Actualizado 28 / 11 / 2019

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Sobre el asfalto

Antonia Casola Ramos

En los últimos 15 años Antonia Casola Ramos ha barrido el mismo tramo de carretera durante más de 43 mil horas. Y aunque la cifra resulte agobiante, no parece cansada.

De lunes a sábado y a lo largo de dos kilómetros por la carretera a Viñales, Antonia de 55 años, barre. Quizás, para algunos, la tarea no signifique mucho, sin embargo, ella asegura que requiere de mucha dedicación, aunque acabas acostumbrándote. “Cuando empecé en esto me cansaba más rápido, pero después le cogí la vuelta. Ahora, después de tanto tiempo tengo los mismo puntos para apilar la basura, siempre la amontono en el mismo lugar, para que después venga el tractor y la recoja”. Antonia es bajita, casi del tamaño del palo de la escoba. Habla rápido como quien siempre tiene prisa por terminar, en ocasiones da la impresión que no piensa demasiado las palabras, sino que le vienen las ideas y las sueltas como una bocanada de humo o como quien está orgullosa de decirlas. Al principio parece un poco desconfiada, pero después entra en la conversación. Y fluye. Solo se detiene para saludar a alguien que pasa en bicicleta o le grita algo de algún coche de caballo. Pero continúa. “Empiezo de la escuela Manuel Ascunce hasta el semáforo porque voy loma abajo. A mí me gusta hacerlo sola. Sin compañía. Te acostumbras y ya, cuando lo haces con otra gente, siempre uno de los dos se recuesta y no puede ser. “Mis tres hijo me han ayudado en esta tarea. Ahora, mi hija más chiquita no puede porque acabó de parir. Ya tiene tres niños ¡Eso sí es trabajo¡” Ahora fija su mirada en los márgenes del asfalto. Allí, en el contén de la carretera, se agacha y recoge una y otra vez los desechos de otros. Primero escobilla toda la acera izquierda y sin tiempo para el cansancio se incorpora a la otra senda. “Me dan las escobas, lo único malo son los recogedores. Dieron uno plástico pero me duró poco porque no sirve para raspar la tierra, entonces me hice este de latón y ahora sí tengo recogedor hasta el retiro, me muero y todavía está ahí. Este no ha sido su único oficio. También sembró viandas en los Cayos de San Felipe, recogió guayabas en Piloto y limpió piso en el hospital León Cuervo Rubio y la Escuela de Iniciación Deportiva Ormani Arenado. Hace poco le ofrecieron otro empleo. Ella en cambio, lo pensó más de una vez. “El salario era un poco más alto, pero me acostumbré a esto. No es fácil estar cogiendo todo ese polvo y la porquería de caballo y en un rato, - ¡Mira esa calle como está hoy!-”. “Me gusta lo que hago. No sé lo que tiene, pero me siento contenta. Yo teniendo un escobillón nuevo arrastro todo lo que tengo que barrer. Hoy estoy pasando trabajo porque esta escoba no me sirve, ya mañana tengo que cambiarla y es mejor, esta me trae matá’.
-¿Y no le resulta extenuante hacer todo los días lo mismo? -Sí, a veces paro un poco, pero sigo. Tengo 55 años. Mi jornada es de lunes a sábado. De siete de la mañana a 12 del mediodía y de dos a cinco de la tarde. Barro calles y me siento orgullosa. Es extraño ¿no?

Sobre el Autor

Elizabet Colombé Frías

Elizabet Colombé Frías

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.

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