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En el nombre de los padres …y abuelos

“Toda edad tiene su encanto”. Así dice un vecino mío, y se regodea en que la mejor de todas es la vejez, porque acumulas experiencia, paciencia y sabiduría. Tres tesoros que solo los años proveen, y que todo ser humano quiere para sí. Expone que en la niñez la mezcla de la fantasía y juego, predominante en esa etapa hacen de ella un momento también muy especial, sin embargo hoy nos referiremos a la ancianidad, una etapa en la que a veces todo no se torna color rosa. Por ejemplo Tomasa, una mujer todavía hermosa en sus 90 años, tuvo 10 hijos, y de ellos nueve están vivos, sin embargo, solo uno la cuida, los demás no quieren o “pueden” ocuparse de su madre vieja y enferma, que entre otras dolencias sufre de las secuelas de un accidente cerebrovascular . Casos como el de Tomasa o parecidos, de seguro usted los ve a menudo en su barrio o lugar de residencia, y los aprecia como algo que no le incumbe, lejano o que no le toca. Sin embargo habrá que hacer una análisis muy individual para analizar hasta qué punto nuestros ancianos necesitan más atención y cuidado del que en realidad le damos. Vivimos en una sociedad que por años le ha dado mucha valía a la familia, al matrimonio, a la atención a los hijos menores, y también a la ancianidad, pero no es suficiente, y más cuando un fenómeno que caracteriza al país es el envejecimiento de la población. Somos del criterio que si hoy no atendemos a nuestros padres y ancianos, y lo enseñamos como referencia a los jóvenes y niños, tendremos que atenernos a las consecuencias en el futuro, porque ningún hijo será vituperado por priorizar el cuidado de sus progenitores, pero sí por lo contrario, porque es impensable que un ser humano se comporte de manera mezquina y sea respetado por sus semejantes. Además, quienes en la actualidad observan modelos negativos desde la pasiva posición de niños, adolescentes y jóvenes, mañana podrán “pasar la cuenta” a quienes les dejaron tal legado. Actuar de forma correcta en estos casos es un problema de conciencia y de sentimientos, no obstante, ante el caso de un anciano abandonado y desatendido por la familia hace falta la creación, implementación y ejecución de mecanismos legales que obliguen a los familiares allegados a asumir sus obligaciones o deberes. Todo no puede ser una responsabilidad del Estado. En muchos países ya se pensó en esta problemática, en China, se rubricó la Ley de Protección de los Derechos y Intereses de los Ancianos, que exige a los hijos adultos visitar a sus padres, de lo contrario pueden ser demandados , multados, y hasta encarcelados. Una búsqueda por internet nos habla de cómo se aborda el tema en México, España, Colombia, y otros países, donde la ley es severa con quienes incumplan con sus deberes con los padres. Creo, en lo personal, que más allá de leyes, disposiciones reglamentarias, tenemos que ver ese acto de atención permanente a nuestros padres, como un privilegio que la vida nos concede, una oportunidad única e irrepetible de poder compensar el amor y la entrega con que en nuestra niñez fuimos acogidos por los progenitores. Sencillamente, una de las cosas más elementales que aprendemos es el respeto y obediencia hacia quienes nos dieron la vida, condición que debe de durar por siempre, y una vez que son viejos, agregar la obligación de protegerlos. Alimentarlos, llevarlos al médico, visitarlos, hacerles compañía, preocuparse por su higiene y por sus derechos es algo elemental y que merecen, todo eso repercute en su calidad de vida. También podemos traer a colación a José Martí, el Maestro que tantas enseñanzas nos prodigó, y que en sus palabras demostró la veneración que sintió por los adultos de la tercera edad: “No hay cosa más bella que amar a los ancianos; el respeto es un dulcísimo placer... Los ancianos son los patriarcas. O en esta frase, resumen de este comentario: "¡Ah! ¡Qué culpa tan grande es la de no amar y mimar a nuestros ancianos!"...

Sobre el Autor

Ana María Sabat González

Ana María Sabat González

Licenciada en Español y Literatura, periodista de Guerrillero. Ha sido profesora de la Universidad Hermanos Saíz Montes de Oca. Se dedica al periodismo desde el año 1996 y aborda en sus trabajos diferentes temáticas sociales y políticas.

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