Actualizado 14 / 07 / 2018

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Juanita

Conozco a Juana Salgado Cruz desde mi infancia. Ya entonces era viejecita y leve como una rama seca o como un avión de papel, movido por el viento a su antojo; por eso nadie le decía ni le dice Juana, que es un nombre muy pesado y no le va bien, en cambio, la llaman Juanita:

–¡Ey, Juanita, esta noche hay espectáculo en el “Milanés”!, le avisa un conocido uno de esos días en que la caminadora desanda la avenida José Martí.

–¡Oh sí, mijo, no me lo pierdo por nada!, responde ella y devuelve el saludo con la mano libre, con la otra sostiene una bolsa plástica con su respectiva flauta de pan.

Esa noche, en el teatro, no le cobrarán la entrada, y los artistas, al final de la función, la premiarán con un abrazo, porque Juanita es el mejor público que alguien puede llegar a tener en su vida.

Frecuenta todos los espacios culturales de la provincia, conoce de cerca a la mayoría de los creadores pinareños y participa en sus peñas cada vez que está de ánimo, que es casi siempre.

“No creas, últimamente las manos se me duermen y la cabeza me pesa sobre los hombros. Empiezo una conversación y tengo que dejarla porque no doy, no doy… Pensé que nunca iba a perder aquella chispa, muchacha”, se queja.

Mi amiga vive cerca de la fábrica de espejos, en una casa de techo bajo decorada a su gusto, todo lo bien que ha podido.

“Siéntate a la mesa que te voy a traer el ventilador”, invita. “Lástima que no tengo guayabas para hacerte un batido de los míos”.

El comedor es la habitación más luminosa. Uno de sus nietos colocó sobre la pared de fondo las distinciones que ha recibido la anciana a lo largo de sus 88 años: El Ánfora de Plata que otorga la Sociedad Cultural José Martí, el título de la Universidad del Adulto Mayor, un diploma que la nombra embajadora de la Cultura pinareña y otro de cuando fue vanguardia por el sindicato de la Industria Alimentaria.

Además de embalar mercancía en la Fábrica de Fideos, esta mujer dedicaba horas a visitar a los colegas enfermos. Después de jubilada siguió con su vieja práctica. De ese tiempo la recuerdo, porque solía aparecerse en mi casa con una jaba cargada de sorbetos, refresco instantáneo y paquetes de fideo, que gestionaba con los funcionarios de las empresas, para obsequiar a mi abuelo Nilo, primer administrador de la Fábrica de Galletas, que yacía postrado en una cama desde hacía varios años y era su amigo.

“Ese movimiento de los sindicatos se ha perdido. ¡Era tan bueno, se hacía tanto por la gente! Hoy de mí ni se acuerdan”, dice ella.

¡Cómo puede alguien olvidar su delantal de “Cucarachita Martina”, el pañuelo poniendo orden sobre su pelo gris y los sorbetos para endulzar el dolor!, ¡aquellos sorbetos de Juana!, que vive sola, en una casa muy limpia, rodeada de papeles amarillos y recuerdos.

“En el año `85 visité la URSS”, relata. “Cuando pisé la Plaza Roja me pellizqué duro para ver si aquello era cierto. ¡Ay!, ese Kremlin, ¡esa maqueta de la batalla de Borodino!, ¡esa estación del metro! ¡Qué disciplina, caballero!, ¡qué limpieza! ¡Y aquellos veteranos con sus trajes llenos de medallas, hablando bajo…!

“Un día bailé con un argentino en un salón elegante de Moscú. Nosotras éramos un grupo grande de mujeres. Las había muy bonitas, pero aquel monumento me sacó a mí a la pista”, los ojos sin brillo de Juana se iluminan un instante como si tuviera al argentino enfrente.

Le hubiese gustado ser bailarina o cantante, confesó en una entrevista que le hicieron en Tele Pinar hace un tiempo. Juanita es digna de homenajes como ese de la televisión. Su existencia simple, su corazón, merecen ser ovacionados en un teatro a sala repleta.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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