Otra racionalidad para otra normalidad

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En esta hora el país está volcado hacia la recuperación pos COVID-19, que supone ajustes en todos los sectores para la paulatina incorporación a “la normalidad”, como se le ha dado en llamar en el discurso popular y oficial.

Sabemos que en servicios públicos, de producción, sistemas de Educación y Salud, por citar algunos, se implementan las estrategias para cada etapa de la desescalada en espera de que para el mes de septiembre el nuevo coronavirus sea solo un angustiante recuerdo.

Todo está previsto y la dirección del país ha demostrado, una vez más, su capacidad organizativa para enfrentar situaciones de tensión, activándose todos los factores de la sociedad con la respuesta mancomunada del pueblo en el rol protagónico.

Hasta The Washington Post reconoció recientemente la astucia de Cuba para el embate a una pandemia que tiene más de medio millón de muertos en todo el orbe, con incidencia feroz en las arterias del primer mundo.

También del coronavirus, como de toda crisis, hemos aprendido los humanos. Quien no haya sacado sus cuentas, todavía tiene tiempo de sentarse por sus balances.

 Podemos escudriñar de lo general a lo particular o viceversa, pero es un deber ciudadano reincorporarnos al tiempo pos COVID-19 desde una racionalidad nueva, pautada por la verdad de que, de la noche a la mañana, la vida estuvo amenazada en nuestra familia, provincia, país, continente y planeta.

Estos meses de convivencia obligatoria demostraron que es la casa el nido donde penas y alegrías tienen su asidero, que amar a la familia es una obligación ética, aceptar la diferencia es un imperativo y vivir en colectividad, desde el respeto y la armonía, es necesidad primaria.

Nos ha quedado claro que para enseñar a un niño no hay que ser maestro, ni que para comprender a un anciano, limitado físico o adolescente hay que ir a la escuela de psicología.

La tolerancia y empatía han sido entrenadas para lidiar con las subjetividades diversas que confluyen en el hogar y quienes intentamos aprovechar la cuarentena para crecer derrochamos creatividad en función de los demás, desde hacer una receta de cocina para variar el menú hasta seleccionar una buena serie que respondiera a los gustos de todos.

En el espacio público, las experiencias de teletrabajo, con su consecuente omisión de las reuniones, ha pautado una dinámica laboral que debería estimarse por quienes nos dirigen.

 Hemos demostrado disciplina y capacidad técnica, los procesos avanzan con calidad y nos tornamos más productivos, porque tenemos la libertad de gestionar los ritmos para trabajar sin perder tiempo obligatorio en encuentros fatuos, como ocurría con frecuencia antes de marzo.

Algunos aprendimos también, y para siempre, que el amor se expresa de disímiles formas y la proximidad física precisa requisitos de higiene.

Somos cercanos por naturaleza y, sin renunciar a lo que nos distingue y enorgullece, la propagación frenética de la COVID-19 nos obliga a mantener las distancias y otorgarle a la palabra sincera su valor para demostrar afectos.

El riesgo que representó el coronavirus para los ancianos nos encontró las emociones que sentimos por los nuestros. Culpas y miedos se toparon con infinita consideración y agradecimiento, señal que debemos traducir para resignificar las atenciones que les brindamos cada día.

Mención aparte en estas líneas merecen las ansiedades colectivas que el confinamiento desenfrenó, movidas por rumores, especulación y miedos por la escasez de recursos que llevaron a algunos a arriesgar la salud propia y ajena, situación que cada cual, desde sus propios lentes, debe evaluar en el necesario diálogo con la familia, los amigos, con uno mismo.

Hay un mundo, y un país, antes y después del SARS Cov-2. La normalidad por venir será construida por nosotros en función de lo que colectivamente aceptemos, permitamos.

Nuevas formas de pensar, sentir y actuar se han develado; otras estéticas, patrones de consumo y referentes configuran la ideología y mientras, vigilante, Cuba guía a su gente hacia la humanidad y dignidad plena como pilares sustantivos de la normalidad por la que luchamos sin descanso. La única posible para nosotros.