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Viejo parque con nueva cara

Parque de Montequín

Foto de la autora

Hacía solo media hora el guarda parque había terminado de barrer las últimas hojas del suelo. La tarea del cuidador parecía incesante. La Glorieta de Montequín está rodeado de jagüeyes con aspecto apacible.

Tienen más de 60 años y representan los únicos testigos intactos del lugar. Lo demás ya sucumbió a la modernización o ha sido reconstruido. Las obras datan de la década del 40 del pasado siglo y conformaban un amplio complejo militar que dominaba la entrada a la ciudad de Pinar del Río. Los árboles envuelven todos los alrededores como una cáscara de pan. Y permanecen como un fortín intacto. Alguna vez, la zona mantuvo dentro de su funcionabilidad viviendas atípicas, una escuela, un teatro, además de otros centros propios de la infraestructura militar para el uso exclusivo de soldados y oficiales del regimiento militar Juan Rius Rivera. Durante las décadas siguientes, nuevos inquilinos poblaron el área y lo que era como un sitio excepcional para militares, empezó a ser de acceso público y para toda la comunidad. Algunos asocian al jagüey como un símbolo de ingratitud y traición, porque poco a poco se arrima a otras especies cercanas hasta que ocupa su terreno. Y como un verdadero vaticinio que anuncia lo casi inevitable o no puede deshacerse de su destino, hasta hace algunos meses el parque permaneció destruido. “Es un lugar que nunca había recibido una remodelación con el alcance que tuvo en el año 2016. El espacio posee un valor histórico y también de gran tradición para los vecinos”, destacó Alexander Pastor Olivero Machín, director provincial de Servicios Comunales, entidad inversionista de la obra. Según el funcionario, con un presupuesto de 13 200 CUP y 26 900 en cuc, para las acciones constructivas se hicieron algunas modificaciones en el recinto y en la emblemática Glorieta de tejas rojas para el disfrute de todos los visitantes. Ahora, bajo las portentosas plantas, Leonor Hernández descansa en el recién remodelado emplazamiento. Sentada con los pies cruzados en uno de los bancos rememora que anda por la zona desde pequeña. La apariencia de Leonor se asemeja a la de los árboles que la rodean. De 67 años, con una complexión gruesa y un moño con algunas canas. Su rostro como un tronco viejo y seco muestra el cansancio de siglos en algunas arrugas del lado de los ojos. Viste una saya ancha como de otra época. Entonces se produce como una relación visceral. El entorno provoca eso. Una correspondencia entre análogos. Representa un retrato casi selvático. Como un pedazo de civilización antes de ser devorado por la jungla, pero esta vez en una relación armoniosa, no de sumisión arbórea. Ella, en cambio, conoce las claves de cómo entrar y salir del bullicio de la ciudad para evadir las imágenes ordinarias. “Aquí converso un poco con algunas personas o solo descanso un rato. Me gusta la tranquilidad y observar el ir y venir de algunos que vienen a hablar por teléfono o los niños correteando por las aceras. No vivo cerca, pero siempre que puedo paso por aquí. Cuando era niña, el dilema consistía en permanecer en el parque o regresar temprano a su casa. Ahora la disyuntiva todavía continúa.
Leonor no es parte de una minoría. Roberto Suárez redescubre el sitio como una epifanía de buena salud. No es asiduo al lugar, vino a saludar a unos amigos del reparto y se detiene en espera de la próxima guagua con destino a la ciudad. “Lo mejor es que la cola es pequeña y hace tremendo fresco. Además, los bancos y las jardineras ofrecen un buen aspecto”, aclara. Mientras, aprovecha para conectarse en la wifi. La señal inalámbrica atrae a decenas de pobladores. Es común verlos con celulares, tablet o laptops en extensas conversaciones privadas en entornos públicos. El área está rodeada de jagüeyes. Y permanecen casi intactos. No como signo de nostalgia, ni de altanería, sino como evidencia de los fortines de antes o como protección natural de la entrada a la ciudad. En el momento en que La Glorieta de Montequín se redescubrió, quizás supimos que por primera vez estaba completo. Siempre le faltó algo: al principio, recién construido, tenía un uso restringido; después era público, pero se aferraba al deterioro. Ahora, tal vez, la espera no solo fue el camino hacia la devoción, sino un desagravio constante a las premoniciones de los árboles que lo rodean.

Sobre el Autor

Elizabet Colombé Frías

Elizabet Colombé Frías

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.

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