Actualizado 19 / 09 / 2018

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¿Para qué sirve un paradigma?

El 13 de agosto es en toda Cuba un día para recordar, pero para Pinar del Río tiene gotas de dolor. El simbolismo es un término que encierra en sí mucha mística. Existe en todas partes: en las palabras, en las imágenes, en los gestos, en la música, pero sobre todo en las fechas históricas.

El 13 de agosto de 1926 nació Fidel Alejandro Castro Ruz en Birán, antigua provincia cubana de Oriente. Hijo de terrateniente y colono cañero no dudó en incorporarse a los 19 años a la lucha política del estudiantado universitario. Su demanda era derrocar un régimen corrupto para abanderar a la nación con la justicia social y la dignidad.

Exactamente 31 años después, en 1957, dos jóvenes vueltabajeros fueron asesinados: Luis Rodolfo y Sergio Enrique Saíz Montes de Oca. En común tenían más que la juventud, compartían un ideal.

Era típico de la juventud de entonces tan rebelde, soñadora y arriesgada. No temían al fuego del revólver. No huían ante el enfrentamiento con los esbirros. No esperaban para tomar las calles. La sangre quemaba las venas e hinchaba los ojos. Jóvenes en cuerpo y alma que conservaban una madurez política que les permitía interpretar las múltiples realidades que les circundaban.

Ya lo inmortalizó Sergio en su informe ¿Por qué no vamos a clases?: “Ser estudiante es algo más que eso, es llevar en su frente joven las preocupaciones del presente y el futuro de su país, es sentirse vejado cuando se veja al más humilde de los campesinos o se apalea a un ciudadano. Es sentir muy dentro un latir de patria, es cargar bien pronto con las responsabilidades de un futuro más justo y digno (...)”.

En su testamento político, ¿Por qué luchamos?, esclarecieron: “No tenemos más que nuestras vidas, avaladas por un pensamiento justo y una obra inmensa que realizar y como ofrenda de devoción y desprendimiento, las hemos depositado en los brazos de la Revolución Cubana (...) sin más esperanza que ver algún día cumplidos estos sueños”.

Martianos por convicción Fidel, Luis y Sergio tenían al Apóstol como paradigma. Siglos de diferencia no impidieron una triangulación perfecta que tenía al simbolismo como máxima expresión, amparado por una espiritualidad que convierte a desconocidos en hermanos de lucha y causa.

Hoy la juventud es diferente. Es más pausada, menos contestataria, pero no menos valiente. Somos herederos de una sociedad que tiene muchas conquistas. Ya no se toman las calles para democratizar la educación, no hay despidos en masa, la salud es gratuita, porque tenemos conquistas sociales que nos legaron quienes dieron su vida por ellas.

Aunque parece retórica desgastada, son medallas invisibles que nos premian aunque no reconozcamos su valor. Hay quienes hablan de la falta de líderes contemporáneos. Pero las nuevas generaciones no carecen de ejemplos, sino de instrucción política y aprendizaje histórico. Debemos superar la repetición como método didáctico que ocupa la memoria, para aspirar a la comprensión que llena el alma.

Para eso sirven los paradigmas, para ayudarnos a construir horizontes, para determinar las fisuras y exigir su enmienda, para continuar construyendo y apostar por el futuro.

Sobre el Autor

Loraine Morales Pino

Loraine Morales Pino

Licenciada en Periodismo, graduada en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.

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