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Un niño pinareño en Girón

A los 14 todavía se es niño, aunque uno renuncie a las chinatas y empiece a pensar en las mujeres de pronto. Esa edad tenía Reynaldo Silva Rojas cuando decidió unirse a las Milicias Nacionales Revolucionarias (MNR) y se hizo artillero antiaéreo.

"Yo era un vejigo, estudiante de primer curso en la academia privada de mi pueblo natal, San Luis", rememora este hombre, que a sus 71 años, conserva intactos los recuerdos del pasado.

"Estuve en el regimiento de Pinar del Río y posteriormente me fui para La Habana, donde se integraron los grupos de diferentes provincias. Lo primero que hicimos fue un recorrido de 62 kilómetros hasta El rincón de Guanabo. El que desistía por cansancio, tenía que abandonar la escuela". Reynaldo ríe cuando evoca tamaño esfuerzo. Lo dice fácil, pero sortear una distancia semejante no fue cosa de juego.

"Luego estuvimos unos días por Ciudad Libertad" y allí nos separaron por edades: los mayores de 20 para un lado y los menores para otro. A mí me tocó la artillería antiaérea. Se dice que los artilleros antiaéreos han de poseer una gran visión y lógicamente la gente más joven son más hábiles.

"De ahí hicimos otra gran caminata con destino a la base Granma, ubicada en Quiebra Hacha (Mariel), donde empezamos el entrenamiento. Nos preparamos a una velocidad tremenda. Los ejercicios eran intensos pero estábamos fuertes, saludables, bien alimentados. Fidel iba todas las semanas a preguntar qué le faltaba a los muchachos, así nos decía él: los muchachos".

Durante el curso, Reynaldo y sus compañeros aprendieron a manejar una ametralladora múltiple 12.7, a lidiar con el sonido ensordecedor de sus cuatro bocas.

"Yo era el tirador. Por cada pieza había también dos cargadores, dos proveedores y un chofer. Ya habíamos practicado nuestros primeros tiros, cuando nos avisan de los bombardeos aéreos a los aeropuertos de Ciudad Libertad, San Antonio de los Baños y Santiago de Cuba. El 16 de abril de 1961, durante la despedida de duelo de las víctimas, Fidel proclama el carácter socialista de la Revolución. Unas horas después, en la madrugada del 17 acontecería el desembarco naval de los mercenarios por Bahía de Cochinos, en la provincia Matanzas.

"Al amanecer nos dieron orden de partir rumbo a Jagüey Grande. La caravana enfrentó muchos contratiempos durante el camino. La mayoría de los compañeros no sabían manejar, chocaban unos con otros, aquello era gracioso. Enrique Fonte, íntimo amigo mío, lo único que había manejado en su vida era un tractor de la agricultura. 'Yo soy chofer', dijo sin titubear y le dieron un carro, pero no un carro solo, arriba iban hombres y la ametralladora, aquella bola de hierro enganchada al remolque.

"La gente por el camino exclamaba: ¡Ay pero si son niños! Imagínate tú, nosotros sin barbas, cabecirrapados, cocolisos.

"En Jagüey nos estaba esperando Fidel. Allí hizo una alocución. Nunca he conocido un hombre más valiente. ¿Qué otro jefe de Estado se involucra en un combate similar? Cuando llegamos al central Australia nos lo topamos de nuevo y siguió instruyéndonos.

"Hicimos un primer emplazamiento en Pálpite. La aviación enemiga nos detectó y sufrimos una concentración de morteros espantosa. No había cómo hacerle frente. Un combate tiene cara de perro. La gente más dura que yo he conocido me ha confesado que tenía miedo. Yo también temblaba. Si no sientes temor no eres más que una piedra.

"Cuando acabó aquel tropel retrocedimos y aguardamos la orden de avanzar hasta Playa Larga. Vivimos otra batalla encarnizada, violenta. Me impresionó la imagen de una mujer muerta, en una posición que daba lástima.

"Sobre el mediodía del día 18 nos mandaron a cubrir el avance de unos batallones de infantería desde Playa Larga hasta Girón. Nos atacó la aviación; pero pudimos ripostarla. Sobre tal escenario vimos guaguas quemadas por napalm, cuerpos despedazados".

En solo 64 horas fue derrotada la brigada 2506, financiada por la administración norteamericana de John F. Kennedy. Muchos combatientes cubanos cayeron en sus puestos de defensa. Reynaldo no olvida a aquel capitán anónimo que avistó entre la ruinas de una cabaña en Girón. Estaba herido, la mano obstruyendo el flujo de sangre que le manaba del abdomen. Desde allí daba indicaciones a sus subalternos y no hubo quien lo sacara del combate.

"No lo vi más. Al poco tiempo nos dijeron que teníamos que regresar a Playa Larga. Se esperaba un próximo desembarco que no ocurrió nunca. Así se terminó aquella guerra para nosotros. Cada cual tiene su propia historia, así fueron mis días en Girón".

El retorno de la caravana fue emotivo. La gente se movilizó en las calles, incluso de madrugada para saludar a los milicianos.

"Hay quien dice 'Ya hice bastante' y se equivoca. La deuda que tenemos con la Patria es impagable", comenta Reynaldo, que no ha parado de trabajar desde que tiene uso de razón. Ha sido ingeniero civil, inspector estatal de la construcción, profesor en el Micons, diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, delegado de esta instancia durante 30 años, combatiente en Angola, abuelo feliz...

Si un día usted se lo tropieza por ahí, no deje de estrecharle la mano y escucharle con respeto sus anécdotas de juventud, ah, y pídale que le muestre su gorra de miliciano, la que casi nadie de su generación conserva y que él no presta por nada del mundo "porque hay que tener muy cerca las cosas que uno ama".

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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