Actualizado 21 / 11 / 2019

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Burrito 21

El grupo de muchachos se reunía a jugar. Uno agachado detrás de otro, cual cadena, y de pronto: «¿burrito 21 se puede?».

Entonces el que pedía permiso saltaba y después trataba de agarrarse y sostenerse porque de esto dependía que su equipo ganara, y así sucedía hasta que alguno de los improvisados gimnastas cayera. El equipo que más integrantes lograra mantener a galope, ese era el que ganaba.

Este era uno de los juegos que practicábamos los niños y adolescentes cubanos hace unas décadas.

Recuerdo que cuando estábamos en las escuelas en el campo aprovechábamos cada tiempo libre, incluso, después de terminar la norma diaria. Cada minuto era un instante de alegría entre compañeros, a pesar del cansancio provocado por el trabajo.

Existían decenas de iniciativas y muchas tenían que ver con el juego en colectivo, tal vez por eso las amistades de esa época perduran tanto y en los perfiles de las redes sociales de nuestras generaciones se generan muestras de amor y compañerismo, aun contra la distancia y el tiempo.

Los juegos tradicionales son aquellos que pasan de generación a generación, así se transmiten de abuelos a padres y después a los hijos, que pueden sufrir algún cambio; pero mantienen la esencia.

Muchos cuarentones o cincuentones recordarán el matandile, la señorita, la cojita, alánimo, el gato y el ratón, la viola, el agarrado, el escondido, la gallinita ciega, el tejo, arroz con leche, los pollos de mi cazuela, la prenda...

Lo cierto es que entre la tradición cuba-na hay juegos de arrullo, de iniciación, de fuerza o destreza, penitencia, de prendas, variados y otros más, que por años han sido un instrumento para desarrollar la fantasía, la creatividad e imaginación de los niños; pero también los ha enseñado a trabajar en equipo, a compartir, a socializar y a alegrarse o entristecerse con el triunfo o la pérdida del grupo.

Estas iniciativas que se heredan y son parte de la cultura de los pueblos, constituyen el modo en que infantes, adolescentes y jóvenes liberan energía de forma sana y ganan así, no solo en el desarrollo psicomotor, sino además en la formación de la personalidad y el lenguaje, según avalan criterios de psicólogos, sociólogos y pedagogos.

Lástima que el abuso indiscriminado de las nuevas tecnologías en estos momentos contribuya a lastrar de alguna forma la sucesión de estas prácticas. Las actuales generaciones de cubanos pasan más tiempo en sus computadoras, tabletas y celulares que en el parque o en los barrios compartiendo con sus amigos.

En las escuelas están «amarrados» a sus teléfonos –a veces hasta en las clases– con disímiles juegos, esos que logran atrapar por horas y horas, y que muchas veces llegan a «esclavizar» sin importar sexo ni edad.

Sin entrar a analizar las diversas causas que han provocado el olvido de estas tradiciones, este trabajo solo persigue el interés de alertar, primero a la familia y en especial a los padres.

Es necesario que tengan en cuenta que sin desdeñar las nuevas opciones de la tecnología, sí deben planificar el tiempo de los hijos para que la oportunidad de compartir de tú a tú con sus compañeros y familiares no se pierda, y recuperar estas manifestaciones lúdicas que le hacen bien al individuo y contribuyen a curtirlos con la herencia de sus antepasados. ¡Qué falta haría amenizar las tardes de distracción en los barrios con estas ideas! A la escuela toca su parte. Se hace oportuno el rescate de los recesos –como los de antaño– esos que permitan plenamente el espacio y el tiempo para que los estudiantes vuelvan a hacer rondas, competencias en equipo y que disfruten de lo lindo de la niñez, la adolescencia y la juventud. Solo así podrán fomentar el compañerismo, el sentido de la solidaridad y a través del juego consolidar concepciones y principios que le ayudarán para la vida en sociedad.

Otra vez el trinomio familia–escuela–comunidad tiene tarea. Ojalá y pronto podamos escuchar esos estribillos que decían: «A la rueda rueda de pan y canela. Dame un besito. Y vete pa’ la escuela. Si no quieres ir, acuéstate a dormir».

También nos gustaría verlos en un ruedo sentados en el piso con los yaquis, los soldaditos, los palitos chinos o el parchís; solo así beberán de la savia de los abuelos, bisabuelos, tatarabuelos… de esos antepasados a los que les debemos nuestra identidad.

Sobre el Autor

Ana María Sabat González

Ana María Sabat González

Licenciada en Español y Literatura, periodista de Guerrillero. Ha sido profesora de la Universidad Hermanos Saíz Montes de Oca. Se dedica al periodismo desde el año 1996 y aborda en sus trabajos diferentes temáticas sociales y políticas.

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