Actualizado 22 / 06 / 2018

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¿Adiós a las bolsas de nailon?

En muchos países, desde hace algunos años, se han dictado leyes que prohíben el uso de las bolsas de nailon (conocidas por los cubanos como “jabitas”). Las razones que amparan tal decisión estriban en el daño que producen al medio ambiente, pues investigaciones realizadas demuestran que tardan, como mínimo, unos 400 años en degradarse por completo.

A nivel mundial se consumen anualmente entre 500 000 millones y un billón de bolsas de plástico, un número importante de ellas se convierten en basura.

Para producir este tipo de envase se necesitan cientos de miles de barriles de petróleo, sin contar la cantidad de animales marinos que mueren por culpa de las jabas lanzadas al mar. El más reciente ejemplo: una ballena falleció hace días por ingerir 80 bolsas de plástico en los mares de Tailandia.

Es decir, que son muchos los motivos por los que en diversos países tienen agencias medioambientales, prefecturas, gobernaturas y otras instancias de administración y justicia, para aprobar legislaciones que vayan contra el uso, producción y comercialización de las aún llamadas por algunos “chillonas”.

A pesar de tan noble idea, todavía en Cuba, que se conozca, no está aprobada ninguna ley de esta naturaleza, por tanto y demás estas siguen siendo el envoltorio en que todo cliente o consumidor debe recibir la mercancía en los establecimientos comerciales para poder trasladarlos.

Pero sucede que en las últimas semanas en la ciudad capital es casi imposible que al usted comprar algo en las tiendas en divisa pueda llevarse los productos en los envases adecuados. Casi siempre la respuesta es: “Disculpe, pero no tenemos jabitas”. Yo suelo replicar: “Lo anormal sería que tuvieran”, y allá va la cara de malas ganas de quien vende.

Establecimientos como La Cueva, la minitienda de la calle Maceo, el quiosco del reparto Raúl Sánchez, por solo citar algunos ejemplos, son lugares donde uno tiene que pensar si compra o no.

En el primero de ellos pregunté una vez a una de las trabajadoras la razón por la cual no tenían nunca jabas, y me dijo –con rostro de pocos amigos– que no sabía, que eso lo conocía la gerente.

O sea, que a la carencia del envase se une el desconocimiento de quienes laboran en la entidad para lograr dar una respuesta satisfactoria al cliente, ese que es la razón de ser de su trabajo.

Si todo eso junto no es desprotección al consumidor, ¿qué nombre entonces ponerle?

En tiempos en que hay una batalla orgánica, fundamentada –incluso en el plano jurídico–, para proteger al consumidor, parecieran que las fuerzas malignas se confabulan para hacerte sentir mal en estos lugares.

Da la sensación de que no se presta la atención debida ante todo el engranaje que conforma el concepto de protección al consumidor. Los más mínimos detalles pueden vulnerar la noble idea de fortalecer un sistema que va más allá del necesario acto de compra y venta.

En contraparte puedes encontrar bolsas por el valor de un peso en los comercios en CUP, o más seguro, en las manos de los revendedores, esos que no son propietarios de fábricas productoras de este recurso, pero sí dueños de grandes cantidades y que “muy bien” se las agencian para que no les falte la demandada “jabita”.

Si hay dificultades con la(s) fábrica(s) es importante comunicarlo; si es un problema de gestión de las administraciones y gerencias, es hora de dilucidarlo y  ponerle fin a tan incómoda situación.

En una ocasión un amigo llevó hasta la caja un grueso importante de mercancías, y una vez allí cuando fue a pagar le dijeron que no tenían en qué echarle los productos, ahí mismo quedó la compra, pasada por la caja y la dependienta molesta acusaba al cliente de irresponsable.

Habrá que ver quién es más irresponsable, si mi amigo por hacer valer su derecho o ella por empezar un día de trabajo sin tener todo garantizado.

Sobre el Autor

Daima Cardoso Valdés

Daima Cardoso Valdés

Licenciada en Derecho en la Universidad de Pinar del Río, Cuba

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