Actualizado 15 / 09 / 2019

buscar en guerrillero

Facebook Twitter Twitter Youtube  Rss 

23ºC
33ºC
Estado del tiempo en Pinar del Río

Pepe en Girón y la “Sierra”

Combatiente pinareño

Foto: Alejandro Rosales

La madrugada del 15 de abril de 1961, el miliciano José Hernández Álvarez, alias Pepe, natural de San Diego de los Baños, Los Palacios, entrenaba para artillero en el polígono de la fortaleza de La Cabaña.

“A las cinco de la mañana desmovilizaron la tropa y caminamos muertos de cansancio hacia los dormitorios”, relata. “Era amanecer sábado y teníamos pase. Los jefes hacían una inspección rigurosa. Entre otros métodos, cogían un algodón y lo pasaban por tu cara, si se te quedaba pegado no te daban derecho a salir. Tenías que estar perfectamente rasurado. “Los muchachos se fueron a dormir y me quedé solo en el portal del albergue. Un señor se acercó con unas bandejas de papas rellenas y le compré dos porque mi estómago rugía. Empezó a salir el sol y yo comía y miraba para los celajes, cuando de pronto sentí un ruido ensordecedor: boom y otra vez, boom. ‘Están bombardeando La Habana’, grité. Eran los aviones enemigos irrumpiendo en los aeropuertos de Ciudad Libertad y San Antonio de los Baños. “Nos metieron en un refugio. Yo operaba una radio base y pude escuchar la alocución de Fidel el día 16 durante la despedida de duelo a las víctimas de los bombardeos. Ahí declaró el carácter socialista de la Revolución cubana y convocó a la guerra de todo el pueblo”. La víspera del 17 de abril a Pepe y sus compañeros les ordenaron partir hacia Matanzas, donde los invasores procuraban tomar una cabeza de playa y establecer un gobierno provisional. “Éramos 12 baterías de artilleros”, afirma. ¿A cuál pertenecía usted?

“A la nueve”. ¿De qué armamentos disponían?

“Ametralladoras, obuses de 122 milímetros... Ese proyectil hace una parábola que puede brincar un edificio de cualquier altura según lo regules”. ¿Cuál era su trabajo?

“Manejar el camión del estado mayor, donde viajaban el jefe de la unidad, comandante Pedro Miret y toda la cuadrilla de técnicos: exploradores, topógrafos... “El primer contacto que tuvimos con el enemigo fue en un sitio llamado Canal de Muñoz. Llegamos al oscurecer. Andaban dispersos los milicianos, que horas antes habían sido engañados y hostigados en la carretera por paracaidistas camuflados con insignias de nuestras fuerzas aéreas. “Esa noche la pasé sentado en la cabina del camión. A la mañana siguiente me asomé afuera y vi los pies de un compañero tendido en medio de la yerba alta del camino. Estaba tieso. Cayó herido la tarde anterior y todo parecía indicar que él se quitó la vida con su revólver. Supe después que pertenecía al batallón de Cienfuegos. Recuperé el arma y cerca de 100 pesos que llevaba en el bolsillo y entregué todo al jefe de la unidad. Pepe regresó con un par de soldados a ver el cadáver, pero algo lo paralizó de súbito: dos aviones 26 aleteaban como auras sobre su cabeza. No supo qué hacer. No corrió al auto, ni se tiró al suelo, ni se escondió entre la hojarasca. Los proyectiles impactaban el agua del canal, el agua se le metía en la ropa pero Pepe permanecía inmóvil. “Me viré de lado y vi a Anita, la secretaria del comandante Miret, menuda, fajándose sola con los aviones. Para qué contarte la reacción de los hombres cuando repararon en aquella mujer”. ¿Sufrieron alguna baja?

“Ninguna, ¡gracias a dios!”. ¿Qué pasó después?

“Habían sido cortadas nuestras líneas de comunicación y Pedro Miret no tuvo de otra que subir con el topógrafo a una mata de algarrobo a trabajar con los croquis. “Al topógrafo le pusimos Radiografía. A aquel hombre daba lo mismo mirarlo de frente, de perfil o de espalda. Parecía una tablita de planchar, un hueso largo. Eso sí, era un especialista de primera. Determinó que el puesto de mando enemigo estaba emplazado en San Blas y acertó. Combatiente pinareñoFoto: Alejandro Rosales “En menos de tres horas acabamos con aquel sitio. No quedaba un alma cuando arribamos allí. Los pocos sobrevivientes se diseminaron por la ciénaga. El jefe mandó a buscar luego cuatro baterías de cañones que parecían cuatro palmas acostadas y empezamos a disparar en dirección a la costa. Ese armamento tenía un alcance de 22 kilómetros. “Luego se nos ordenó tomar el aeropuerto de Girón. Nos pusimos en marcha. Yo conducía el primer carro de la caravana. Como a los 30 minutos de trayecto percibimos que venían tres yipes de frente con las luces en intermitente. Pedro Miret me dice: ‘Arrímate, Pepe’. En uno de los autos viajaba Fidel y nos interceptó:
-¿Para dónde van ustedes?
-Para el aeropuerto, Comandante.
-Allí no tienen que buscar nada. Ya el aeropuerto está bajo control. ¿Ustedes comieron ya?
-No, estábamos aquí cumpliendo una misión.
-Sí, pero la van a cumplir de otra manera. Los espero mañana a las seis en punto en San Blas. Haremos un cerco triangular en la ciénaga y recogeremos a los invasores como pollos. “En menos de 72 horas barrimos al enemigo de nuestro territorio, cuenta Pepe, que tenía 25 años por entonces y una barba prominente y una linda figura con la que conquistaba a las muchachas en los bailes del Centro Asturiano. Cuando era un adolescente, asfixiado por las miserias del campo donde nació, corrió a La Habana y se labró su vida a golpe de trabajo. Muchos años después retornaría a su Pinar del Río, enamorado de una mujer. Llegó a atesorar una cafetería en la calle Escobar, la Standard Cat, y a comprar una victrola de 104 discos. El primero de enero de 1959 sirvió café con leche a los prisioneros que llegaban a su establecimiento, enclenques, después de correr algunos metros de espaldas desde la cercana estación policial de Belascoaín, después de meses sin abrazar a la madre, estrechar a la mujer amada o beber una infusión caliente. Pepe es hoy un anciano, responsable de un pequeño campo de tiro anexo a la Asociación Provincial de Combatientes. Confiesa que no se siente muy bien, que es difícil convivir con la diabetes, la hipertensión, las manchas caprichosas en su piel. “Trabajar me hace bien”, asegura. Los muchachos que se acercan a comprarle perles para tirar al blanco de laticas rotas y pomos viejos, ignoran la historia de este instructor lúcido, que recuerda, cada detalle de sus años habaneros. Rememora por ejemplo, cuando se difundió el falso rumor de que Camilo había sobrevivido el accidente aéreo o el día que empezaron a vender los uniformes de miliciano y él encargó el suyo. Entonces olvidó la cafetería y portó orgulloso su boina, la misma que le robó alguien en aquel tren baboso de azúcar y melaza, donde subsistió 36 horas sin comer nada hasta arribar a Yara. De Yara caminó a Minas de Frío. Todo un día se pasó andando, y cuando sus piernas empezaron a flaquear, tomó poción de yacú y los cielos se abrieron y hasta podía boxear según afirma. “A la semana comenzamos los entrenamientos. Lo primero que hicimos fue construir el policlínico de Minas de Frío. Cada tres días bajábamos a las vegas a buscar arena para la obra y alimentos para subsistir. Subimos por piezas el primer yipe Willys que rodó en aquella región. Aprendimos a andar con destreza por terrenos elevados, a vencer el cansancio. Así, me hice miliciano”. Combatiente pinareñoFoto: Alejandro Rosales

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Red 2.0

Aplicación móvil
Extensión para su navegador

Periódico Guerrillero