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Nos jugamos el respeto

Son reiteradas las veces que escuchamos por doquier, sobre todo en las multitudinarias aglomeraciones de personas, esas palabrotas que a viva voz retan a faltarnos el respeto uno a los otros.

Ya no importa el medio, la hora, si hay niños o ancianos, más bien lo primordial radica en aplicar la fuerza cruda del verbo para conseguir amedrentar e imponer la “ley” a conveniencia. Enfrentarnos como seres que ignoran la convivencia en sociedad se hace habitual en estos tiempos; sin embargo, no por frecuentes debemos seguir tolerando tales comportamientos públicos que denigran la integridad personal.

Hace pocos días fuí a la Terminal Provincial de Ómnibus para hacer unas reservaciones de viaje. Resulta que durante la dilatada estancia en el recinto, llamó la atención un fuerte altercado verbal entre la dependienta y una persona de la cola. Lo triste del caso era ver la manera brutal en que se insultaban aquellos dos por algo intrascendente y carente de sentido.

Después de tanto navegar en la indolencia, parecía que todo culminaba en aquellas escenas grotescas, pero no, más bien continuó el vilipendio, esta vez protagonizado por una señora que aun estando colada, no dejó de irrespetar a todos los que llevábamos varias horas en el lugar. Esos dos incidentes trascurrían en apenas par de horas y en un mismo sitio.

Escenas como estas podemos seguir ilustrando porque se han vuelto recurrentes en las tiendas, mercados Ideal y agropecuarios y en disímiles lugares públicos, mostrando un actuar ciudadano cada vez más irresponsable.

La tendencia actual es al acelerado crecimiento de estos nefastos comportamientos que revelan carencias de valores y un civismo descompadrado de todo buen hábito. El resquebrajamiento de las buenas formas comunicativas es evidente en una sociedad reconocida por sus altos índices educativos y por su afable calidad humana.

Achacamos la culpa al nivel cultural de las personas o a su “malestar” momentáneo que los impulsa deliberadamente al hueco injurioso de la ofensa. Sin embargo, nada conseguimos solapando o justificando lo insolente. Debemos ser críticos y autocríticos por encima de todo para lograr la rectificación y alcanzar un diálogo compasivo que apacigüe los candentes rounds verbales pululantes en la cotidianidad.

Parte de la responsabilidad del flagelo la absorben los trabajadores de servicios que muchas veces se muestran apáticos cuando interactúan con el público. Son, sin ánimo de absolutizar, un factor primario en cortar el hilo moral y en caer en faltas indecorosas de maltrato. Pero, el peso total no recae sobre ellos, sino se disemina entre quienes prefieren la excentricidad por medio de gritos, los que se vanaglorian de su “guapería” y los que terminan al estilo medieval combates deslucidos.

Esta es la violencia que arrastra ejemplos negativos para niños y jóvenes que visibilizan los desmedidos actos. Se convierte el futuro en el reflejo del presente, progresan los males que no supimos extirpar y terminan colapsando los valores cívicos de un país. Así se desarrolla el ciclo endógeno que pudiéramos estar pagando en el futuro.

Urge a la familia conjuntamente con las escuelas, seguir incidiendo de forma positiva en el crecimiento humano del joven, más bien para que se convierta este en un fuerte defensor de las nobles conductas.

En medio de este ambiente se encuentra una nación en circunstancias económicamente adversas, fruto de la feroz arremetida norteña. Hemos tenido que enfrentar las dificultades del contexto actual y superar las barreras del día a día. Pero, ¿nos da derecho esto a tomar las banderas funestas del maltrato? Por supuesto que no, menos cuando aspiramos a construir un modelo social superior, en el que prime la unidad y el respeto sincero entre quienes compartimos la misma tierra.

Se impone entonces la cordura por parte de todos los que eslabonamos la con-vivencia comunitaria. Es necesario voltear el panorama cívico que vivimos para romper las paredes de lo grotesco y lo vulgarmente déspota. La respuesta efectiva dependerá del hombre y el método que este use para transmitir un mensaje evolutivo en el campo de las relaciones interpersonales. Solo de esa forma ayudaremos al mejor funcionamiento social, erradicando imágenes aciagas que, aunque no lo parezcan, frenan el desarrollo psíquico de un país.

Sobre el Autor

Raciel Guanche Ledesma

Raciel Guanche Ledesma

Estudiante de Periodismo

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