Actualizado 26 / 03 / 2019

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Respeto para convivir en paz

Hay una fórmula mágica para todo el que quiera vivir en paz: el respeto en la convivencia.

Algunos ni siquiera le dan valor y mucho menos lo practican. Por eso hay tantas indelicadezas y la relación entre los individuos a veces se hace áspera y escabrosa.

La primera norma de la convivencia es el respeto a los demás. Nadie que se valore solo a sí mismo, sus necesidades, deseos, caprichos y antojos y que piense que siempre tiene la razón, podrá ser fiel a la coexistencia necesaria para existir en armonía.

Según la Real Academia Española la palabra significa la acción de convivir y proviene del latín convivre, o sea, que del prefijo con y la palabra vivencia, deviene el acto de coexistir.

Pero lo cierto es que si vamos mucho más allá, las relaciones entre las personas encierran, primero, las acciones que sean capaces de realizar y después todo un conjunto de ideas, sentimientos, valores y hasta preocupaciones que forman un todo y permiten la viabilidad o no del individuo en sociedad.

Luego del preámbulo, y al entrar en materia, sería bueno entender que no se nace sabiendo a vivir entre otros, por eso es fundamental la labor de la familia y la escuela. Es en los primeros años de vida que los niños se dan cuenta que no viven solos, o sea, que están rodeados de seres humanos y para esto hay que prepararlos, para que se las arreglen después como seres sociales y logren incluirse en el grupo o grupos que les corresponda desarrollarse.

Ahí nos viene a la mente una colega cuyo eslogan es que ella no cría a sus hijas para ella, sino para los demás, y sin darnos cuenta ahí llegamos al secreto. La educación desde la cuna debe de estar muy lejos de inculcar a una persona –por mucho que se quiera a los hijos y nietos– que puede ser “el ombligo de mundo” y merecerlo todo, sin dar nada a cambio.

Hasta en el marco estrecho del hogar son aplicables las normas de convivencia, y de no ser así, entonces la vivienda se convierte en una selva donde gana el más fuerte y casi siempre por desgracia los más afectados son los más débiles del núcleo familiar.

Ahí entra la tolerancia, el respeto, la armonía y todo ello debe de ir enmarcado en leyes que amparen legalmente y que protejan a los seres humanos que ven violentados sus derechos a la paz con cualquiera de las manifestaciones antisociales.

Esta misma ley de la fuerza suele aplicarse también en el ámbito del barrio y la comunidad cuando hay personas que no respetan a sus vecinos y convivientes: los ejemplos sobran…

A veces sin el más mínimo pretexto y de forma permanente hay ciudadanos que ponen música “a toda voz” en sus casas o portales sin considerar siquiera que a su alrededor puede haber un niño disfrutando de su siesta, un anciano enfermo o alguien ubicado en su trabajo y que necesita concentración.

El anterior es un hecho sencillo, los hay más complejos como quienes botan la basura en las esquinas –cual vertedero– sin importar que la cuadra después apeste o se infeste; los que no respetan los espacios colectivos como aceras y portales o aquellos que pasan a altas horas de la noche por calles habitadas vociferando sin el más mínimo recato o miramiento por los que duermen y deben madrugar para ir al trabajo.

Hace poco una lectora nos comentaba que ya se hacía difícil viajar en paz en una guagua. Contaba la señora que hubo de aguantar el recorrido íntegro de la ruta seis con la música a todo volumen de dos celulares: a un lado de un muchacho y por el otro de una joven. “Tal parecía que había competencia de bulla”, nos dijo.

Y si la señora les llamaba la atención ¿qué pasaría? La respuesta a la pregunta está por ver, porque si alguien no respeta tu “espacio sonoro” en el ómnibus, ¿será capaz de tener la armonía para asimilar un regaño o reaccionará de forma violenta?

Hay quienes no respetan los criterios de los demás y por ende los agreden, otros que abusan de su puesto laboral o social para injuriar a los clientes o subordinados de forma irrespetuosa o los que sencillamente operan como si fueran rastras en la carretera ante un auto pequeño, sí, porque hasta en el tránsito se vale lo de la convivencia pacífica.

Lo que sí es cierto es que los ejemplos mencionados son solo algunos. Por aquí y por allá abundan las experiencias negativas y no debe de ser. El hecho de coexistir se aplica a todas las esferas, desde el simple juego de un niño hasta en las relaciones entre países. Pero en un marco más estrecho, para evitar los hechos que afectan como tal las relaciones sociales en los hogares, las calles, los ómnibus, los barrios habrá que ser más enfático y fuerte a la hora de aplicar las leyes a fin de garantizar la protección de los “violados”.

Todos tienen derecho a vivir en paz, a que se les respete por su individualidad, por su forma de ser, y por supuesto, a asumir el deber de actuar de la misma manera, porque aquí se aplica la regla de oro que encierra mucho de moralidad: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”.

Sobre el Autor

Ana María Sabat González

Ana María Sabat González

Licenciada en Español y Literatura, periodista de Guerrillero. Ha sido profesora de la Universidad Hermanos Saíz Montes de Oca. Se dedica al periodismo desde el año 1996 y aborda en sus trabajos diferentes temáticas sociales y políticas.

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