Actualizado 23 / 10 / 2018

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El aula como espacio discursivo

Creo que para todas las personas, el aula de clases en la que hemos pasado gran parte de nuestras vidas como estudiantes, significa uno de esos sitios que recordamos con agrado, nostalgia y puede que hasta con disgusto, pero lo que sí es indiscutible es que el recinto al que asistimos en busca de aprendizajes de todo tipo constituye el principal espacio discursivo en donde tuvimos la oportunidad de decir y comprender lo que otros expresan y, de esta manera, desarrollar nuestras capacidades de comunicación.

Se me ocurre que tras la celebración el 23 de abril del Día del Idioma Español, bien vale la pena destacar que esos locales merecen ser considerados “un aula de lenguaje”.

Entender ese contexto como espacio discursivo, significa comprender la diversidad comunicativa que en él suscita,, a partir del intercambio entre sus principales actores, el docente y el estudiante, así como entre los propios alumnos, en un lugar donde no solo fluctúan los intereses cognitivos y profesionales, sino además la variedad cultural que tipifica el colectivo.

Se caracteriza por demandar un permanente uso del idioma, desde la oralidad y la escritura, lo que revela la estrecha interconexión entre el proceso de enseñanza aprendizaje y el uso de la lengua, independientemente de la materia de la que se trate.

Implica asimismo, asistir el desarrollo de competencias comunicativas, no solo en su condición básica y de partida para que se produzca con efectividad dicho proceso, sino como meta permanente durante el transcurso de la formación, si se tiene en cuenta que la comprensión, análisis y producción de significados constituyen procesos nucleares en la construcción del conocimiento y su comunicación en todas las áreas.

A tenor con lo anterior, la enseñanza de la lengua, desde todas y cada una de las clases, garantiza una permanente interacción lingüística y cultural, de modo que permite el uso del lenguaje vinculado a la vida y al accionar humano.

En lo particular, me siento atada a los recuerdos que emergen de las sesiones de estudio que tuvieron como escenario a las aulas de mi vida; de ellas persisten conocimientos científicos de extraordinaria importancia para mi desempeño profesional hoy; saberes que van desde una receta de cocina, un lugar para visitar, un consejo para poner en práctica con la pareja, hasta un chiste que, de solo evocarlo, me arranca una carcajada (por eso de que quien solo se ríe, de sus maldades se acuerda).

Cervantes tal vez se burlaría si le confieso que mi aula de décimo grado está en mi mente, con Quijote y Sancho incluidos; o Shakespeare me tildaría de loca si le aseguro que el aula de onceno grado que llevo en el corazón todavía me hace sudar las manos por el amor de Romeo y Julieta.

Diría mi profe Marialina que vale la pena ser maestro, si tu alumno te asevera, casi 15 años después, que sus lecciones de Matemática te inundan el pensamiento con sus derivadas y fracciones, representadas ahora por un montón de palabras que al repetirlas son otra vez discurso vivo, aunque yo prefiera el periodismo.

Concordarán conmigo los lectores en cuán importante es cuidar de nuestras aulas, más allá de la pintura, los adornos o el mobiliario. Es preciso preservarlas por lo que representan: el espacio discursivo que anida el idioma y robustece los recuerdos, cada vez que la palabra vuelve a nacer.

Sobre el Autor

Heidy Pérez Barrera

Heidy Pérez Barrera

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.

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