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El holocausto de una mujer

Salir de su país nunca estuvo entre sus planes, es más, se resistió durante años a la idea de despertar en un sitio, que no la llevara una hora después a su universidad de siempre, donde se formó como maestra por convicción y por una vocación más que definida.

Más de mil veces la vi negar a todos los que la incitaban a traspasar la frontera de la pequeña pero enorme Isla, la posibilidad de pasaporte en mano, para poner distancia entre un lugar cualquiera y todo lo que creía imprescindible hasta para respirar.

Pero la resistencia se debilitaba en la medida que la situación económica, uno de los tantos motivos de la emigración en el mundo, se hizo un caos y la única opción sería probar suerte en otro contexto profesional. Solo Dios sabe cuánto le costó dar el primer paso. La fecha aún le late en los oídos, 22 de agosto de 2014.

Al recibir la constancia del recibo de la solicitud de liberación como docente de la institución, afloraron hipotensión y escalofríos insólitos en puro verano caribeño, un nudo en la garganta se adueñó de la palabra y de la razón. ¡La decisión estaba tomada!

Al tiempo, liberación confirmada. Un montón de papeles de casi veinte años se convirtieron, en apenas segundos, en un tesoro inigualable: exámenes, registros de asistencia de alumnos que ya se practicaban como maestros, planes docentes, tarjetas de felicitación, diplomas, reconocimientos, libros... y hasta lapiceros sin tinta.

No pudo dejar nada, imposible discernir entre cada uno de los testigos de casi una vida entera. Todo era importante en aquella universidad, donde con apenas 18 años fue deslumbrada con las hazañas de los héroes griegos, con el realismo mágico de García Márquez, lo real maravilloso de Carpentier, con los poemas de Dulce María Loynaz y con la manera impresionante con la que la profesora de Gramática encontraba una explicación a cada una de las estructuras lingüísticas en un texto.

Todo era importante en aquella universidad, donde probó su capacidad de esfuerzo, su responsabilidad como alumna, su entrega como profesional. La misma universidad donde conoció la fuerza del Amor a los veinte años y lloró en sus pasillos, desconsoladamente, por una decepción inaceptable.

Nunca antes el camino de regreso a la casa le pareció tan tortuoso, los pies se negaban a avanzar. Una fatiga - no fisiológica- parecía dominarla toda. Pero, la decisión estaba tomada.

Miles de interrogantes se le agolpaban en la mente y en el corazón. ¿Cómo darle la espalda a los hijos, quién les alcanzaría la leche a la cama en la mañana, a pesar de sus 22 y 27 años? ¿Quién les avisaría que ya era hora de irse al trabajo? ¿Quién les esperaría cada tarde y les desearía buenas noches con un beso maternal? ¿Quién les daría el regaño oportuno, el consejo preventivo? ¿Quién les escucharía sus propias historias? O, simplemente, ¿Quién les consentiría como chiquillos?

Segundo domingo de enero de 2015. Abrazos interminables y un grito reprimido para no angustiar a su mamá... un chorro de tristeza dibujado en el rostro, que se escondía tras la mano temblorosa, mientras decía adiós sin mirar hacia atrás.

Aeropuerto. Más de tres horas de vuelo sin pronunciar palabras. El dolor de una madre que deja a sus hijos “obligada por la vida”, no tiene consuelo; la impotencia de una mujer que toma una decisión sin querer “obligada por la vida”, no hay manera de aplacarla.

En tierra extranjera, después de dos meses, cumpliría una nueva tarea también con alumnos excelentes y nuevos aprendizajes. Tal vez comenzaba a soportar con menos dolor la distancia y las ausencias.

Un fuerte reto ya asomaba, a pesar de cuánto sufre cada día por estar lejos, volvía a sentir el regocijo de una clase que satisface a sus alumnos, de una nueva familia en la universidad, con la que comparte ahora éxitos y sinsabores solidariamente. Y lo más importante, el fruto innegable: sus hijos y sus padres se han crecido en las nuevas circunstancias, su calidad de vida ha mejorado y ella ha aprendido que “vale la pena cuando el esfuerzo no es en vano”.

Hoy, por suerte, la protagonista de esta historia, agradece a Dios por la capacidad de superar la tormenta, pues deambulan por el mundo muchos que no alcanzaron su objetivo o no vivieron un final feliz.

Han pasado ya dos años y 16 días y ella aprendió a querer la nueva tierra. Ya no la podrá dejar fuera de su corazón cuando piense en cada lugar importante de su vida.

Sobre el Autor

Heidy Pérez Barrera

Heidy Pérez Barrera

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.

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