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¿Revendedores: un mal incurable?

Comprar una lata de esmalte blanco se ha convertido en una meta inalcanzable, y no sólo por su precio desorbitante de 22 pesos convertibles con 50 centavos -equivalente a mi salario de un mes completo- sino por el acaparamiento de que es objeto el producto por estos días.

Hace poco se vendió el artículo en la ferretería La Popular. Sobre las 11 de la mañana había una cola de unas 20 personas frente a la entrada del recinto, y me dije, "va y alcanzo una" ¡Ingenua de mí!

Cuatro graciosas dependientas de banco se metieron adentro por la puerta de salida y así pasaron otros tantos, que alegaban su propósito de comprar piezas de plomería o azulejos y salían con su respectivo galón de pintura.

Ningún trabajador parecía advertir estas arbitrariedades. En vano se quejaba el pequeño grupo de personas que componíamos aquella cola estática, inútil, simbólica…

Encabezaban la hilera un señor con carné de discapacitado y un revendedor. Cuando llegó el turno de este último, coló a cinco compinches suyos que aparecieron de la nada. El modus operandi de estos sujetos se adapta al contexto. Actualmente consiste en nuclear a varios compradores, debido a la restricción de que solo se vende una lata por persona; medida adoptada precisamente para combatir el privilegio y la ilegalidad.

Después del revendedor y sus socios, nadie más alcanzó a comprar. Una anciana se quejaba de la impunidad con que se desenvuelven estos individuos. La escuché decir lo siguiente:

“Identificar a un revendedor es tan fácil... Basta con ser buen observador. A veces ni siquiera esta cualidad te hace falta, ellos vienen a ti solitos. Entonces si yo los reconozco a la legua, cómo es posible que quienes tienen que sancionarlos no los vean”.

El caso es que están en cada sitio y acopian todo tipo de productos; sobre todo los que escasean. Negocian pues, con las carencias de los trabajadores honrados, quienes con tal de resolver su problema, solicitan sus servicios rateros y deshumanizados.

Se han extendido como una plaga imposible de exterminar. Han comprado afectos y cómplices al interior de los centros comerciales, ferreteros y mercados estatales. Se han burlado literalmente de las sanciones que les han sido imputadas en alguna ocasión.

¿Será que no hay forma de detenerlos? ¿Será que debemos cerrar los ojos y la boca, tapar los oídos y cruzarnos de brazos mientras especulan con nuestras necesidades?

La reventa va a persistir como un mal incurable en nuestra sociedad hasta que gocemos de ofertas duraderas en los estantes de las tiendas a precios respetuosos con el bolsillo de los consumidores.

Aquel día el aceite blanco duró en la ferretería lo que un merengue en la puerta de un colegio. El propio revendedor hizo señas a través del cristal de la puerta para que los de afuera supiéramos que la pintura se había agotado. “¿Y en cuanto me la vendes tú?”, le preguntó más tarde una señora regordeta. “Por ser a ti, en 40”, respondió este con un falso tono familiar.

Los de la cola permanecimos otro rato en aquel sitio, esperando un milagro, una explicación, yo qué sé. Luego cada cual se dispersó por la ciudad, y la vida continuó, como si nada.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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