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Vindicación oportuna

vindicacion oportuna fpt2Hay olvidos que no se pueden perpetuar, he aquí el caso de la Mariana Grajales de occidente y patriota insigne de Consolación del Sur, Catalina Valdés Páez. Heroica y valerosa mujer que ennoblece la historia de la provincia Pinar del Río por su notable y magnífica labor en la guerra de Independencia. Considerada la Abanderada de Vueltabajo mostró siempre un odio visceral hacia el enemigo español.

El día 23 de agosto de 1915, a las siete de la mañana, en el barrio de Lajas, dejó de existir la valiente cubana, a los 78 años de edad, rodeada de todos sus hijos en quienes inculcó el más grande fervor a la patria, que con su actuación ayudara a liberar y no fue recordada como merece en el centenario de su muerte.

El 22 de marzo de 1837, posiblemente un día apacible, bajo el canto de las aves y el arrullo de las pencas en las palmeras movidas por la brisa consolareña, nació esta mujer en la finca Sabanetón en el seno de una familia campesina. Desde muy joven se dedicó a las labores del campo acompañada de su esposo. De baja estatura, más bien delgada y de tez trigueña, no hubiera podido nadie imaginarse qué espíritu revolucionario animaba aquella débil humanidad femenina. Tenía un espíritu rebelde y compulsivo, lo que compensaba con creces su fragilidad física.

Campesina, analfabeta, de cuerpo débil aparentemente, pero de vientre fecundo, arrastró a la manigua a su esposo y sus diez hijos varones, los cuales también obtuvieron grados militares. Esta mujer incansable, cuando no tenía heridos que atender empuñaba las armas en acciones violentas con el mismo entusiasmo, valor y energía de los hombres a los que servía de ejemplo. En más de una ocasión hizo correr entre las malezas y las llanuras consolareñas a los apostatas e hijos de España que espoleaban a Cuba. Por su espíritu rebelde Catalina Valdés será siempre recordada por todos los pinareños.

Al frente de aquella numerosa familia que fundó, iluminada por la santa idea de la libertad, marchaba manando valor a toda prueba. El general Maceo la nombró Capitana del Campamento de Arroyo de Agua, único que no lograron nunca incendiar los militares españoles, gracias a la tenaz resistencia de la valiente vueltabajera. Si Catalina Valdés no alcanzó una alta talla en su físico, superó con su valor lo que le faltara en estatura; empuñó las armas con los bríos de una leona y trocó sus implementos guerreros por las medicinas y vendajes para cuidar solícita los heridos que llenaban su campamento, convertido en Hospital de sangre.

Cuando Maceo comenzó a operar por la zona en enero de 1896, tenía Catalina 59 años, pero se mantenía vigorosa y sin pensarlo dos veces marchó a la manigua con su esposo, el patriota Francisco Páez y sus diez hijos; de ellos, cinco alcanzaron el grado de capitán y uno el de sargento del Ejército Libertador.

En Arroyo de Agua establece un campamento que convierte en Hospital de sangre, donde se curan y restablecen los mambises. Un día son atacados por los españoles, la resistencia es tan encarnizada que el enemigo tiene que retirarse dejando muertos y heridos. Después de atacar la villa de Consolación Maceo visita el campamento de Catalina y la asciende personalmente al grado de Capitana.

Con la intervención norteamericana, no entregó las armas como se le exigió al Ejército Libertador; prefirió enterrarlas a cambiarlas por un puñado de dinero. En 1906, cuando la Guerrita de agosto, se fue de nuevo a la manigua. Su cuerpo, cubierto de cicatrices honrosas, nunca pudo ser aniquilado, teniendo la suerte de no ver morir en el combate a ninguno de sus retoños.

Esta noble mujer había ya presentido su destino antes de adentrarse en la manigua insurrecta, dando a la Patria, cuya libertad deseara, doce hijos, de ellos dos fueron hembras: Juana y Santiaga y 10 robustos varones; los valientes hermanos Páez, que orgullosa mostrara como sus mejores tesoros emulando con ello a la madre de los Maceo.

Estos heroicos consolareños, que por su valor temerario lograron alcanzar casi todos altos grados en el Ejército Libertador, acompañaron a sus padres, en la lucha comenzada en Oriente, haciendo ver que en la provincia occidental también ardía la llama de la redención.

Aquel 23 de agosto, posiblemente bajo un intenso sol que se negaba a creer en la muerte de la patriota insigne; se trasladó el féretro en un coche tirado por seis caballos negros. En el aire se escuchaban campanadas y las notas de La Bayamesa al compás del latir de pueblo, que decía hasta luego a su Mariana consolareña.

Su cadáver reposa en el cementerio de Consolación del Sur, la tierra pinareña que tantas veces presenciara su abnegación e intrepidez.

Fuente

Biografía de Catalina Valdés Páez. Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana (ACRC), Consolación del Sur, 2004. EcuRed

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