Actualizado 24 / 08 / 2019

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Una nueva pasión

La relatividad es en esencia el cambio de las leyes físicas de acuerdo con el sistema de referencia, y nada nos modifica tanto el modo de percepción como “acumular” tiempo.

Hay una edad, antes de los 25, en que quienes pasan de 40, incluidos nuestros padres, nos parecen viejos; los de 60 o más catalogan como ancianos en tránsito a considerárseles momias vivientes, pero ¡ay juventud, divino y efímero tesoro!

En los primeros años de la vida el tiempo transcurre con una lentitud y parsimonia que desespera: a las niñas les parece una eternidad la llegada de los 15, a los varones les exaspera el vello facial, que se retiene bajo la piel; para ambos “la mayoría de edad”, que les permita salir solos y regresar tarde es como la línea del horizonte: visible, pero inatrapable.

Luego, en la primera juventud, toma otro ritmo pero permanecen claros los recuerdos: sabes que pasó este año, contabilizas con exactitud cada etapa, pero cuando llegas a los 30, ¡uf, comenzó la carrera de velocidad!
Ves a los de 50 solo como personas maduras, los de 60 no son tan viejos y solo un nonagenario gana los puntos para merecer el apelativo de anciano. También cambian tus referencias y los días, semanas, meses, se atropellan en un corto y compacto paquete.

Dices que vistes a Fulana o a Mengana hace poco y cuando reflexionas sobre el momento justo te percatas que ha transcurrido un año o más de ese fugaz encuentro, y eso es apenas un ejemplo de lo perecedero que se torna el tiempo. Entonces cambian los patrones y especialmente duele reconocer que alguien que es contemporáneo con nosotros pasa de maduro.

¿Y los temas de conversación? Con la amiga que hablabas de novios, pretendientes y planificabas locuras ahora se llaman para saber de los niños, aclarar dudas de la escuela, quejarte de lo que no hay o no tienes; después llega la etapa de enseñarse fotos de los nietos y como hobby apenas les queda “desbarrar” de nueras y yernos, o algún que otro chiste a expensas de un ex. También pueden ir juntas a las consultas médicas que no deben postergar.

Y no hay que llegar al extremo de catalogar a alguien de 58 años como un “niño” y es una anécdota real; pero lo cierto es que la vida cambia el ritmo, te lleva por derroteros impensados, cada etapa tiene sus encantos principalmente si son aprovechadas al máximo.

Hay tanto placer en pasar un día en casa, en familia, con tus hijos, como en ir a una discoteca y esperar el alba rodeada de amigos, en leer un libro o dormir hasta que el cuerpo se sacie de la cama, en fin, son diversos los gustos y necesidades y si cada cosa se hace en el momento justo será disfrutada por igual.

Imposible que todo sea color de rosa, parece que el acto mismo de la vida viene asociado con una cuota de dolor, pero también con los años se aprende a lidiar mejor con él y lo que en la adolescencia provoca un caos, en la adultez se asimila con pasmosa indiferencia: ya sabes que el mundo no se acaba porque alguien te traicione o decepcione.

Además, ya conoces que los reveses pueden ser victorias, incentivo para la superación individual emocional e intelectual, que no dependes de nadie más que por voluntad de afectos e intereses, porque cuando cortaron tu cordón umbilical estabas en condiciones de conquistar la autonomía.

Son verdades tan evidentes, claras e irreversibles que resulta irónico que nos lleve años incorporarlas y entenderlas: cada vez que vence un ciclo de 12 meses sumamos las experiencias, los éxitos, los fracasos. Tendremos ausencias, pero seguramente habrá nuevas personas, algunas hasta con el hálito de parecer que han estado siempre.

El movimiento constante, los cambios, las satisfacciones y frustraciones nos tallan el espíritu en la medida en que les permitamos definirnos como personas. Un estado de ánimo positivo ayuda a enfrentar los avatares, la sonrisa ilumina el rostro propio y da bienestar a los que nos rodean.

No tengamos miedo al tiempo, dejemos de negar lo vivido y cuando despidamos al 2018 hagámoslo con los versos de Pedro Junco: “No es falta de cariño,/ te quiero con el alma,/ te juro que te adoro/ y en nombre de este amor y por tu bien/ te digo adiós”. Solo que lo haremos convencidos de que al minuto siguiente tendremos una nueva pasión: el 2019.

Sobre el Autor

Yolanda Molina Pérez

Yolanda Molina Pérez

Licenciada en Periodismo de la Universidad de Oriente.

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