Actualizado 26 / 03 / 2019

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Las bromas en los Periódicos

Los periódicos cubanos de la república mediatizada y las primeras décadas de la Revolución, tuvieron la característica de ser centros intelectuales, y al mismo tiempo, colectivos obreros.

Coexistían en ellos, con una gran interdependencia, las redacciones compuestas por periodistas y fotógrafos que podían realizar su labor de cuello y corbata, y a la vez, los talleres gráficos, donde se componían los textos en plomo y se imprimían mediante procedimientos industriales similares a los de cualquier otra fábrica.

Estos procesos productivos en los periódicos que conocí como El Socialista y Guerrillero en sus primeros tiempos, eran continuos, de manera que los locales nunca se cerraban, excepto el día de receso, ya fuera domingo o sábado.

Ello hacía que en las noches, sobre todo aquellas frecuentemente alargadas por la rotura de alguna de las viejas máquinas con que se trabajaba, surgieran todo tipo de bromas, ya fueran protagonizadas por periodistas como por personal de la parte industrial.

Recuerdo, por ejemplo, a un compañero ya fallecido, que con un teléfono y una grabadora llamaba o mandaba a alguien a llamar a determinado hombre con complejo de celoso, machista o guapo y le armaba una verdadera trama.

De esas grabaciones disfrutaban después los que debían extender de forma rutinaria su estancia en el diario, a veces más allá de la madrugada.

En algunas ocasiones, las víctimas de esas componendas eran asiduos visitantes a la redacción, con el mero fin de intercambiar opiniones, enterarse de las últimas noticias llegadas por el teletipo o sencillamente dar el clásico “perro muerto” de quien no tiene otra cosa en que invertir la noche.

Uno de esos personajes era un médico llegado de La Habana, con buen nivel cultural, por encima del que poseíamos la mayoría de quienes conformábamos la dirección de El Socialista.

Sus visitas tenían la característica de ocurrir en un horario bastante tenso desde el punto de vista funcional, entre las nueve y 12 de la noche, cuando se confeccionaban y corregían las páginas de mayor jerarquía.

Una de esas noches, un periodista y un fotógrafo, ambos muy jóvenes, armaron una trifulca en el pequeño lobby del periódico, que comenzó con ofensas de palabras y algún que otro empujón, todo ello perceptible en la redacción, donde en ese momento el médico disertaba sobre un tema de actualidad.

De pronto subió de tono la discusión, y uno de los contendientes, en un arranque de ira, le arrebató el fusil al trabajador que hacía la guardia armada de un M-52 de fabricación checa.

Acto seguido, el otro salió corriendo escaleras arriba, y ya en la redacción comenzaron a girar en torno a mí y al médico que nos encontrábamos de pie.

En algún momento, el que portaba el arma la levantó tratando de encañonar al otro, y a la altura del pecho del visitante oprimió el gatillo… Cuando sonó aquel cañonazo, el médico se llevó las manos al abdomen e inmediatamente se desplomó.

Él ignoraba que con aterioridad el fusil había sido cargado con una sola bala, a la que se le retiró el plomo, de manera que no podía herir a nadie. Nos costó trabajo hacerle creer al médico que había sido objeto de una broma, quizás algo pesada pero broma al fin.

Por supuesto, fue su última tertulia en la redacción de El Socialista. Nunca más volvimos a verlo por allí, por más que le presentamos nuestras disculpas.

Fue también la última vez que tales bromas incluyeron a visitantes…

Sobre el Autor

Ronald Suárez Rivas

Ronald Suárez Rivas

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