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Al profe Pereda

Todavía recuerdo el día en que cantamos la Marcha del 26 de Julio en el matutino de la escuela. Nosotros tarareábamos mientras el resto nos observaba con miradas burlescas. Queríamos morir. Y a ti te detestábamos profundamente, por supuesto. Lo habíamos ensayado varias veces y algunos, con más problemas para memorizar, sacábamos nuestros pedazos de papel para guiarnos cuando nos quitabas la vista de encima.

Tu rostro era una mezcla de severidad y orgullo, los nuestros eran rabia y a la vez sonrojo. Cuando bajábamos el tono, casi gritabas y levantabas otra vez el coro. Eras feliz y no logramos entenderlo.

También recuerdo aquellas entradas alocadas por la puerta del aula cuando pensabas que llegarías tarde. Llevabas el libro bajo el brazo. Siempre olvidabas las tizas, el borrador, el plan de clases… el libro jamás. El libro era tu único plan de clases. Y lo abrías e incrustabas el dedo en una de sus páginas con fuerza, casi le pegabas al papel y el sonido resonaba entre las cuatro paredes: «Esto va al examen», decías, «y ustedes tienen que sabérselo».

«Cuando la gordita del Ministerio salga en el noticiero diciendo en qué página del libro están las respuestas de las preguntas, nosotros nos vamos a reír. Nos las vamos a saber todas», imponía primero, casi imploraba después.

Muchas veces te dimos por loco. Este viejo y sus cosas, musitábamos, inocentes como éramos en aquellos tiempos no tan lejanos. Rezábamos para que olvidaras las preguntas escritas, con aquella costumbre inviolable de establecer seis baterías. Aguardábamos los minutos de las charlas y aquella sangre que corrió por tus oídos cuando subiste el Turquino o el llanto de tus ojos al caminar por Playa Las Coloradas o aquella constitución que siempre llevarías en el bolsillo para defender tus derechos.

De los reconocimientos recibidos a nivel nacional tantas y tantas veces, nos enteramos de puro milagro. En el aula, jamás presumiste de ello. No era falsa modestia. Era modestia, a secas, límpida, espontánea, modestia «perediana». En los pasillos lo comentaban los profesores: «Pereda es el mejor profesor de Historia del país».

No le prestamos atención a las chácharas. Bastante teníamos con tus presiones. Hay que estudiar, hay que saberse la historia, hay que salir bien en la prueba de ingreso… Tu lema siempre fue el mismo. Sonreías poco, acaso porque jamás pasó nadie tan recto por enfrente nuestro ni tan cordial.

Los días en que más feliz te veíamos era cuando venían a verte tus alumnos de antes.

No logramos descifrar del todo tu personalidad: nosotros, los irreverentes, los que lanzábamos papeles en el aula, los que perdimos decenas de juegos de carta quitados por los profesores, los que nos íbamos a las 11:45 en vez de a las 12, contigo no éramos nosotros. Te respetamos y tiempo después te echamos de menos. Ahora, sin haber asumido tu pérdida, quisiéramos volver a cantar aquella marcha juntos.

Sobre el Autor

Eduardo Grenier

Eduardo Grenier

Estudiante de la carrera de Periodismo de la Universidad de La Habana.

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