Actualizado 20 / 11 / 2018

buscar en guerrillero

Facebook Twitter Youtube  Rss 

21ºC
31ºC
Estado del tiempo en Pinar del Río

¿La última carta de la baraja?

Al ver a unos pequeños jugando en el patio del vecino, les pregunté en qué “trabajaban”. Rocío, de cinco años, me dijo que era doctora, que acababa de llegar de Brasil. Paola, de seis, laboraba en un hotel. Marco, con ocho años, ya tenía una máquina y traía a Rocío del aeropuerto, y David, de apenas siete, era una especie de negociante; no me supo explicar bien o yo no entendí, quizás por aquello que advirtió Antoine de Saint-Exupéry en El Principito: “Las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones”. Por eso no pregunté nada más; solo reflexioné: ¡cómo han cambiado los tiempos!

No vi a ningún niño “siendo” maestro, eso que fuimos, como parte del juego de roles, casi todos los de mi generación y los de tantas otras. Los pequeños —ya lo sabemos— reproducen en sus recreaciones las concepciones de los grandes. En estos tiempos cuando llega la hora en que un adolescente debe elegir una carrera, muchos adultos (incluso “educadores”) señalan terminantes: “No cojas nada relacionado con Educación, ahí se pasa trabajo y pagan muy poco; cuando llenes la boleta, vamos a dejar las cosas del “Pedagógico” para lo último, para que al menos te llegue, aunque sea, Inglés, que te puede servir en el futuro”.

A pesar de constituir este un tema manido, siempre es aconsejable retomarlo. La dura realidad así lo exige. Se sabe que un maestro pasa trabajo, que los salarios son ínfimos, que se cuenta con pocos recursos para desarrollar la profesión. Se sabe, además, que hay otras profesiones que devengan menor salario y que laboran tanto o más que un maestro; como mismo existen “ocupaciones” de diversa índole, en las que se obtienen muy buenos dividendos, solo del “invento” y la “lucha”.

Se da, en determinadas ocasiones, el reconocimiento social al educador, pero este requiere, también, ser motivado de otras maneras, entre ellas, facilitándole más tiempo dentro de su jornada laboral para gestionar asuntos que después de las cinco de la tarde o el fin de semana le sería imposible resolver en cualquier establecimiento estatal.

La escuela tendría que establecer estrategias para que los alumnos no estén solos, pero de igual manera para que los maestros no sean esclavos de un horario que les impida ocuparse de sus necesidades familiares y hasta de su formación cultural y profesional.

Llevar a la escuela ferias, “pacas de ropa” y otras opciones ayuda, pero no es suficiente, por lo que urge hallar soluciones plausibles, pues en cada nuevo curso se siente la urgencia de educadores.

Otro asunto es que aunque exista tamaña necesidad se le debe prestar atención a la captación de los futuros maestros. Para seleccionar potenciales educadores no debe seguirse el eslogan del popular programa. Todo el mundo canta. Aquí es preciso “cantar” bien.

Según he escuchado a profesores con experiencia en la Educación Superior, hubo un tiempo en que para estudiar en el Instituto Superior Pedagógico de nuestra provincia se captaba la matrícula del centro mediante una rigurosa entrevista. Esta, al parecer, hace tiempo colgó los guantes y se fue sin decir adiós. Desde ese entonces las aulas pedagógicas se han colmado de gran cantidad de estudiantes con un ínfimo promedio académico que, en el peor de los casos, no crece y así egresan a “nutrir” el porvenir de la sociedad cubana.

¿Qué será de un país sin educadores competentes que deseen, respeten y amen su profesión? No podemos olvidar que un docente es capaz de forjar los constructores, literal y literariamente hablando, de una nación.

Pienso en Rafael María de Mendive, José de la Luz y Caballero, Félix Varela, Raúl Ferrer, Mirta Aguirre, Camila Henríquez Ureña y tantos más. También en otros, sin tanto renombre, pero con recias y calladas ejecutorias de años al servicio pleno del crecimiento de sus alumnos.

Les narro una experiencia tatuada en mi cerebro: asomaban los exámenes de ingreso a la Educación Superior. Explicaba yo algunas dudas gramaticales cuando los estresados estudiantes comentaban entre ellos, con el respectivo mohín de disgusto, que si suspendían esas pruebas iban “directo para el Pedagógico”. Confieso que aquello fue como un disparo a mi honorable profesión de educador.

Atención, jugadores, no sigamos barajando una y otra vez el mismo problema. Más que desdeñar y seguir humillando la que algunos ven como última carta, convirtámosla en lo que debería ser siempre: un As de corazones.

Sobre el Autor

Yosmany Ventura Pérez

Yosmany Ventura Pérez

Yosmany Ventura Pérez, escritor y conductor de programas de la emisora Radio Guamá, mereció premio en el concurso Crónicas de mi Ciudad

Más artículos de este autor

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Red 2.0

Aplicación móvil
Extensión para su navegador

Periódico Guerrillero