Actualizado 22 / 04 / 2019

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Entre el bolsillo y el corazón

Más vale tarde que nunca, pero no es suficiente con que sea, es preciso que satisfaga las expectativas, sobre todo, si en ello está implicado el bolsillo y el corazón.

¿A quién o a qué le sirve este chaleco? Sabemos que a muchos más de los que quisiéramos; pero, en esta ocasión, me refiero a un tema que en las últimas semanas se ha vuelto viral entre la población pinareña: el pésimo servicio en relación con los paquetes de internet que se compran a precios ¡aparentemente accesibles!, pues el más bajo de ellos cuesta 175 pesos, o lo que es lo mismo, la cuarta parte del salario medio de un cubano, (para ser conservadores ante el máximo del paquete que es 30 CUC y representa el 100% del salario básico de un afortunado con “buena remuneración”).

En primera instancia, la oportunidad de contar con internet en el celular, principalmente para las miles de personas que sufren la separación de sus familiares y también de amigos allegados, significó un rayo de luz para amenguar la nostalgia, que se convierte en bando de gorriones cotidianamente; pero, en honor a eso de que “en casa del pobre la alegría dura poco”; a escasas semanas del deslumbramiento, la frustración se adueñó de la oportunidad, pues al otro lado de la pantalla solo se alcanzan a ver pedazos de rostros mutilados por la fricción y voces rotas que no dejan ni imaginar los sonidos.

Una mezcla de rabia, decepción e impotencia dominan todos los intentos de comunicación mediante el paquete adquirido a través de la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba (ETECSA), independientemente de la hora, pues cualquier momento es fatal para establecer una conversación al menos regular.

Pero a más de la cuestión comunicativa, mi interrogante retórica cada día, se asocia al hecho de perder no solo el tiempo y el sueño, sino además, el dinero pagado por un servicio tan deprimente. Y hasta pudiera entenderse que faltan recursos, que la demanda es muy alta, porque por lo “aparentemente barato”, todos optan por el paquete de 600 MB, y hasta etc., lo que no es entendible es la falta de correspondencia entre oferta y calidad, razón más que suficiente para que cualquier mercado colapse al instante.

Si bien es cierto que el internet es una experiencia ya casi de antaño en el resto del mundo, en Cuba, (al menos para la gente de a pie) resulta ser como el antibiótico de última generación; por eso creo que está empeñado, además del bolsillo, el sueño de muchos de poder acceder a las redes sociales, las cuales te ponen en contacto con cualquier persona por lejos que esté.

Pero hay sueños sagrados y lo sagrado, sagrado es, que se ponen en riesgo con un servicio tan defectuoso, sueños como el de ver, aunque sea por el vidrio de un celular, a la madre que no nos resignamos a tener a mil millas de distancia, o al hijo que desplegó sus alas y con su vuelo quedó la madre sin abrigo o al amigo que decidió quemar las naves y jugarse la ida y nos dejó sin confidente, al vecino que queremos como familia y que dejó la casa más cercana a la nuestra cerrada u ocupada por un desconocido…; hay sueños como los de dar de beber al espíritu, cansado de las ausencias repetidas e inaceptables, que no comprenden de tecnologías ni de malas prácticas.

¿Cuál es la repuesta a esta situación, no de meros argumentos y justificaciones manidas, sino de acciones que transformen la realidad? Hace falta más que una retórica, al decir de Ricardo Arjona, “verbos y no sustantivos”; hace falta más que disposición, resultados concretos.

La gente merece que su plan, no importa de cuántos MB, funcione; que su dinero no sea estafado por la suerte de la cobertura; la gente merece que su esfuerzo, casi sobrehumano, sea recompensado y que el plato que falta en su mesa por sacar de su salario el dinero del plan de ETECSA, no se eche de menos porque su alma está alimentada por la comunicación con quienes extraña tanto: el único manjar que puede saciar el apetito del alma.

Sobre el Autor

Heidy Pérez Barrera

Heidy Pérez Barrera

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.

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