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El maestro

Quiero agradecerle a quien me ayudó siempre que la necesité, alguien especial como profesora y persona. Aunque no te pueda ver te llevaré siempre en mi corazón, como te lo prometí. Besos grandes para ti”. Esta dedicatoria de una alumna a su profesora me la encontré en la red social Facebook hace solos unos días; la muchacha posaba con su título en la mano de graduada en Licenciatura en Educación en la especialidad de Español y Literatura. Al lado, otra foto con la educadora y otras alumnas del grupo. Los criterios enaltecían a la profesora Milagros Páez.

Solo un maestro sabe lo que es recibir una loa de este tipo de un alumno, y mucho más de varios. Es el alimento cotidiano de los que se dedican día a día a enseñar, y sobre todo a educar, de los que hacen de la profesión su razón de ser y de los que logran conjugar conocimientos, sabiduría, constancia y otras muchas cualidades cada vez que entran al aula a dar clases.

Por estos días de cierre de curso escolar, de cotejo de resultados, de titulaciones, y a veces de resultados no deseados en exámenes fundamentales, el maestro se convierte en materia de conversaciones.

Cuando las cosas salen bien, algunos no recuerdan a los que estuvieron todos los días, borrador y tiza en manos, frente a las pizarras; sin embargo, cuando hay un suspenso o una baja nota, casi siempre y de forma rápida los juzgan. Y no es que todo en la Educación esté bien o mal, solo que es un proceso en perfeccionamiento, con más logros que problemas, en el que el profesor y los educandos son los entes fundamentales, diríamos el alma. Antiguamente –hace unas décadas– para los cubanos ser maestro, abogado o médico era el ABC del mundo.

Todos los padres querían –mejor dicho, los que podían pagarle estudios– que sus hijos cogieran estas profesiones, entonces primaba el respeto y la consideración hacia quienes la ejercían. Un educador era bien mirado y admirado por su ejemplo, lo que decía un maestro en el aula era ley. Y es que en realidad un maestro es la esencia y el puntal de la sociedad.

Sin exageraciones, es la figura dentro de la comunidad encargada de formar, instruir y educar a todos. No hay un ser humano moderno que no dependa de él para su aprendizaje, formación e inserción social. Es sabido que en estos momentos no hay el necesario reconocimiento social para quienes de septiembre a julio dedican cada día a enseñar, a “lidiar” con los estudiantes, provenientes de diferentes familias con disímiles características; para quien tratan de igualar a los muchachos desde el punto de vista de sus derechos y perspectivas dentro del aula y saben atender con sabiduría las diferencias individuales, además de formar principios y valores.

Año tras año una cantidad de educadores piden la baja del sector, y a pesar de las múltiples estrategias a las que apela el organismo correspondiente –a diferentes niveles desde la base a la provincia– para reconocer moral y materialmente a sus maestros, todavía lo hecho es insuficiente. Faltan ideas, iniciativas, siempre partiendo de que ellos pasan la mayoría del día en las escuelas, sin otra búsqueda salarial, porque tienen que impartir clases, autoprepararse, hacer sus estudios de posgrado y demás actividades colaterales.

También habrá que pensar en el sistema de evaluación de los docentes y en el respeto a su trabajo. Consideramos que podría ayudar, en esta titánica tarea de enaltecer a los educadores, que los organismos y organizaciones de masas y políticas en la comunidad se vinculen más con las escuelas, que cooperen más con los docentes y que creen espacios para ellos.

Toda familia quiere un buen maestro para su hijo, pero a veces los padres les impiden solicitar en sus boletas carreras pedagógicas; otros le quitan autoridad a los profesores y le dan tácitamente la razón a los alumnos cuando estos fueron regañados por algo acontecido, incluso algunos progenitores hasta obran de forma violenta en contra del educador.

Tal vez por eso los alumnos de mejores promedios de noveno y duodécimo grados no se decidan por el magisterio entre sus primeras opciones ni tampoco en las últimas; y no es por falta de formación vocacional ni orientación profesional, porque los círculos de interés y las sociedades científicas existen y funcionan, y de no ser así, también tienen el ejemplo a seguir de sus múltiples maestros durante toda su vida estudiantil.

Por lo que tenemos un problema a resolver: lo primero es tarea de todos, comenzando por las direcciones de los centros escolares y de la comunidad de padres, exaltar la labor de los educadores y darles el valor y el protagonismo que merecen; lo segundo, debemos lograr que el que se acoja a la carrera sienta el amor por el magisterio, solo así será digno de la devoción y respeto de sus pupilos y de la sociedad.

Sobre el Autor

Ana María Sabat González

Ana María Sabat González

Licenciada en Español y Literatura, periodista de Guerrillero. Ha sido profesora de la Universidad Hermanos Saíz Montes de Oca. Se dedica al periodismo desde el año 1996 y aborda en sus trabajos diferentes temáticas sociales y políticas.

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