Actualizado 18 / 01 / 2020

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Verde, para educarnos con el ejemplo

Hoy quiero recordar con precisión sus rasgos, su voz; aunque solo puedo traer a mi memoria sus libros debajo del brazo y su personalidad, tan peculiar como el apellido. El profe Juan Verde nos enseñó que no hay obstáculos lo suficientemente grandes en la vida para renunciar a las pasiones que despiertan en nuestras almas las cosas que amamos hacer.

Nosotros, sus alumnos, nunca conocimos a su familia, no supimos si tenía nietos o hijos, pero estábamos muy seguros de que era consciente de nuestra admiración por su quijotesca figura al aparecer cada mañana en bicicleta por la entrada del IPVCE Federico Engels. Yo no tenía la certeza de su edad, pero rebasaba, por las marcas innegables del tiempo en su cuerpo, los 70 años en el 2007 cuando se convirtió en mi profesor de Geografía.

La verdad, siempre odié esa asignatura; sin embargo, sentía mucha empatía por aquel señor bajito, canoso, ocurrente, que de cuando en cuando trocaba algún concepto y giraba hacia nosotros para decir que el próximo año se retiraba «porque la escuela ya tenía nombre».

Verde poseía un sentido del humor particular, como si supiera que a sus años ya no valían la pena los enojos, sino que debía sonreírle a la vida por permitirle estar donde estaba.

A veces llegaba al aula y, como en todos los colectivos adolescentes, había algún mal olor en el ambiente. Otros nos reprendían, él nos exigía respirar todos al mismo tiempo para evitar que «sus pulmones se infectaran con la peste».

Reíamos en ese instante y luego sentíamos vergüenza de la muchachada, porque no solo se enseñan valores con regaños. Él nos avergonzaba de la manera más dulce y jovial posible, nos hacía responsables a todos del acto travieso, para más tarde decirnos que era de muy mala educación lo que habíamos hecho.

Ocurrente hasta el último de sus días, cuando se encargaba de sacarnos de pase al final de la oncena, pasaba mañanas enteras acompañándonos hasta el arribo de la última guagua, proyectando su voz muy alto para que ninguno quedara extraviado e inventando juegos de palabras con los nombres de nuestros lugares de origen para hacernos reír.

Recuerdo muy bien que al llegar el recorrido de Las Ovas y Briones y en su lugar, llamaba a los alumnos que viajarían a «óvulos y embriones». A todos nos parecían graciosos los motes y abordábamos la vieja guagua Girón con mejor ánimo, aunque muchas veces hubiéramos esperado horas por ella para regresar a casa. Su ingenioso humor nos hacía sentir como si ya estuviéramos en el calor hogareño.

Al terminar décimo grado, ya la Geografía no se impartía más, perdimos su rastro, pasó a ser el profe Verde de otros estudiantes de nuevo ingreso. Fue entonces cuando la vida lo retiró.

No puedo precisar en mi mente si fue el año 2008 o 2009 el de su muerte, en la misma escuela que no llamarían por su nombre porque ya tenía otro de un insigne pensador. Solo sé que sentí mucha tristeza al conocer la noticia, cuando regresamos de las vacaciones de fin de año.

Verde murió viejo, pero no acabado. Como profetizaba con picardía, su cabeza no la modelarían en un busto para sustituir a la de Federico Engels, no hizo falta; dejó una huella aún más importante en la memoria de quienes lo conocimos y apreciamos la pasión con que vivió, esa de enseñar niños a convertirse en hombres.

Sobre el Autor

Vania López Diaz

Vania López Diaz

Periodista y fotorreportera del Periódico Guerrillero.

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