Paso a la leyenda

Este es el texto que nunca quise hacer. No solo por la grandeza de este hombre, más bien por la amistad que nos unió.

A pesar de tantos sufrimientos, teníamos, allá en la nostalgia y la distancia, una esperanza. Juanito no podía ni merecía morir así, carcomido por la letal enfermedad. Su noble corazón cedió ante los impulsos del demonio y nos dejó a todos desamparados. Llenos de él, amigo de los amigos.

FAMILIA CON AIRES BEISBOLEROS

La familia Castro García, fundada por Rosaura y Arturo, en las afueras de La Habana, se constituyó con aires beisboleros. Cuatro varones y una hembra lograron mantenerse en forma de sorteo para la existencia. Cuando se unieron, no podían saber que los tres retoños crecerían alrededor de un terreno de pelota y que ella, con el tiempo, haría malabares para criar a sus muchachos.

Luis, Genaro y Juanito, por ese orden, trabajaron desde niños para sustentar a la familia y apoyar a la madre en duras faenas. La ausencia temprana del líder de la casa, coadyuvó hacia nuevas y difíciles alamedas.

Arturo abrazó el béisbol desde niño y lanzó durante varios años en la pelota popular, hasta que un buen día quiso incorporarse a la organización del Washington Senators y salió en una lancha junto a Edmundo Amorós, Roberto Ortiz y otros que se establecerían allí. Él no correría la misma suerte. Lanzó en las Ligas Independientes de aquel país hasta un buen día cuando se le quebrantó la salud.

Tres varones a criar en deleznables condiciones no quebraron la voluntad maternal de llevar a buen cauce aquella prole. Nuestro hombre solo tenía tres años cuando, obligados por las circunstancias, se mudaron a Arroyo Naranjo, donde los abuelos.

Rosaura trabajó fuerte por unos centavos, mas no vio los frutos y decidió irse para San Cristóbal, entonces provincia de Pinar del Río, donde mejoraron un poco, pues Luis, el mayor, joven aún, comenzó a trabajar. Genaro y Juanito eran dos vejigos.

Por las raíces beisboleras del padre, los tres se inclinaron hacia ese deporte, hasta llegar a desempeñarse en las series nacionales. Luis jugó en varios torneos, lucía enorme en primera o los jardines. Genaro tiraba duro y se dedicó a lanzar. El menor de ellos resultaría un extraclase detrás de home.

Muchos años después, derivado de nuestra amistad, me hizo algunas confesiones: “Empecé la escuela por La Habana, cuando muere mi padre, fue una etapa muy difícil, hasta perdí el colegio. Era una época muy jodida, con una tremenda confusión familiar, aquello era el diablo y yo no iba a la escuela. En San Cristóbal comienzo a ir regularmente a clases”.

La plaza deportiva de aquella zona era más de fútbol. Sus primeros pasos fueron en ese deporte, hasta que un día, de portero, recibió un fuerte pelotazo. Después siguió los juegos de pelota y se sintió atraído. A partir de allí su vida cambiaría.

Joven aún, se enamoró y tuvo su primer matrimonio. No duraría mucho, pero dejó la bonita huella de una niña. Años más tarde, conoció a la mujer de su vida, Barbarita, a quien cariñosamente llamamos Baby. Ella, también divorciada y con un hijo, encontró su amor para muchos años. De ellos brotaron otros dos. Arturo, el primero, fue receptor en series nacionales. Lo mismo haría Lázaro Arturo, el sobrino.

EMPEZÓ CON 17 Y SE RETIRÓ CON 34 AÑOS

Juan hizo de la receptoría un sacerdocio. Se entregó en cuerpo y alma a esa posición, a pesar de iniciarse como lanzador e incluyó sistemas que él solo pudo hacer recibiendo a los pitchers. En el Servicio Militar, junto a Casanova, Girardo Iglesias, Diego Mena y otros, jugaron en varios campeonatos. A él quisieron incorporarlo al equipo Jesús del Monte, en La Habana.

La provincia vueltabajera no podía perder tantos talentos y exigió que regresaran para jugar en las Nacionales. De esa forma, Juanito comenzó con Vegueros, en 1973-1974, a las órdenes de Francisco Martínez de Osaba (Catibo). Era razonable, pues estaría a la vera del veterano Arturo Díaz. Allí comenzó a realizarse.

Poco a poco se enfrentó a un sólido cuerpo de lanzadores: Jesús Guerra, Julio Romero, Rogelio García, Emilio Salgado, Mario Negrete y compañía. Pronto el muchacho tuvo problemas con las manos, que duraron hasta el fin de sus días. Empezó a los 17 años y se retiró a los 34.

El recordado periodista Enrique Capetillo, publicó en Bohemia su Todos Estrellas de las series nacionales y lo seleccionó detrás de home, afirmando que parecía un inicialista. Su técnica era según el pitcher. Si lanzaba lateral, defendía la bola de una forma, diferente a cuando tiraban por encima del brazo. Ahí tenemos el caso de Julio Romero y Jesús Bosmenier. No era lo mismo recibirle a uno que al otro. La de Bosmenier tendía a abrirse.

“Un día se lo demostré a Juan Ealo. Esperé a que lanzaran Gaspar Legón y Lázaro Santana. Tuvimos nuestros problemas, no nos poníamos de acuerdo. Él insistía que debía bloquear la bola y yo que no, porque tenía confianza en mí. Nunca imité a nadie, mis habilidades eran mías. Hasta llegué a tener mi propia forma de entrenar, lo que me trajo no pocos defectos, pero triunfé”

Ya en plenas capacidades, defendió a Cuba en varios países: México, Estados Unidos e Italia… Siempre tuvo a los scouts encima, incluido Julio Blanco Herrera, quien fuera dueño de la Tropical, antes de 1959. Tanto lo acosó, que respondió: “No comas mierda Julito, yo para allá no me voy…”

Le gustaba jugar en Japón. Decía que eran muy respetuosos, que saludaban por las calles y, ganaran o perdieran, aplaudían con buena cara. Sus estadios son modelos arquitectónicos.

Por casi 10 años, la ciudad de Módena, en Italia, lo recibió como si allí hubiera nacido. Todo por las formas respetuosas y camaraderiles que supo llevar a aquellas tierras, donde se dedicó por completo al equipo. Como mánager ganó un título nacional y una Copa Europea. Con maestría psicopedagógica, llevó ese team de Clase C, al primer nivel. Hasta discutieron play off.

Prodigó un amor infinito a la familia:

“Significa todo. De no haber tenido familia, no sé. Me han llegado a proponer, sobre todo en Italia, donde llegué a vivir con mi esposa un tiempo, villas y castillas para que trabaje definitivamente allá como entrenador. He renunciado a todo eso, porque para mí, primero que todo, está la familia. Soy muy familiar”.

HOMBRE DE BUEN CARÁCTER Y AFECTUOSO

En los eventos internacionales lo pedían los pitchers. El buen receptor tiene que ser defensivo. Al principio era mejor bateador, llegó a dar hasta 13 jonrones. Sin embargo, no hacía el equipo porque tenía dificultades a la defensa. Después trabajó más en ese sentido, hasta que alcanzó la perfección. Defendía, llevaba el juego, dirigía al pitcheo.

Hombre afectuoso, decente y atento. Fue comunicativo, saludaba a todos y ayudaba al necesitado, siempre de buena gana. En una ocasión le pregunté por la fama:

“Una cosa es tener fama y otra confundirla con prepotencia. En mi caso, soy un hombre de pueblo. Pero eso de beneficiado, no. Realizado sí, como atleta y como entrenador”.

No tomaba un trago antes del juego, lo creía inaceptable. Supo cuidarse para evitar una imagen desagradable. Le gustaba la cerveza. Mi hermano y yo lo sabemos. Lo hacía en el lugar y cuando se podía, nunca en público.

Para jugar se cuidaba como un gallo fino. Prefería dormir la mañana. Nunca llegó por la madrugada al albergue. La dura posición necesita cuidado. A veces discutía con los mánagers por los entrenamientos en las mañanas, sin tiempo para recuperarse.

Algunos dicen que bateaba poco. Llegó a estar entre los mejores impulsadores de la provincia y decidió varios juegos. En el exterior era uno de los que más bateaba. Claro, no es fácil ejercer una buena ofensiva cuando un receptor se entrega con todas sus fuerzas. Sobre todo, cuando se entra en los 30 años el desgaste en esa posición es violento.

El amigo Juan disfrutó de la vida a su manera, siempre con la familia por delante. Gustaba ver las buenas películas, principalmente las policíacas y de gánsteres; leer novelas de diferentes tipos y descansar en el sillón en chancleta y short.

Ponderó las virtudes de su seguidor: Ariel Pestano. Se convirtió en un ídolo para el santaclareño, quien observó sus pasos y alcanzó un altísimo nivel. Quizás los dos mejores receptores de la pelota cubana.

Conocía de su dolencia y conversamos varias veces. En la Feria del Libro 2019, en el Pabellón Cuba, presentamos la segunda edición de El Niño Linares. Cuando lo vi llegar tuve un aliento por el amigo. Nos abrazamos. Se sentó junto a mí y a Omar. Hizo varias declaraciones. Se sintió cansado. Fue la última vez que lo vi. Al irse solo me dijo: “Juany, ¿cuándo vas a hacer el libro mío?”. Pronto Juanito, pronto.

No tuvimos otro encuentro. Jamás olvidaré a ese hombre-béisbol, quien lleva y llevará por siempre, el nombre de Juan Castro García.