Actualizado 05 / 12 / 2019

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Una vitrina, el tiempo, la memoria

Ella parece hecha de mar, el azul de sus ojos transporta a la profundidad del océano y la blancura de la piel emula con la más pálida arena imaginable; tiene ocho décadas de vida y una voz dulce, que acompaña de gestos suaves. Cualquiera podría tomarla por dama aristocrática venida a menos.

Lo cierto es que ese fragmento de piélago que es el cuerpo de Juliana Becerra Maqueira nació en una humilde familia campesina en el poblado de Las Ovas. Llegamos a su casa buscando fotos de Sánchez, antiguo propietario de la zona, cuyo apellido todavía da nombre al batey. A falta de instantáneas, nos ofrendó recuerdos, fidedignos y prolijos.

Mientras hablábamos en la pequeña sala, descubrí en el comedor una vitrina que atrapó mi atención. No pude evitar comenzar a preguntar el origen de la misma; supe que había sido un regalo de bodas, del dueño del bar donde trabajaba su esposo.

El propietario que se iba del país la obsequió con un exquisito juego de copas, pero no fue ni la cristalería ni el mueble lo que la hizo valiosa a mi juicio. Con ella viajé a Peralejo y retorné a la infancia cuando jugaba a los pies de una idéntica en la casa de mamá Josefa y papá Enrique, abuelos paternos de mi madre.

Como aquella, en el interior de esta se atesoraban piezas de valor para la familia, unas real y otras sentimental: Juliana me enseñó el adorno que estaba encima del cake de su boda y algunas tazas mucho más modernas, pero presentes recibidos en fechas significativas de personas queridas por ella.

Contó que en tiempo de ciclón envuelve cuidadosamente, en papel periódico, cada una de las vasijas y las guarda en la lavadora.

Nunca se le ha roto ninguna, aun cuando su morada hasta perdió en una ocasión el techo bajo la fuerza de vientos huracanados.

Esas copas representan mucho más que cristalería a sus ojos o patrimonio económico que proteger: son restos de memoria unidos a la historia más importante, la propia, la familiar.

Por esos «azares concurrentes» de la vida, un pedazo de la mía también afloró allí y mientras tomaba el café que nos hizo el hijo, la escuchaba hablar de lo mal que la está llevando la cadera o rememorar anécdotas de los Sánchez, sentí que me dividía entre pasado y presente.

Quizás me sucedió porque su blancura me recordaba a mamá Josefa y aquella vitrina era una máquina del tiempo ante la cual no podía resistirme, ya que entre sus palabras descubría historias comunes con las de mis bisabuelos, también de cuna humilde, buenas maneras, laboriosos y agradecidos.

Tal vez fueron sus ojos de mirar sereno en los que adivinaba la misma entereza que en los de papá Enrique; quizás solo fuera que criada en una familia en la que la longevidad y la lucidez es habitual me sintiera como en casa.

No el hogar edificado a partir de mí, sino ese donde aprendí las primeras grandes verdades de la vida, el sitio en el que empezaron a esculpirme el alma y que es mucho más que las paredes y el espacio que habité, son las memorias de los Pérez, los Brito, los Molina, entrelaza-das con experiencias propias.

Juliana nos acogió en su morada, hospitalaria, amable y le dimos las gracias por tal cortesía. En lo personal siento que le debía estas palabras. Para ella quizás solo seamos los periodistas que preguntamos por los Sánchez, pero para mí, que lidio diariamente con la añoranza, ella resultó un bálsamo.

Hallé mar en el medio de una vega: una vez más el oficio me llevó a conocer buenas personas, de las que no ocupan titulares ni conquistan la fama, pero nos hacen mejores y regalan, incluso sin saberlo, felicidad.

Sobre el Autor

Yolanda Molina Pérez

Yolanda Molina Pérez

Licenciada en Periodismo de la Universidad de Oriente.

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