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¡Cómo cambian los tiempos Venancio! ¿Qué te parece?

Eran los primeros días de mayo de 2016 y el otoño austral ya se abatía furioso sobre el gran Buenos Aires. Entre las 11:30 y 12:00 de la noche de aquel domingo porteño, una llovizna fría y triste hacía temblar mis cálidos huesos cubanos, no preparados para el evento.

Me había pillado esa hora en el recinto ferial de la Feria Internacional del Libro de la capital argentina, distraído y deslumbrado mirando casos y cosas con mis ojos made in Puerta de Golpe en el gigantesco emporio al que llaman “La Rural”, un ente a medio camino entre tradicional y posmoderno.

Si bien la primera semana de feria estuve hospedado en el hotel Crillon, un cinco estrellas francés en el puro centro de la ciudad, pedí permiso a la Cámara del Libro para permanecer otra semana en Buenos Aires, hospedado esta vez en casa de una profesora universitaria amiga, la gentil y dulce Martita, cuya vivienda queda en Villa Adelina, suburbio a unos 30 kilómetros de La Rural, donde sesionaba la feria.

En tanto, por allá las distancias apenas se expresan en medidas de longitud sino en tiempo de recorrido; en un transporte colectivo con el tráfico infernal de un domingo ya casi a medianoche estábamos a dos horas de Villa Adelina.

Para pagar en esos ómnibus se usan unas tarjetas llamadas SUBE, las puedes comprar en tiendas, estanquillos de prensa, quioscos y otros establecimientos; al abordar el transporte las introduces en la ranura de un dispositivo electrónico, subes una palanca y entras; toda esta operación en el primero o segundo escalón de un ómnibus confortable y moderno, junto al chofer, donde vienen quedando las alcancías de los nuestros; si la tarjeta no tiene fondos la palanca no cede, no puedes pasar y estás obligado a bajarte, pues interrumpes el flujo de pasajeros.

Y sucedió que cuando introduje mi tarjeta SUBE ya no tenía fondos y la dichosa palanca de acceso se mantuvo incólume; por suerte era el último en subir y ello me dio un respiro para proceder a la cubana, entre pedir clemencia y dar cañona: “Soy un escritor cubano de visita en la feria, por descuido se me quedó sin fondo la SUBE, no tengo experiencia”,clamé al chofer. “Lo siento, con la SUBE sin fondo tenés que bajar”, respondió el señor, algo risueño y algo burón pero conclusivo.

Hubo un instante de silencio glacial, me hirvió la sangre y estuve a punto de mentarle la madre y otra cantidad cualquiera de antepasados; pero ¿de qué me hubiera servido, solo y perdido en una ciudad de 16 millones de habitantes donde yo no era más que una cifra? Sin embargo, la mitad y un poco más de los argentinos que viajaban allí, mujeres y hombres, jóvenes y viejos, todos cómodamente sentados, se pusieron de pie, raudos y solidarios, prestos a auxiliarme con sus tarjetas SUBE en la mano: “Tené, tené, cobrále al señor de la mía”, dijo uno, “Yo pago el viaje del cubano”, dijo otro, “Aquí tenés mi SUBE cubano”, dijo otro y así.

Fue entonces que en medio de la algarabía se impuso el chofer jacarandoso y bonachón: “Pará, pará, ¿quién dijo que voy a dejar al cubano perdido en La Rural, me encantan estos boludos, seguí, seguí que se nos hace tarde”.

Accionó el sujeto la dichosa palanca y procedí liviano a sen-tarme en el primer asiento vacío, justo a su lado. Mi alma, que a esa hora debía estar penando entre las frías nubes del otoño porteño descendió a rencontrarse otra vez con mi cuerpo y respiré aliviado.

No más me hube sentado comenzó el hombre una animada charla mientras manejaba afanoso abrién-dose paso en la selva del tráfico nocturno.

–Sós cubano el señor, ¿de dónde?

–De Pinar del Río, la provincia más occ...

Me interrumpió apremiante.

–Lo sé, lo sé, sé donde está Pinar del Río, por allá queda el Valle de Viñales ¿no?

–Anjá, dije yo encantado de la vida.

–¿Y te gusta la música cubana?, siguió adelante el argentino.

–Me encanta, me encanta.

–¿Te gustan Los Compadres? ¿Los conocés?

Yacían Los Compadres en un hueco de mi memoria, desde las madrugadas sin corazón de los 12 años en Los Camilitos, cuando estallaban a las cinco en punto por el audio de cada albergue en un programa de radio poniéndonos de pie para la gimnasia matutina.

La innegable raigambre criollísima de su música estaba mezclada en mi sangre con el desagrado del sueño interrumpido cada amanecer a tan temprana edad. Pero a tal hora y en tal sitio el patriota se impuso.

–Sí, sí, me gustan mucho Los Compadres, son muy cubanos.

–Tengo en casa un disco de ellos muy viejo, de acetato, creo que es de la marca EGEM o EGREM; lo he jodido de tanto ponerlo. ¿No te acordás de algún tema de ellos?

Me acordé enseguida del que creo era tema de presentación del maldito programa allá por Septiembre del '74.

–Sí, sí, me acuerdo de uno que decía: “¡Como cambian los tiempos Venancio ¿qué te parece?, ¿qué te parece Venancio? Como cambian los tiempos”.

El chofer soltó una carcajada olímpica y se dio a cantar a coro conmigo la alegre tonada. Los viajeros nos miraban atónitos y alguno debió crisparse de nervios ante el peligro de aquel lunático cantando un aire criollo cubano mientras conducía por las calles bonaerenses a tal hora, cosa insólita entre ellos.

Grotesco dúo el nuestro. Yo sonaba como el macho de la ranatoro, chocante y ridículo y su voz se oía a medio camino entre tango y barítono, el dúo de Bola de Nieve con Carlos Gardel, salvando las distancias. Pero sin quererlo y apenas sin saberlo estábamos escribiendo una exquisita página de fraternidad inesperada entre dos pueblos en aquel ómnibus nocturno bajo la fría llovizna del otoño del sur. Así fuimos cantando a Los Compadres los 30 kilómetros desde La Rural hasta el número 18 de la calle... –no me acuerdo– entre Jackaraville y Santiago del Estero en Villa Adelina, Buenos Aires.

Sobre el Autor

Rodolfo Duarte Zayas

Escritor, poeta, prosista y guionista radial cubano.

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