Para que el incremento sea real

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Mario le avisó a la vecina que estaban vendiendo mangos en la placita, esta le preguntó si había cola y él le respondió que cinco o seis personas, y añadió que había bastante fruta, así que Ana decidió terminar de limpiar la cocina y unos 20 minutos más tarde salió con jaba y monedero en ristre.

Para su asombro no quedaba ni una cáscara que diera fe del suceso, y lamentó no haber soltado el trapeador para concurrir con mayor inmediatez en busca del producto, una amiga que la escuchó le dijo: “Total, de todas formas, no hubieras alcanzado, porque se los llevó quien tú sabes.”

No era la primera vez, y sabía a ciencia cierta que tampoco será la última, que ese ser sin nombre, pero bien conocido en el barrio, la despojaba de la accesibilidad a ofertas agropecuarias. Al día siguiente vio a los que pudieron ser sus mangos, ahora expuestos en una carretilla, y ya inalcanzables para el saldo de su bolsillo, ostentando el precio de cinco pesos la unidad.

No vamos a hablar de planes de siembra, ni niveles de producción, lo que se cosecha ¿realmente va al destino para el cual fue cultivado? Hay problemas con la contratación y pese a las fisuras que persisten en esta, no todo lo que se pacta con el campesino y la estructura llega al mercado.

Que sean verdades sabidas no mitiga la impotencia de quien no puede adquirir determinado bien por obra y gracia de intermediarios y especuladores, aunque siempre hay algún otro elemento en la cadena que es el facilitador, lo mismo puede estar al lado del surco que desde la entidad estatal con encargo de comercialización. En cualquier caso, se viola lo establecido.

La culpa nunca cae al suelo, dice la sabiduría popular, y responsables de qué esto suceda hay en varios niveles de jerarquía y espacios, al final hay un grupo de palabras que sirven de argumentos, en esa bolsa cabe desde el clima hasta el eufemismo de falta de control.

Como si fuera evidente que hay que buscar quién fue el que no lo hizo y tomar las medidas pertinentes, aunque en lo personal creo que las cosas impuestas no suelen tener buenos resultados, pero hay recursos para establecer el cumplimiento de la ley y un contrato lo es.

Es necesario estar cerca del productor, conocer sus necesidades, potencialidades, llegar a él en el momento oportuno y sobre todo pagarle con inmediatez, porque de esos ingresos depende el bienestar de los suyos.

Si no recibe el dinero buscará la forma, aunque implique riesgos, de contar con los medios para satisfacer sus necesidades, máxime cuando trabajó para ello, claro que en medio de todo esto también hay desidia, abandono e ineficiencia, falta de escrúpulos y muchas cosas más.

Los revendedores con sus procederes ilícitos están entre los obstáculos que nos alejan de conceder un valor real a nuestro salario; sí, el mismo que a partir de agosto será mayor, y del cual esperamos tenga el poder de dotarnos de mayor capacidad de compra, algo contra lo que atentan estas figuras.

Puede trazarse una política de regulación de precios, pero si el mango que se pudo obtener en la placita hay que pagarlo más caro en la carretilla, la confitura de la tienda o el mercado Ideal, termina en el catre de un oportunista, el impacto del incremento será menor sobre la economía familiar.

Los trabajadores no estatales carecen de mercado mayorista, situación por la cual acceden al minorista con un mayor poder adquisitivo y crean desabastecimiento, pese a las medidas tomadas para evitarlo, porque hay un grupo de productos que escapan a esas regulaciones, y por solo citar un ejemplo hablemos de las bebidas: refrescos, cervezas, jugos, maltas, escasean en la red comercial tradicional, sin embargo, en cualquier cafetería o restaurante privado, son presencia habitual.

Sucede lo mismo con las carretillas, surtidas con una gama que ya quisiéramos ver en los mercados agropecuarios, ante tal situación es imposible no preguntarse ¿el verdadero problema es productivo? No bastan voluntades, leyes y disposiciones, son los hombres los que deben implementarlas y tenemos los responsables de hacerlo, cumplan su cometido.

La impunidad con que revendedores y acaparadores operan en nuestras calles es lesiva, a veces llegan a tomar poses de intocables y sobrenaturales, pero no son dioses, sino demonios y como tales han de tratarse, exorcicemos la sociedad de ellos y habremos hecho una gran limpieza en esa casa grande y común que es el país. Sin ellos, Ana tendrá la posibilidad de adquirir mangos.