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Los pomitos y las laticas de mi papá

Desde hace algún tiempo llevo pensando escribir algunas ideas, a veces con mayor intensidad y detenimiento, otras simplemente recordando frases y consejos, pero en la mayoría de las ocasiones entre risas por los parecidos y similitudes que guardan entre sí los procederes de dos generaciones completamente distintas al día de hoy.

Digo distintas, pues nos separan si mal no calculo 30 años y algunos meses. A tales diferencias se suman además, conceptos y modos de ver la vida, asumirla y vivirla.

Debo admitir que de redactar estas palabras años antes la lista sería aún mayor, mucho mayor sin duda alguna. Pero sucede que, aunque no queramos verlo o admitirlo así, a medida que los años tocan a nuestras puertas, vamos asumiendo conductas y reproduciendo patrones que nos diferenciaban de esas contrapartes.

Para decirlo de una vez: me refiero a mi papá. A él se debe entre muchas cosas que yo sepa nadar, montar bicicleta, pescar, trepar y conocer las particularidades de los gajos de matas de mango, chirimoya y naranja... y amarrarme los cordones de los zapatos, tarea última que me costó bastante aprender de niño.

Mi papá, que a pesar de testarudeces siempre se esforzó en mi aprendizaje sobre atajos y soluciones a problemas básicos, al tiempo que este escriba discutía otro sendero por voluntad propia. Y es duro, pero hay que admitirlo, la mayoría de las veces estaba equivocado.

Pero, puntos aparte... aunque todavía discutimos bastante y a menudo, son más ya los procederes y saberes que tenemos en común que las maneras de hacer que nos diferencian.

Quizás a lo que me refiero, como anteriormente comenté, es que a medida que más años acumulo, más me parezco a él, a sus manías, a sus costumbres, a su vocabulario.

Y de vuelta al inicio de estas líneas, cuando me pongo a pensar en estas cosas –las cuales supongo nos pase a todos los hijos varones– sonrío.

Sonrío, porque miro atrás y me acuerdo de mis críticas y las de mis hermanos cada vez que papi se paraba a recoger algún tornillo, tuerca o arandela en medio de una avenida concurrida o cerca de algún basurero.

“Asere, ¿pa’ qué tu recoges eso? No recojas más mierda compadre”, recuerdo que le decíamos siempre que salíamos con él. Su respuesta era contundente y muy sencilla: “Algún día servirá para algo, la basura de algunos es la fortuna de otros”, decía mientras guardaba en sus bolsillos aquello que encontraba.

Así, con el pasar de los años, acumuló pomos y laticas llenas de tuercas, tornillos, arandelas, tirafondos, juntas y muelles, todos de diferentes medidas y etiquetados respectivamente.

Por supuesto, también mientras yo crecía, siempre fue directamente proporcional su colección a mi dependencia de las mismas con fines de arreglos de bicicletas u otros.

Cuando finalmente comencé a ver la utilidad de sus recogidas dejé de criticarlo y empecé a valorar sus palabras. Como decía, ahora sonrío porque hace años que lo imito y no hay tuerca o cualquiera de los enseres anteriores que se me escape cuando camino.

A veces cuando salimos juntos y encontramos algo, nos miramos y alguno de los dos exclama: “Tú sabes que eso nos vendría bien para... o simplemente guárdalo que para algo servirá.

Orgullosamente hoy también yo tengo mis propios pomitos y laticas, no tan bien surtidos como los de mi papá, pero es un comienzo; y vale destacar que a la fecha ambos nos solicitamos alguna que otra pieza.

Ahora la guerra que antes era con mi papá, es con mi pareja y mayormente con mi hermano, quienes me recriminan lo mismo que yo a él 20 años atrás: “‘Tas que todo lo recoges”, diría mi esposa o “Ño asere, tas igual que el puro compadre, con ustedes dos no hay quien salga, deja eso”, según mi hermano. Simplemente sonrío al tiempo que les comento que cuando tengan un poco más de edad lo entenderán.

Sobre el Autor

Ariel Torres Amador

Ariel Torres Amador

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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