Actualizado 20 / 09 / 2019

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Cabe un coco…

Enrique Pérez Brito fue uno de los más de 3 000 jóvenes que respondió al llamado de Fidel para ocupar de forma voluntaria las aulas en los lugares montañosos del país, en condición de maestro, aun careciendo de formación profesional para ello. Nacido y criado en la zona de San Pablo de Yao, en el municipio de Buey Arriba en la actual provincia de Granma, tenía 14 años al triunfo de la Revolución.

Hijo de campesinos, el sacrificio y apego al trabajo no le eran ajenos, ni tampoco la generosidad, pues, si bien la familia gozaba de cierta holgura por ser propietaria de tierras, les enseñaron a respetar a los haitianos que llegaban cada año a contratarse como jornaleros. Su padre les exigía a los que llevaban niños que mientras durara la cosecha cafetalera los dejaran asistir a la escuela ubicada en la finca.

De la tienda que tenían salían alimentos para el Ejército Rebelde; los hombres del clan Pérez estuvieron entre los fundadores del Movimiento 26 de Julio. Camilo Cienfuegos, Ernesto Guevara y Celia Sánchez visitaron la casa paterna ocasionalmente, esta última bajó una vez al llano llevando ropas de la madre, quien además le curó los pies cubiertos de ampollas para que pudiera ponerse otro calzado que no fueran las botas que usaba en la vida de guerrilla.

En ese contexto no fue raro que el imberbe se sumara de forma desinteresada y gratuita a instruir, pero el altruismo no acabó con las hormonas propias de la edad, así que en los primeros encuentros quedó prendado de una joven matancera, asignada a otro cuartón y en aquel entonces la disciplina era algo serio.

Se alojaban en casas de campesinos, daban clases a niños en las dos sesiones, por la noche a adultos; era común que contribuyeran con otras labores en el hogar transitorio y debían permanecer durante siete semanas sin permiso para moverse de la zona, antes de recibir una de asueto. Esta medida respondía a la seguridad de los maestros para protegerlos de las bandas contrarrevolucionarias.

Cuando el inspector que los supervisaba los convocaba por cualquier razón al poblado, al margen de las molestias del viaje, sonaba a gloria, y para Enrique, a pasión y conquista, así que cuando le avisaron de un festival de aficionados sus estudiantes dijeron animados “nosotros tenemos un combito”, no dudó e inscribió a sus muchachos.

Vale decir que como su interés era el encuentro con la amada, no realizó “audición” del grupo ni supervisó preparativo alguno, el día en cuestión los dejó a su libre albedrío, mientras aprovechaba para romancear, sin prestar atención a lo que ocurría en el escenario cuando ella con su dicción matancera dijo: “Pod Dio, a quién se le ocurrió traer eso, qué grosería”.

Miró y eran sus pupilos, que entonaban el siguiente estribillo: “En el hueco de la muela me cabe un coco…”. No tuvo mucho tiempo para reaccionar, pues la presentación llegaba a su fin y ufanos los noveles músicos corrieron hacia él, buscando aprobación, por supuesto se las dio, a riesgo de perder a la joven.

Un cuarto de siglo más tarde, Julia, que esa era el nombre de la matancera, seguía cambiando las r por d al final de las palabras y conservaba cierto acento que al hablar delataba su ascendencia occidental, aunque por amor decidió vivir en el otro extremo del país.

La anécdota ha permanecido en la memoria familiar, y la pareja, acompañada a la guitarra por el padre de Enrique en el coro compuesto por hermanas, cuñados, hijas y sobrinas, entonaban el estribillo en días de celebraciones. También ha quedado como referencia para hablar de las consecuencias de no supervisar un trabajo, catalogar mal que arte o hacer alusión a la magnitud del padecimiento estomatológico de algún miembro del clan.

Julia y Enrique no solo fueron maestros voluntarios de la brigada Frank País, sino dedicaron su vida al magisterio, formaron a miles de niños y adolescentes a lo largo del tiempo, estuvieron entre los primeros licenciados en Educación Primaria, y aunque ella dejó de existir hace 24 años, los menos jóvenes de la familia la mencionan por esta y otras historias, porque en la memoria cabe un coco, el amor y todo el legado que seamos capaces de atesorar.

No tiene que estar escrito en textos ni rubricado por investigaciones, el país que somos se construyó desde la participación popular y en cada casa hay quienes contribuyeron a ello, salvemos esos retazos del pasado.

Tenemos abuelos, padres y tíos que fueron intérpretes de mérito y nosotros podemos serlo, quién sabe si dentro de un siglo seremos tema de sobremesa en cubanos que porten menos de un 20 por ciento de la genética actual, pero que sean herederos de una cultura de obrar bien, en favor de todos.

Sobre el Autor

Yolanda Molina Pérez

Yolanda Molina Pérez

Licenciada en Periodismo de la Universidad de Oriente.

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