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Mujer, solo un género

¿Sabía usted que este vocablo tiene su raíz en el adjetivo “mollis” del latín que significa blando? Pues sí, desde la misma formación lingüística venimos con el estigma de “la flojera”. Lo peor es que todavía sobrevive y no solo en las mentes masculinas, sino también entre quienes llegamos al mundo marcadas por el sexo femenino al portar una vagina.

Esa es la peor marginación: la que aprendemos de nuestros mayores al hacer solo “cosas de niñas”, al comportarnos de tal o cual modo por la condición de hembras y ajustarnos a los parámetros que otros marcaron para nosotras, amparados en la combinación de genes que conformó el cuerpo.

No es lo mismo tener igualdad de derechos que igualdad social. De los primeros muchos tenemos garantizados las cubanas: devengamos igual salario que los hombres; podemos decidir si queremos o no ser madres y contamos con servicios médicos de excelencia, tanto en una consulta de fertilidad como durante la realización de un aborto; acceso a educación; cargos de dirección… en fin, las realidades sabidas.

Sin embargo, hacia dentro del hogar y las familias, seguimos formando a las nuevas generaciones con patrones sexistas y recae sobre las mujeres la mayor carga de labores domésticas y cuidados de los hijos; todavía son más las progenitoras en las consultas de un cuerpo de guardia pediátrico o en reuniones de “padres” en las escuelas.

También es lo más frecuente que tras un divorcio quede la tutela en manos de la madre, porque aunque ha crecido la responsabilidad masculina en cuanto al rol paterno y asumen cierto protagonismo, sigue siendo generalmente en calidad de acompañamiento.

Los “papis” están más para presumir de la hermosura de sus “princesas”, “protegerlas”, “proveerlas” y asegurarse de que nadie las toque ni con el “pétalo de una rosa”, como si la vida no fuera un barranco pedregoso en el que caída y rasguño llegan como enseñanza.

Claro, esa es la versión suave, pues están los ogros que solo ven “boberías” en los intereses de sus esposas e hijas, que devienen carceleros y hasta maltratadores.

Una tercera versión pone en guante de seda y expresiones de la primera conducta de la segunda: lo peor entre lo peor. Suele crearse dependencia de ese ser “protector” que sistemáticamente corta las alas y entonces ante los ojos de la víctima crece un velo espeso, que no le deja ver su propia realidad.

Pueden parecer ejemplos traídos por los pelos, pero lo cierto es que nos circunda mucho de lo antes descrito: detrás de cada varón, de proverbial incapacidad culinaria y disfuncionalidad para asumir roles domésticos, hay un machista, en mayor o menor grado, pero ahí está.

Las mujeres somos mucho más que las perpetuadoras de la especie, aunque la biología nos haya regalado ese don del que al menos yo me siento muy agradecida; no somos chef por designio divino, lo aprendimos de abuelas y madres, porque fuimos criadas con una acentuada marca sexista sobre nuestro “encargo”; asimismo aprendimos a llevar “las riendas de la casa”, aunque cabalguemos a la zanca del hombre.

Podemos presumir de un montón de derechos, los tenemos, al menos jurídicamente. Pero cómo los hacemos valer depende de las posturas individuales y también de un cambio de conciencia social que presupone la ruptura con patrones culturales heredados.

Y es que resulta más fácil crear una ley que formar en los individuos la percepción exacta de lo que significa. Que en este caso lleva implícito asumir que la palabra mujer, fémina, hembra, es solo una marca de sexo y no una condicionante, que somos seres de una misma especie con las mismas diferencias que cualquier otra en la naturaleza.

No basta con que existan documentos en los que se refrenden la igualdad de posibilidades, es preciso que esa equivalencia reine en todos los espacios, que no haya “jefes” a los que les pongan los pelos de punta las embarazadas o con hijos pequeños “por todos los problemas que siempre tienen”, que dejemos de arreglarnos “para vernos bien” porque lo más importante es sentirnos a gusto con lo que somos.

Las “conquistas” de las que presumimos no son tales si seguimos siendo las empleadas domésticas de la familia; si con nuestra ausencia reina el caos por la incapacidad de quienes nos rodean; si nos preocupa más hacer lo que debemos antes de jerarquizar lo que queremos. En fin, si seguimos apegadas a una vocación de servicio en función de otros.

Estas líneas procuran incitar a la reflexión sobre cuánto nos falta por avanzar para la verdadera equidad de género y que al decir hembra o varón no articulemos un sistema de patrones preconfigurados. No dejemos que la igualdad sea solo palabra impresa, hagámosla realidad palpable.

Sobre el Autor

Yolanda Molina Pérez

Yolanda Molina Pérez

Licenciada en Periodismo de la Universidad de Oriente.

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