Actualizado 12 / 11 / 2019

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Los miedos

«El miedo es el más ignorante, el más injusto y el más cruel de los consejeros»
Edmund Burke

Siempre he creído que a lo largo de mi vida he sido un ser racional, en el sentido menos interpretativo de la palabra, pues racionales somos todos. A lo que me refiero es a la capacidad de poder mirar hacia atrás en el tiempo y poder decir que hasta ahora he vivido bajo la marca social de una conciencia plena. Y puedo decir: solo hasta ahora.

Esto es en parte gracias a que la matemática nos recuerda que no es lo mismo 10 que 15 ni 20 que 30 o 35, y me refiero a años. Sí, a años vividos, a tiempo gastado, a dejadez de la infancia, a la llegada sucinta de la experiencia... a todo lo que sobreviene con el paso del tiempo. Me refiero al miedo.

Tal sentimiento siempre ha estado ahí, desde pequeños, acechándonos bajo los sobrenombres del coco, la bruja de la escoba, el niño del diente largo, el hombre del saco y muchos otros.

Desde niños enfrentamos temores tan estúpidos y tempranos como la oscuridad o que nuestros padres se pierdan de vista o que nos dejen solos durmiendo en la cama y para nada considerábamos peligroso incluir a nuevas personas en el círculo de amigos, buscar escenarios y propiciar situaciones extremas o aumentar la gallardía al hacer trastadas que otros miraban con recelo.

Ahora, con el paso de los años, nos damos cuenta de que la vida es un ciclo y que cada día se complica más por este tema de los miedos. Hoy, por increíble que parezca, los escenarios anteriores giraron 180 grados. Es cierto, ya no tememos a la oscuridad, pero sí a bañarnos en aguas desconocidas por solo mencionar un ejemplo.

Lo anterior no indica que dejemos de disfrutar la vida, no. Los deleites cambian y el placer llega bajo otros términos y condiciones.
Nadie puede decir lo contrario, pues este es un fenómeno que atormenta a la mayoría, y digo así, ya que hay quienes nunca dejan de ser niños, con estupideces incluidas.

Pero al hacer un recuento, cada uno de nosotros podrá decir en qué punto quedó o por cual ahora transita, pues de niños la muerte nos parecía lejana y fútil; no pensábamos si había algo en el río crecido cuando nos tirábamos de una palma o un puente; no nos preocupaban los rayos al bañarnos bajo la tormenta ni las vacunaciones por heridas, clavos enterrados en los pies o arañazos de animales.

Para redondear el asunto se pudiera decir que el tormento comienza a modo de pensamientos nocivos.

Ya la muerte es un escenario real, porque ha golpeado varias veces en nuestras puertas... las suficientes para saber que está ahí, acechando. Ya huimos de la tormenta por aquello del virus malo que anda regado o que nos puede alcanzar un rayo.

Cuando en algún trabajo casero o rutina cotidiana de forma accidental nos herimos o pinchamos un pie, corremos a limpiarlo con jabón de lavar, desinfectar con yodo, y acto seguido pensamos: ¿tendré actualizada mi tarjeta de vacunación? porque no logramos recordar si tenemos el toxoide tetánico vigente. Y sí, da risa cuando lo narramos de esa forma, pero es cierto.

Recuerdan cómo en la niñez corríamos de noche hasta el final del muelle de la playa y nos lanzábamos al mar con la adrenalina a tope... hoy esa misma adrenalina nos corre por las venas, pero al sentarnos de noche en el mismo muelle con los pies colgados hacia el agua...

Admitámoslo, ya son más las cosas que nos preocupan que con las que nos divertimos.

Quizás los más rudos disfracen lo anterior con adultez, responsabilidad o madurez, y está bien si se abraza este concepto. Supongo que al final lo más importante sea retornar un poco a la niñez, y nunca, pero nunca, dejar de disfrutar y hacer locuras a pesar de los miedos. Esos siempre estarán ahí, y es nuestra tarea plantarles cara.

Sobre el Autor

Ariel Torres Amador

Ariel Torres Amador

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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