Actualizado 16 / 10 / 2019

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Peligros del fraude escolar

Mi tía suele contar que en sus etapas de bachiller y de universitaria la virtud del colectivo estudiantil era tan elevada que con frecuencia les aplicaban las famosas Pruebas de la dignidad o exámenes no vigilados.

«Y nadie miraba para el lado. Si alguien de casualidad lo intentaba, se exponía al rechazo y a la denuncia de sus compañeros», recuerda ella.

Los tiempos cambiaron vertiginosamente y lo que antes era considerado un proceder de integridad, hoy se mira como puro extremismo. En las aulas cubanas ocurre muchas veces que si los alumnos aventajados no develan las respuestas al resto pasan por egoístas ante los ojos del grupo.

Los educadores que permiten a sus alumnos fijarse y se acercan a las mesas a detectar y enmendar errores durante el tiempo del examen conquistan afectos múltiples, pero constituyen a su vez un referente negativo para los muchachos.

El promocionismo institucional que exige buenos resultados académicos a todas las escalas ha incentivado, sin proponérselo, estas actitudes. Se da el caso de varios centros educacionales que arrojan resultados alentadores tras la aplicación de trabajos de control, pero en la práctica sus educandos presentan lagunas enormes de conocimiento.

La deshonestidad en los entornos educativos tiene muchos rostros. Se evidencia en el plagio o apropiación de textos ajenos, en la defensa de tareas y trabajos de curso concebidos por otros autores (generalmente por los propios padres), en la compra y venta de exámenes y en la adulteración de notas por parte de profesionales inescrupulosos a cambio de favores o regalos.
Un ‘chivo‘ camuflado en la goma de escribir, la palma de la mano, una esquina de la mesa o un papelito minúsculo se torna motivo de risa entre los alumnos; pero el fraude escolar es un asunto serio que debería preocupar a la sociedad, pues deforma el carácter de los niños y los convierte en seres indefensos ante la vida.

Asociado al desinterés en los estudios, al poco rigor y al facilismo, el fraude inhibe la capacidad de esfuerzo y la autoconfianza. Al final del camino el fraudulento solo obtiene una buena nota o el aprobado para pasar de año, pero no las herramientas y habilidades que en verdad precisa.

Una compañera de trabajo me comentaba hace poco que a un vecinito suyo le estaba yendo mal en la escuela hasta que comenzó a recibir clases privadas con su misma maestra del seminternado. En los encuentros particulares ella se esforzaba mucho más, sistematizaba los contenidos dados en la escuela y usaba métodos de aprendizaje atractivos que permitieron al pequeño y a algunos amiguitos zanjar sus dificultades, cosa que la educa-dora debió potenciar desde el aula. ¿Acaso no es esta una manifestación de fraude escolar?

Prácticas antiéticas como la anterior laceran la educación pública gratuita que es bandera y orgullo de los cubanos. Combatirlas y sancionarlas ha de ser un cometido del Ministerio de Educación, así como de la escuela y la familia.

La deshonestidad escolar no ha de verse como un fenómeno inofensivo. No puede haber inocencia ni buenas intenciones detrás de una mentira.

Como diría el escritor inglés Philip James Bailey: «El primero y peor de todos los fraudes, es engañarse a sí mismo.»

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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