Actualizado 22 / 02 / 2020

buscar en guerrillero

Facebook Twitter Twitter Youtube  Rss 

19ºC
24ºC
Estado del tiempo en Pinar del Río

Cuídame de las aguas turbias, que de las mansas, me cuido yo

Cuando a los tres o cuatro años por fin abrí los ojos, desperté debajo de un techo de guano, en la casa de mis abuelos maternos en Minas de Matahambre y como una imagen vívida, guardo en la memoria el arrastre de agua ocre de las crecidas en arroyos mansos como El Derrumbe, donde encueros nos zambullíamos.

Todo el escaso tiempo anterior, no sé cómo lo viví, casi nadie lo sabe. La vida comienza con las primeras imágenes que resulten más agradables del entorno, de tus seres queridos, de tu familia. Ni siquiera con el primer día de clases.

Mi madre era «ama» de una «casa» de madera y tejas, que con un baño para dos familias, un cuartico, una cocinita y una salita, y más «itas» alquiló junto a mi padre.

Antes, nos sirvió de techo una zapatería de un remendón. Era el marido de Flora, a quien recuerdo dentro de su pelo negro y su rostro dulce. Eso lo supe después de que nos mudamos a la mitad de la casa alquilada, contigua a la de ella.

La vivienda se solventó con una adecuada Ley de Reforma Urbana; sin embargo, lo que estaba por solucionar eran centurias de marginación social que solo podían extinguirse insertando en las personas valores que sociedades egoístas manipularon a su antojo.

La inmensa mayoría de los que me rodeaban eran pobres y humildes. No creo tampoco que esta última sea condición obligatoria de la pobreza. La humildad germina del espíritu, del respeto al otro y a sí mismo, no de la cantidad de ropa, zapatos, comida y dinero que puedas poseer. Los hay que tienen y son humildes, aunque los pobres aquellos, por lo general lo eran.

Pero la vida, al menos la que conozco, nos puso a todos en igualdad con respecto a la justicia y al derecho, aunque algunos se encaprichen vanamente en hacernos creer que no es así, a pesar de que todavía debamos luchar por alcanzar esos atributos en mayor cantidad y mejor calidad para todos.

Los poderes de nuestro sistema están en manos de hombres y mujeres que pueden gestionar bien o mal los recursos; dirigir, bien o mal. No creo que cada cual pueda gobernarse a su antojo, sería la anarquía.

Y es el Estado, ese que elegimos desde las bases populares y por tanto nos representa, el que debe hacer valer el respeto a los demás y hacia el propio gobierno que pone sus mayores recursos y esfuerzos en el bienestar social.

Hablo de contención, freno. Debe primar el respeto a la ley, la disciplina, la solidaridad y el humanismo. Por eso surgió la Revolución cubana; un aluvión que inundó al país de escuelas, centros de asistencia médica y oportunidades de trabajo, también de todo lo demás que por fin dignificó a los cubanos.

Las causas del antivalor, la indisciplina y el desorden son diversas. Se asentaron después de 1990 del siglo pasado, cuando cayó el campo socialista, al que pertenecíamos, y perdimos el 85 por ciento del comercio, pero todavía estamos aquí, peleando contra dificultades, externas e internas.

Las primeras y en esencial el bloqueo económico, financiero y comercial que ejerce Estados Unidos contra Cuba, no ha cesado, se mantiene y funciona como un reloj. Los ejemplos sobran y presumo que quien se acerque a estas líneas haya leído y constatado muchísimas fuentes, que cada día emergen desde los me-dios más reaccionarios hasta los más objetivos, incluida nuestra prensa, con sus carencias.

La votación de octubre pasado en la ONU, la número 28, fue el reconocimiento de la comunidad internacional a la necesidad de terminar con esa oprobiosa política estadounidense.

Pero, si acaso no amarramos con lazos perdurables los problemas y le damos adecuado cauce al orden y a la conducta desde la calle hasta el último espacio del entramado público y privado, cómo podríamos en el mediano plazo consolidar la economía, los servicios y todo lo demás para enfrentar el asedio bochornoso de la potencia más grande de la Tierra contra este pequeño y digno país.

No hay dudas de que ha habido una degradación de valores, que no diría que son solo rezagos de la sociedad pasada en Cuba, porque esa misma, con otros atuendos y también dolores materiales y humanos más profundos aún, están a la vuelta de la esquina de este mundo, convertido, querámoslo o no, en una aldea global con la que nos comunicamos más que nunca.

Desde un hogar de familia humilde, de escasos recursos, pero ordenado, laborioso, disciplinado y creído que tiene una verdad por la cual luchar y hasta dar la vida si es preciso, se logran muchas cosas.

Pero si aceptamos trámites que puedan resolverse y de hecho se estipule que son para 30 días y se conviertan en meses; si los recursos de un restaurante o cafetería se venden al por mayor y no se brinda el servicio; si se tira la basura fuera de los contenedores o donde quiera; si jóvenes, incluso menores de edad, toman y rompen botellas en las calles y deambulan de madrugada por centros nocturnos, públicos y privados, sin que les preocupe a sus familiares en primer lugar; si en la vía no hay respeto, si hay un claxon ensordecedor que afecta a todos en la calle y en el trabajo, al enfermo y al saludable; si demora la solución de aguas albañales desbordadas en el centro de la ciudad; si los precios topados son en algunos casos «nada más que para los inspectores», como dicen algunos mercaderes; si no existen o desaparecen las frases tan cortas y fáciles como: permiso, por favor, gracias, buenas ... ¿cómo podremos avanzar?

Si quien tiene que responder por que tales infortunios no sucedan, si los responsables a cada nivel y las entidades impositoras no sien-ten en su interior el dolor y la necesidad de revertir ese estado de cosas en varios lugares, pues habrá que poner a otros que lo hagan.

Necesitamos inspectores con los atributos para que ejerzan su rol fiscalizador y una adecuada contraparte (supervisores), de lo contrario seguirá el engaño de prestadores y controladores, una situación que traspasa diariamente los umbrales de mostradores, almacenes y hasta las puertas de la justicia.

No solo personas, sino también leyes vigorizadas que pongan coto a transgresores y transgresiones, pueden contener la corriente de estos «arroyos» preocupantemente turbios y no tan mansos como aquel donde hasta me zambullía cuando era un niño.

Sobre el Autor

Felix Témerez

Felix Témerez

Presidente de la Unión de Periodistas de Cuba en Pinar del Río. (UPEC)

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Red 2.0

Aplicación móvil
Extensión para su navegador

Periódico Guerrillero