Actualizado 05 / 12 / 2019

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De como Tente floreció para convertirse en maestro

Andrés Inocente Delgado Bravo se presenta con naturalidad, dice que a su nombre le sobra el «Andrés» y todos en el pueblo de La Palma le conocen por el segundo; incluso algunos, los más allegados, le llaman «Tente» con una mezcla de cariño, admiración y respeto.

Lo de tutearlo es para la gente con quien mantiene relaciones informales; sus colegas y alumnos le llaman profe, en señal de reconocimiento a su labor y los resultados que, bajo su dirección muestra el centro mixto Nguyen Van Troi del occidental municipio.

Tente habla de su profesión apasionadamente y de su claustro con orgullo. Es profesor de Matemática y con la misma certeza que enseña sobre números, afirma que la confianza de los padres y estudiantes en los métodos utilizados en el centro, solo han podido alcanzarse con resultados concretos que ubican hoy a La Palma en el primer lugar provincial respecto a los indicadores alcanzados en las pruebas de ingreso a la universidad.

Tiene manos ásperas por el polvo de la tiza o quizás porque como muchos profesionales, asume un subempleo en su tiempo libre que demanda un mayor esfuerzo físico que el del aula. Asiente con vehemencia al escuchar que la menor cifra de éxodo en el sector de Educación en el territorio palmero, corresponde a los maestros de preuniversitario. Se sonríe, se siente parte de ese dato y le encuentra cierto encanto porque disfruta lo que hace.

Habla de familia, de imbricarla junto a la comunidad y a la escuela en el proceso en el cual se perfilan los estudiantes en el rumbo profesional que tomarán el resto de sus vidas. Habla mucho, de estrategias de motivación para diferentes carreras, de la admiración que siente por sus colegas, de que las cifras del éxito no se inventan, sino que se logran a pie de pizarra; enseñando a los niños y a las familias cuando el camino a seguir es errado y cuáles sueños son realmente alcanzables.

Tente recuerda a José Carlos, aquel estudiante rebelde de Bahía Honda que le traía intrigado por su mal comportamiento y la desidia con que asistía a la escuela. El joven no tenía buen carácter ni daba entrada a los profes, hasta que descubrieron en él otra pasión que no prosperaría en las libretas ni en las clases regulares. Solo podrían llegar a él a través de la música y justo en ese punto salvaron a José Carlos de sí mismo y encauzaron su talento para convertirlo en un líder positivo dentro del grupo.

Inocente confirmó entonces lo que le había enseñado antes un entrañable director que conoció hace muchos años: «No hay malos niños, solo mal encaminados». Cada cual florece de manera diferente.

Él piensa que el arte de enseñar está precisamente en llegar hasta esa fibra íntima que aviva el interés y descubre de manera individual lo bueno que esconde cada uno.

Ya hace muchos años alguien más lo vio en él: aquel director de quien guarda tan gratos recuerdos y que le salvó de sí mismo cuando aún era un niño. Detrás de su inestable actitud ante la escuela, había conflictos familiares que la propiciaba. Le tomó de la mano, le brindó su apoyo, le enseñó otro camino; uno que sería al final el suyo. La Palma había ganado en aquel momento, de la mano de un excelente maestro, un digno sucesor para continuar marcando la diferencia.

Sobre el Autor

Vania López Diaz

Vania López Diaz

Periodista y fotorreportera del Periódico Guerrillero.

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