Gallos de pelea
- Escrito por Dayelín Machín Martínez
Foto: Jaliosky Ajete
“La juventud está perdida”. Esa frase ya se ha vuelto un cliché. Muchas veces es usada sin verdaderos argumentos que la respalden. Y es que sí están presentes.
En las aulas, como estudiantes, se preparan para el futuro, y como profesores, enseñan a los más jóvenes mientras ellos mismos aprenden el arte de educar.
En los hospitales superan el miedo a atender los primeros pacientes y salvan vidas. Adquieren la mayor experiencia posible para convertirse en los futuros ortopédicos, cardiólogos, cirujanos, neurólogos, que velen por la salud de las personas.
En los medios de prensa, aportan a los trabajos periodísticos, su frescura y nuevas maneras de hacer. Y acortan la brecha entre el periodismo de antaño y el de ahora.
En las industrias, empresas, cooperativas, hacen a un lado las inseguridades y ponen lo mejor de sí para estar a la altura de las profesiones que desempeñan.
Ocupan cargos y superan las expectativas de quienes los creen insuficientes.
Están en el frente de cada batalla, y van dispuestos a cualquier lugar donde se les necesite. No le temen a la aventura o lo desconocido. Hacen a un lado los prejuicios y abren la mente a todo tipo de experiencias nuevas. Y aunque, a tono con los nuevos tiempos y siguiendo el ritmo al desarrollo, no olvidan su pasado y se dejan guiar por aquellos que ya recorrieron el mismo camino.
Y también son fiesteros, rebeldes, sin aceptar no por respuestas, derrumban muros, se hacen escuchar, llevan alegría a cada lugar, superan cada obstáculo.
Muestran sin temor su esencia: una pasión inquebrantable, sangre hirviente, huracanes reparadores de todo cuanto esté roto, una magia indetenible que le da color a los grises de la vida.
Están seguros de quiénes son, dónde están y hacia dónde se dirigen.
La juventud no está perdida. Quizás quienes lo expresen no se hayan tomado el tiempo de ponerle atención, porque está justo aquí. Que algunos aún buscan su lugar, su propósito, sí es cierto. Pero no por ello deben pasar desapercibidos a los ojos de los demás.
Todos se hacen notar y le ponen el mayor empeño a cada función que realicen. Todos luchan incansablemente por dejar su huella en el mundo, sumando las ideas necesarias en el momento justo, y sin dejar de ser y sentirse jóvenes, ni siquiera cuando peinen canas.
Mantenerse, siempre, en ese estado del alma que es la juventud y con el corazón de gallos de pelea.
Sobre el Autor
Dayelín Machín Martínez
Licenciada en Periodismo en la Universidad Hermanos Saíz Montes de Oca de Pinar del Río, Cuba




