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La nueva ociosidad desprogramada

Hace algunos años, trabajando en este mismo semanario, traté y tropecé con el tema de los productos ociosos o de lento movimiento y con objetos a los que la obsolescencia –programada o no– les llegó demasiado rápido.

Confieso que este asunto en un principio me apasionó, ya que aparte de ser “el tema del momento”, visité almacenes llenos de “chatarras y cacharros exóticos e históricos” y de primera mano observé otros que no sabía ni que existían y mucho menos para qué servían.

Hoy la rotación y venta de estos objetos ociosos y de lento movimiento no ha perdido importancia, pues recordemos que dentro de la agenda parlamentaria de los últimos meses se habló sobre los desafíos de la industria y el comercio en nuestro país con el tratamiento a este mal.

No obstante lo anterior, y dando una vuelta de hoja dentro de la misma esfera, es otro asunto el que tal vez preocupe más, pues hoy muchos consideran otras aristas como “almacenes” y los productos ociosos.

En este sentido, quizás expresar que estas líneas son preocupaciones y comentarios recopilados de oído y que de cierta forma avivan y aluden al periodista que no solo nosotros llevamos dentro a la hora de confrontar un determinado mal.

El problema de los llamados nuevos ociosos está presente, a la vista de todos, tras mostradores y vitrinas cotidianas que al no prestarles atención se tornan invisibles. Sin embargo, continúan ahí y es precisamente donde esta vieja problemática comienza a resurgir.

Quizás una de las posibles soluciones esté en repensar el concepto de ociosidad, que puede ser algo polvoriento en cualquier oscuro almacén como una pieza de ventiladores de los que se expenden en la red comercial de tiendas en divisa, repuesto este que hace años no entra a esos establecimientos o a los talleres de reparación.

No creo sea necesario mencionar que tales artículos en divisa no guardan ya ninguna relación con sus precios actuales en el mercado internacional; tampoco nombraré establecimientos donde partes de un todo y piezas rotas se intentan vender a precios millonarios. Cosas que desde hace años se encuentran en los mismos lugares y la misma posición sirviendo solo de cama para el polvo bajo el nombre irrisorio de “merma comercial”.

Con solo pasar el dintel de la puerta llaman la atención las vidrieras –de culto si se quiere– destinadas a exhibir un destornillador, un circuito que ni la tendera conoce a qué pertenece o un ramillete de hojas artificiales, por supuesto, todos a precios exorbitados y que por tal motivo forman ya parte entrañable de la decoración interior del local.

Los ejemplos sobran y sus altos precios también, como es el caso de lámparas sin sus bombas y muñequerías para adornos de mesa y sus respectivas mesitas; a la par existen otros como circuitos electrónicos y piezas de equipos electrodomésticos indefinidos, así como memorias flash, tenis añejos y útiles del hogar que dentro de la misma tienda pueden adquirirse a menos de la mitad del precio estatal fijado “gracias” a vendedores callejeros que orbitan dentro de cada establecimiento en CUC.

Pienso que es tiempo ya de repensar conceptos y de analizar a detalle estos inventarios en moneda fuerte que no circulan.

¿Qué tiempo debe esperarse para recuperar lo invertido en productos que llevan años sin venderse o que su venta es a retazos?

Debería calcularse el costo/venta/beneficio de estos “nuevos ociosos” para percatarnos y cuestionarnos entonces precios y existencias indiscriminadas. Recordemos que una mala planificación conduce a nocivos excesos y que estos últimos son fatales para un comercio vitalicio y sustentable en una sociedad no mercantilizada como la nuestra. Siempre el primer paso es el más importante, de ahí en adelante todo marcha como dijera un proverbio chino, dicho esto y parafraseando el refranero popular: no dejemos para mañana los ociosos que podríamos vender hoy.

Sobre el Autor

Ariel Torres Amador

Ariel Torres Amador

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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