Actualizado 28 / 11 / 2019

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Cenicienta en el mejor sentido

A muchos les irrita que llamen Cenicienta a Pinar del Río. Los de otras regiones lo utilizan, a veces, con sentido peyorativo y los del territorio, cuando lo escuchan sienten como si los descalificaran. ¿Por qué?

El único estigma verificable que tuvo la provincia fue la pobreza, pero las antiguas penurias no venían de un pueblo holgazán, sino de la forma en que se administraba y distribuía la riqueza de la época, en un sistema heredado de la corona española y proseguido por gobiernos diseñados a la imagen y semejan que estados Unidos tenía pensado para América.

Es verdad, Pinar del Río era pobre, muy pobre, su ciudad fue de las últimas en obtener la investidura de ciudad que precisamente celebra ahora sus 149 años. Para la metrópoli no fue nunca una plaza de interés y para la capital habanera, menos.

Los pinareños avanzaban con el concurso de los hombres de bien, la riqueza se escapaba a raudales, no se retribuía adecuadamente el esfuerzo de sus productores; la propiedad privada alimentaba el sistema, los oligarcas nacionales engordaban sus cuentas bancarias y los extranjeros, fundamentalmente norteamericanos, repatriaban el dinero multiplicado, como el caso de Minas de Matahambre SA.

Inobjetablemente se producía el mejor tabaco del mundo, aunque el mérito se lo apuntaban las grandes compañías cigarreras y de puros, más los propietarios de las vastas extensiones agrícolas de vegas finas... y hasta ahí.

En la época, al modo del mejor estilo importado del norte, los vegueros, mineros, pescadores o de la industria de conservas que trabajaran para grandes compañías se les hacía creer que eran de la clase favorita; cuando aquello se desconocía la Economía Política por parte de la masa, que era tan pobre como podía y quien estuviera a la sombra de esos dueños o ganara unos pesos más, se creía –hipotéticamente- parte de la elite.

Unas pocas firmas comerciales eran la carta de presentación de la provincia, un reducido grupo de familias detentaban el poder, incluso algunas con ideas progresistas, a veces limitadas, pero suficiente para desmarcarlas un tanto.

La salud y la educación eran buenas para quienes tuvieran el beneficio propio de los negocios privados; la estatal en ambos casos era pésima, porque la mortalidad infantil batía record y la educación no excedía más allá del sexto grado para la inmensa mayoría de la población.

Todo no era medible con la misma vara, no es secreto que los municipios más cercanos a La Habana gozaban de otras oportunidades, por ejemplo Guanajay y Artemisa, porque por aquellos parajes existió hasta una embotelladora de Coca Cola, pero no se podía decir lo mismo de la zona occidental, desde San Juan y Martínez hacia abajo.

La ciudad se sentía con ínfulas de capital provincial, la gente se vestía a la moda, los pinareños vestían con elegancia – hasta donde diera el bolsillo, tenían liceos para fiestas, incluso casi un secreto: existieron vuelos entre Pinar del Río y una pequeña pista en Santa Lucía, en la costa norte, que obviamente fracasó por la falta de pasajeros.

No podemos aplicar un concepto nihilista de negar todo lo anterior, las áreas comerciales eran limpias, las tiendas bonitas y el trato esmerado, sus servicios cumplían como un reloj, pero el desarrollo masivo verdaderamente era incierto y dependía de la voluntad individual de personas y no un plan maestro del Estado, eran innegables las limitaciones ancestrales, porque de lo contrario cómo se explica la presencia de tanto pinareño en el Moncada, en la Sierra, el Asalto al Palacio Presidencial y hasta la creación de un frente guerrillero en el propio territorio.

Los cargos públicos favorecían a quienes los ostentaban, no a la población como manda la ley; personas de bien los ocuparon y algunos hicieron algo, otros muchos, y la mayoría nada. Eso explica porqué para operarse se necesitaba la carta de un político, como igualmente sucedía con las pinareñas que estudiaban magisterio y luego no hallaban ocupación.

Hoy hablamos de los tesoros de Pinar del Río, riquezas que siempre existieron como el arca que es la Península de Guanahacabibes, los paisajes de Viñales y de toda la franja centro norte hasta Cayajabo, con Soroa incluida. Las playas de la cayería norte estaban ahí –y siguen estando-, pero los ánimos y la economía no eran suficientes para que algún pinareño se decidiera a hacer turismo.

Pinar del Río, en concreto, tenía sus encantos, no los suficientes para que la trataran como a una princesa y a la vista de todos no era más que la Cenicienta.

Cenicienta ¡sí!, aunque cuidado si nos atenemos al cuento. Del resto de sus hermanas ella era la mejor, la más honesta, honrada, familiar y amigable hasta con los animales, la más laboriosa y emprendedora, la imaginativa... entonces de que carecía? De la supuesta "riqueza" que da el aspecto exterior, el vestuario, el calzado, las joyas... y entonces debemos acudir a José Martí, que dijo, "Mucha tienda, poca alma. Quien tiene mucho adentro, necesita poco afuera...".

Y dijo más: "Ayuda a vivir una casita limpia y bien aderezada...Las habitaciones se han de tener lindas, no para enseñarlas, por vanidad... sino para vivir en ellas. Mejora y alivia el contacto constante de lo bello", así era Pinar, bella y limpia, pero sus gobernantes no la dejaban mostrar, la privaban de sus encantos.

La lección que nos dejó el Maestro estaba clara, es más, hoy continuamos trabados en la disyuntiva filosófica del ser y el tener, porque lo importante es lo primero. La gente no vale por lo que tiene o por lo que exhibe, sino por quién es y cómo se comporta.

Y si la cuestión es ser y el territorio con sus habitantes siempre fue dechado de virtudes, ¿debe mortificarme acaso que llamen a Pinar del Río Cenicienta? Si cuando Perrault diseñó el personaje lo hizo teniendo en cuenta las mejores virtudes de un humano. Algunos lo aceptarán y otros no, solo hay que pensar y abandonar los anticuados patrones sujetos a la repetición, porque el hecho de que me hayan educado en un concepto, no significa que jamás yo no lo revise.

Aunque el comentario aquí debió terminar, no debo hacerlo sin una especial aclaración, el aspecto medular de la Cenicienta siempre es el mismo, aunque existe una gama de esas obras, las más conocidas en occidente son la del francés Charles Perrault, escrita en 1697 – en una versión de la historia transmitida mediante tradición oral- y la versión de los escritores alemanes Jacob y Wilhelm Grimm, publicada a principios del siglo XIX.

La esencia de este cuento se remonta a la antigüedad clásica, cuando varios autores griegos registraron la leyenda de la egipcia Ródope ("mejillas rosadas"). Aunque el personaje y la trama tienen lugar en Egipto, donde presumiblemente nació esta historia, la narración ha sido registrada por escritores pertenecientes a la cultura griega. Las hay también italiana, alemana y China.

La versión nuestra es la del Príncipe que le devolvió todo su esplendor, que en nuestro caso dicen, los que más han vivido, que lo conoció el 17 de enero de 1959. Él le cambió la vida.

Sobre el Autor

Ramón Brizuela Roque

Ramón Brizuela Roque

Licenciado en Periodismo Universidad de La Habana 1977. Premio Provincial por la Obra de la vida, 2013.Fue redactor reportero en Juventud Rebelde y Trabajadores; colaborador asiduo en Radio Guamá y TelePinar.

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