / Foto de Susana Rodríguez“A veces el capitán se recostaba a la pizarra y me hacía cuentos de Pepito”, evoca Valentina. / Foto de Susana Rodríguez

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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