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Más allá de los callejeros

«Si tienes hombres que excluyan a alguna de las criaturas de Dios del refugio de la compasión y la pena, tendrás hombres que interactuarán de igual modo con sus semejantes humanos».

San Francisco de Asís

La literatura recoge a San Francisco de Asís como el primer hombre que expresó la necesaria relación de respeto entre los humanos y el resto de las especies. Estar en la cima de la cadena evolutiva es más responsabilidad que privilegio.

En Cuba la carencia de instrumento jurídico que regule tales prácticas deviene en la actualidad un problema a escala social. Como es frecuente, en las situaciones en las que se implican sentimientos, la pasión marca rumbos y pone intensidad.

Animalistas es el término con que se definen los defensores de los derechos de los animales, pero incluso entre ellos hay diferencias. A los más radicales, deberíamos considerarlos como seres iguales; rechazan, incluso, el empleo en condición de mascotas, porque consideran que es una forma de esclavitud.

Los utilitaristas respaldan la tradicional relación simbiótica, siempre que sean protegidos y no se les provoque dolor. Hay muchas otras «categorías» de acuerdo con el enfoque; pero la realidad que nos circunda realmente dista de tamaña especialización.

Sí podemos presumir tempranamente, con respecto a muchos países, de contar con disposiciones jurídicas que aseguran igualdad de género, raza y seguridad a la infancia; estamos muy rezagados en cuanto a protección animal. Y la mirada se posa en aquellos que vagan por las calles, en ocasiones enfermos y con un lamentable aspecto.

Específicamente en Pinar del Río, el tema se ha abordado con frecuencia, pues proliferan en espacios públicos los canes y gatos, con el consiguiente impacto negativo en imagen e higiene. A pesar de la carencia legislativa, sí existen instituciones cuyo encargo es velar por el control sanitario, enfocados sobre todo en reducir los posibles riesgos de contagio en humanos de las enfermedades que pue-den transmitir los animales.

En los últimos días, muchas voces se han levantado para acusar a Zoonosis, dependencia que se subordina a la dirección de Higiene y Epidemiología, que a su vez pertenece al Ministerio de Salud Pública en las distintas instancias. Hay trabajos cuya realización es difícil, pero necesaria; este es uno de esos casos.

Quienes tienen la tarea de recoger a los animales en las calles, para empezar, no poseen los medios idóneos para hacerlo y a pesar de que no son exacta-mente canes mansos, a los giros que les dan en el aire para atontarlos no es preciso añadirles golpes, aunque también es cierto que se exponen a mordeduras o ataques, con el consiguiente peligro para su integridad física y en cualquier circunstancia la vida de un humano prevalece, al menos es mi punto de vista.

Circunscribir el maltrato animal a la recogida de los callejeros, es reducir la dimensión del problema. Las peleas de perros, gallos, la explotación excesiva de los destinados a carros de tracción animal, labores agrícolas, la tenencia de mascotas sin condiciones o los cuidados que re-quieren, así lo confirman.

Y podrían citarse otros ejemplos, entre los que figura la cría, sin responsabilidad de la preservación genética para fines comerciales; la mutilación y selección de razas sin valorar las características del clima; además de cuán atrasados estamos en materia industrial, tanto para el manejo de las masas, como los sacrificios.

Probado es el hecho de que una ley no modifica los modos de pensar ni la manera de comportarse, así que no será una plataforma jurídica la que ofrezca la total solución. Hay que acompañarla de la adecuada implementación, asignatura pendiente para los cubanos, contamos con sanciones en el Código Penal para el acaparamiento y regulaciones que estipulan la protección del consumidor; sobra evidencia de que resultan insuficientes para transformar la realidad.

Necesitamos educar en el respeto a la vida, buscar alternativas que fortalezcan esa percepción y lo más complicado, porque depende de recursos materiales, crear infraestructuras que permitan un accionar coherente desde las instituciones y la individualidad ciudadana.

Las aristas del maltrato animal llegan a implicaciones mayores, reflejadas en daños a los más desvalidos. No hace falta ley para promover desde el civismo el accionar correcto; familia, escuela y sociedad han de obrar juntos y también la sensatez, porque hay quienes se enternecen ante un perro abandonado, sin prodigar los cuidados que merecen sus abuelos, padres e hijos. Enfrentemos el problema como lo que es, expresión de indolencia, insensibilidad y potencial riesgo para los humanos.

Sobre el Autor

Yolanda Molina Pérez

Yolanda Molina Pérez

Licenciada en Periodismo de la Universidad de Oriente.

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