Actualizado 17 / 12 / 2018

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Verdaderos puntos de “embarque”

En los últimos tiempos, creo que son pocos los pinareños que no hayan sufrido los sucesos en una parada de ómnibus al salir o regresar del trabajo, una especie de “Odisea”, como refieren unos; “estresante”, exclaman otros, mientras la totalidad se refugia en mirar una y otra vez el reloj como si ello acelerara la posibilidad de llegar al destino planeado.

Pareciera que hubo cita a la misma hora, pues la calzada se confundía con un mar de gente, mientras alguien llega y dice: “Vamos a ver si me embarco rápido”, quizás refiriéndose al término como sinónimo de partir, de marchar… pero lo que no sabía esa persona, era que usaba la palabra perfecta: aquel lugar no le devolvería otra realidad que la de “embarcarse”; pero esta vez, como equivalente a enredo, complicación y salida nula.

Y viene el ómnibus, quizás el único del día: la depresión corporal se agita, los buenos modales quedan atrás, las esperanzas se agotan y los pasajeros vuelven al mismo punto. La espera continúa como única alternativa.

No obstante, entre aquella multitud sobresale uno que no cesa en ayudar a los que ansían seguir su viaje, ya hasta les resulta familiar para los más asiduos a la parada. Su uniforme azul quiere confundirse con la luz roja de un semáforo y detener a todos los carros estatales para montar a cada ciudadano que espera; pero la voluntad no alcanza si la conciencia de los demás no responde.

Con toda seguridad, aquel amigo confiesa que es doloroso ver cómo al final del día son más los carros que dicen adiós, que la cantidad de pasajeros a los que se le alivia el trayecto de un viaje.

Él, como el resto de sus colegas situados en diferentes puntos de la capital vueltabajera, trabajan amparados por la Resolución 435 emitida en el año 2002 por el Ministerio de Transporte, la cual defiende una mayor y mejor utilización de los medios estatales, ya que establece de manera obligatoria, “la recogida de pasajeros por los autos y vehículos ligeros, así como por los ómnibus escolares y del transporte obrero, en los retornos u otras ocasiones en que circulen vacíos”.

Sin embargo, ante el asombro de quienes somos protagonistas diariamente de la vorágine del viaje, no todos cumplen con lo establecido. ¿Será acaso inexistente la exigencia de los directivos de las entidades a las que pertenecen, o poco sentido del humanismo de los choferes?

Deja mucho de qué hablar las justificaciones de los conductores estatales, pues he sido testigo de cuando pretendiendo trasladarme a mi centro de trabajo he optado por apelar a la buena voluntad de un conductor amable que me ayude a llegar en tiempo.

Se escucha repetir como creídos de su razón: que si van apurados porque una reunión los espera, que si no tengo buenas gomas y ando sin repuesto, me quedo ahí cerquita, y pobre de esta última justificación, como si la ciudad fuera un pueblo tan grande o extranjeros en nuestra propia tierra, como si no supiéramos ya que el llamado “cerquita” queda más cerca de nuestro destino de lo que piensan esos choferes.

No sería la primera vez que un carro se detiene y el conductor dice: “Solo hasta la próxima parada”, una buena estrategia para el rehúso y de paso quedar bien, y allá voy yo, afanada en llegar y sin importarme las cuadras que me restarían, me monto de una vez y salgo del tumulto. Para sorpresa mía, que a estas alturas del campeonato ostento un grado científico en carretera, el chofer no iba solo hasta la primera parada y justo me dejó a pocos metros de mi casa.

Tal vez es suerte para mí vivir cerca de la misma ciudad, y en última instancia, desafío el pleno sol del mediodía o la tarde y me voy caminando, pero se le aprieta el corazón a muchas madres con niños cuando son las 10 de la mañana y aún permanecen en una parada, o a aquel adolecente que tenía hoy su examen final y tuvo que convencer de mil maneras a su profesor para explicarle que no fue su culpa llegar tarde.

Reconozco lo real de la situación del transporte público en Pinar del Río con la que compite el permanecer de ojos cerrados ante lo que tal vez se aprecie como vitalicio, y por ello realidad manida; pero que pide a gritos un cambio de actitud, una metamorfosis en todos los que en sus manos pueden disminuir las vicisitudes de tantas personas que salen cada mañana a aportar su “granito de arena” a la sociedad.

Desde estas líneas (voz de voces), que forman parte de mi trabajo diario, y desde mi testimonio como ciudadana que también tengo la triste experiencia de llegar a los ahora “azules”, llamo a la reflexión a quienes les compete sacar una sonrisa y un gracias para contribuir al milagro de extender la mano a los necesitados, para hacer la cotidianidad más llevadera en Vueltabajo.

Sobre el Autor

Heidy Pérez Barrera

Heidy Pérez Barrera

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.

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