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La rutina de un historiador

Historiador de Pinar del Río

Este 16 de abril, en la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), confirieron la Réplica del Machete Mambí del Generalísimo Máximo Gómez a un grupo de escritores, artistas, periodistas e instituciones culturales que han enaltecido con su obra los más genuinos valores del pueblo cubano.

Entre los galardonados se hallaba un pinareño enamorado de su terruño, orador de elegantes maneras y palabra elocuente: Juan Carlos Rodríguez Díaz, historiar de la ciudad de Pinar del Río. Le pedimos en Guerrillero hablar sobre su vida, pero Juan Carlos se siente incómodo platicando de sí mismo, dice nosotros en lugar de yo. “El reconocimiento recibido de manos de Álvaro López Miera, viceministro primero de las FAR y jefe del Estado Mayor General, no constituye un premio personal, es resultante del trabajo de un colectivo de historiadores: de los que ya no están físicamente y de los que aún se afanan desde las aulas en la enseñanza creativa de la historia y ayudan así, a preservar la memoria de la nación cubana, esa que está siendo agredida y llamada a olvidar el pasado”, comenta. “Este galardón, más que un estímulo, deviene compromiso a continuar defendiendo el patrimonio tangible e intangible y las tradiciones locales. En estos tiempos en que poco se lee, debemos lograr que la juventud haga una aprehensión de nuestras esencias históricas y las usen como armas cotidianas en sus proyectos de vida. Hay mucho por estudiar. “Con inmenso orgullo recibimos la réplica del machete del Generalísimo, hombre regio, tozudo, de figura quijo-tesca que dirigió legendarias invasiones y cargas al machete, que rechazó la penetración militar norteamericana en Cuba. En estos momentos el Instituto de Historia de Cuba está enfocado en la publicación de las obras completas de Gómez a partir de la compilación de su papelería”. En 1986, a propuesta del periódico Guerrillero y la revista Inicios, Juan Carlos escribió artículos acerca del pensamiento social antiesclavista del dominicano, sus nexos con Vueltabajo y cómo los pinareños conocieron la noticia de su muerte. De niño, escuchaba a su bisabuelo materno narrar las aventuras del “chino viejo” –como algunos llamaban a Gómez– y del lugarteniente general Antonio Maceo. “Mi bisabuelo estuvo vinculado a las acciones de Ceja del Negro y a la Guerrita de Agosto. Fue una persona muy ecuánime y noble pero con mucho apego a las armas, sobre todo a la cacería. Era proverbial la fama de puntería que tenía en Consolación y Cascajales.
“Mi abuelo paterno, por su parte, era natural de la zona del Rosario. Se opuso a los desalojos campesinos promovidos por el temible Pedro Blanco Torres. Recibió golpizas y cayó preso varias veces. “Provengo de una familia muy apegada a las tradiciones del guajiro cubano. A pesar de su bajo nivel cultural, mis padres me enseñaron a amar la lectura desde pequeño”. ¿Dónde nació usted?

“Nací en la maternidad ubicada en los altos de la antigua calle Retiro, el seis de febrero de 1961. Papá estaba movilizado. “Mi infancia transcurrió muy cerca de la antigua plaza del mercado y la Ermita de la Caridad. Asistí a las escuelas Ciro Redondo y Carlos Marx y a las escuelas en el campo de Guane, donde me formé con independencia y descubrí mi vocación natural hacia la historia. Mucho agradezco a los profesores del destacamento pedagógico Manuel Ascunce Dome-nech, venidos de La Habana algunos de ellos. “Recuerdo mis primeras lecturas en la biblioteca Ramón González Coro y las visitas a la casa de los Veteranos y Patriotas, situada donde radica hoy La Sitiera. Uno se quedaba extasiado viendo a aquellos viejitos con sus medallas, meciéndose en los sillones. “Vendría después el apego por la carrera de Historia. Entré al Instituto Superior Pedagógico en 1979 y cumplí mi servicio social en la escuela militar Camilo Cienfuegos. Aquellos estudiantes míos de noveno grado son actualmente oficiales del Minint, de las FAR y los servicios de inteligencia. “Allí vi partir a los primeros jóvenes a la guerra de Angola. Empezaron a llegar las comunicaciones de los que morían en aquel distante lugar. Fueron momentos épicos”. Juan Carlos lleva 35 años ejerciendo la docencia. Ama la efervescencia de las aulas, por eso no abandonó su trabajo en la facultad pedagógica de la universidad de Pinar del Río, ni siquiera cuando lo nombraron historiador de la ciudad en el 2006. Su rutina es intensa. Se levanta de madrugada todos los días para participar en el programa radial En torno a, donde los oyentes interactúan y preguntan al investigador datos curiosos. “Mi trabajo nunca acaba. Me interesa lo mismo el testimonio del obrero que construyó el 12 plantas como del combatiente que estuvo junto a San Luis en la Operación Comando. “Luego me voy al Museo Provincial donde tenemos un espacio abierto a las evidencias arqueológicas. Recogemos libros que se botan en los descartes de las instituciones, nos ocupamos de los guiones museológicos, del vínculo con la Asociación de Combatientes que es permanente. “Recogemos evidencias que aparecen ahora mismo con la reanimación de la ciudad: una numeración de 1958 que encontramos cerca del correo, un casquillo, una porcelana, cerámica de principios del siglo XX, un busto abandonado en un almacén... “Recibimos cuántas sugerencias hacen los pobladores sobre el remozamiento de Pinar, algunos inconformes, otros agradecidos.
Chequeamos el desarrollo de las obras constructivas, velamos que se ejecuten con apego al patrimonio, a la identidad. “Asesoramos a los jóvenes periodistas, socializamos temas importantes. Trabajamos en la concepción de la maqueta de la ciudad y lo que pretende ser el Centro de Interpretación Histórica de la Ciudad”. ¿Cuál es su sitio favorito?

“Tengo apego especial por el Museo Provincial que atesora más de 7 000 piezas. Uno puede admirar allí un machete original de un general vueltabajero y otros objetos vinculados a la memoria íntima de la ciudad, cosas tan sencillas como la gubia de conchas de un aborigen anónimo que vivió en las profundidades de Guanahacabibes o el trofeo del equipo de pelota. En ese local estuvieron los jóvenes rebeldes, aconteció el velatorio de Marina Azcuy y de los muertos en la explosión del cuartel Ravena. “Amo también desandar las calles de mi ciudad, tropezarme con la vieja maestra de mi juventud. A veces paso cerca del parque Roberto Amarán y envidio a su gente sentada en los bancos, a los discutidores de siempre con tiempo para reunirse y reír juntos”.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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