Actualizado 22 / 02 / 2020

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“La salud entra por la boca”

El pregón anunciaba tomate y platanitos, eso bastaba para acercar a potenciales compradores. Según el cartón que colgaba de la carretilla el precio de los primeros era a seis pesos la libra y los segundos a dos; pero apenas tocabas un producto, los vendedores aclaraban que eran a siete y “10 la mano”, respectivamente.

Si luego de obtener esa información, permanecías valorando la mercancía, te mostraban otras opciones: levantaban el saco cuidadosamente acomodado sobre el fondo de su tarima rodante y dejaban ver hermosas cebollas, “a 70 la ristra y trae 10”. Por el otro extremo estaban ocultos: “boniatos blancos, a cinco, seño.”

Con mirada sigilosa chequeaban el entorno y sacaban con premura aquellos productos, que con destreza propia de escuela de prestidigitación desaparecían en una jaba brevemente colgada, en el caso de la vianda, en una pesa y casi siempre aseguraban tener el peso exacto demandado por el comprador.

Las transacciones que ocurrían en plena calle, generaron criterios encontrados. Hubo quienes los catalogaron de abusadores, y aunque se alejaron, incitaron a la denuncia, esos tuvieron réplica y fueron catalogados de “chivatos”, no solo por los vendedores, sino incluso por algunos de los clientes.

Una vez más la confirmación, de que las disposiciones por sí solas no solucionan problemas. Al analizar la situación afloran varias aristas con inmediatez. Lo primero y más evidente, es que la población paga por lo que necesita, si puede, aunque sepa que el precio es excesivo.

Lo hacen porque donde se supone debían adquirirlo no está disponible, en placitas y mercados agropecuarios. Todos los productos salen del mismo lugar, la tierra, aunque muchos alegan que no es suelo pinareño y por eso se encarece la mercancía.

Otro asunto es el rol a desempeñar por inspectores y autoridades para velar porque se cumplan las regulaciones establecidas. Y aunque se apela a la conciencia ciudadana para que denuncie a los infractores, lo cierto es que esta práctica no es tampoco la respuesta, principalmente porque al preguntar sobre el tema, los criterios van desde quienes creen no compete a ellos hacer cumplir la ley, hasta considerarlo una delación; transitando por el escepticismo de “eso no resuelve nada” o el agradecimiento “porque por ellos uno escapa”.

Es comprensible que ha sido un año difícil con limitaciones materiales inobjetables, pero sin importar cuánto represente el valor de un billete, él por sí solo no satisface una necesidad. El dinero equivale a lo que nos permita adquirir y si se trata de alimentos, no importa cuán voluminosa sea su cartera, a expensas de flaquearla debe comprar comida y lo hará donde haya oferta, aunque no sea la más idónea.

Hay otra arista. Los vendedores conocen bien el mercado y si pueden incrementar sus ganancias lo hacen, aunque lleve implícito el riesgo de ser sorprendidos, lucran con nuestra urgencia, porque pueden, o más exactamente, les es permitido.

Cuestionar a quienes compran a sobreprecio y no denuncian carece de sentido, ellos optan por solventar sus carencias. No es tiempo de colocar las culpas sobre cualquiera y las insatisfacciones con la comercialización de productos agropecuarios, dista mucho de ser novedad.

Es cierto que se han implementado estrategias y chequeos a los mercados, vinculando las cooperativas a estos, dándole seguimiento por las máximas autoridades de la provincia, pero no es suficiente, aunque resulte alentador.

La Agricultura sigue teniendo como asignatura pendiente alcanzar al menos las 30 libras per cápita por consumidor. La seguridad alimentaria estriba en niveles de producción y accesibilidad; muchas de las enfermedades crónicas y prevenibles como diabetes, hipertensión, obesidad, dependen de una dieta sana, y es complicado llevarla incluso si estuviesen disponibles los alimentos a precios topados, porque variedad, calidad y estabilidad tampoco son habituales.

No se trata solo de regular las acciones de compra y venta, de cumplir planes u ofrecer explicaciones que hagan comprensibles las carencias, es sobrevivencia con salud, y como dice un viejo refrán, esta entra por la boca.

Sobre el Autor

Yolanda Molina Pérez

Yolanda Molina Pérez

Licenciada en Periodismo de la Universidad de Oriente.

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