Actualizado 10 / 12 / 2018

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Clase de Ramona

En la Primaria, las auxiliares solían dividirnos en dos filas y mandarnos a cogerle la mano al compañero del lado. En mi aula había un niño, Luisito, tan negro como la noche más cerrada. Todos los días de escuela yo rezaba para que no me tocara él, porque creía que soltaba una especie de tinta oscura que me mancharía mi blanca mano. En una reunión de padres, la maestra le dijo a mi mamá que era una niña buena, que solo tenía ese “problemita”. Mi mamá, sabia como ha sido siempre, encomendó mi alma racista a Ramona, mi profesora de Lengua Española, con la cual pasaba gran parte de mis días, por aquella época, entre versos y prosas. Así llegó a mis manos La muñeca negra, que además de leer, debíamos dramatizar en un matutino. La maestra quiso que fuera Piedad, porque era la de más parlamentos y yo tenía buena memoria, pero Ramona dijo que sería la muñeca negra –¿Y por qué?, seguro pregunté yo, leguleya en todas las épocas–. “Porque eres lozana y rellenita como una muñeca”, seguro contestó ella, tan convincente y tierna siempre. Lo cierto es que llegado el día me hicieron dos motonetas bien altas en el medio de la cabeza y pintaron mi cara y mis manos con tempera negra y me vistieron con una bata de vuelo de colores brillantes. Cada brochazo negro en mi cara fue como un azote... ¡Cómo lloré! La pintura se me corrió, mi cuello, mi bata de colores y hasta mis pies recibieron su baño de tempera... fue un día muy negro. En la segunda presentación lloré menos; en la tercera no lloré, en la cuarta comencé a disfrutarlo y en la quinta lo adoré; al parecer no solo había aceptado mi nuevo color, sino que me la pasaba de lo lindo con los apretones que me pegaba Rosmeri, la niña más tosca del aula, quien finalmente fue Piedad, y que en cada presentación, al parecer también más cómoda con su personaje, quería más y más a su muñeca negra, es decir, a mí... umm... ahora recuerdo que a ella tampoco le gustaba darle la mano a Luisito, a veces hasta conspirábamos para ser compañeras nosotras y evitarnos el mal rato. Con el paso del tiempo lo he comprendido todo: la "echaste" buena, ¡¡¡Ramona!!! Concluyendo, ahora no les voy a venir con el cuento de que por este pasaje me volví antirracista, porque a esa edad uno solo es antidentista, pero algo cambió para siempre dentro de mí en relación con aceptar, respetar y hasta disfrutar lo diferente, y me atrevo a decir además, que algo semejante le pasó a mi amiga. Siempre es buen día para decir: Gracias, Martí... ¡¡¡cómo te descargo!!!... y sobre todo, cómo te descarga Rosmeri, que hace años está felizmente casada con un mulatón, de casi dos metros, que dice más de cuatro cosas. También he estado pensando qué habrá sido del Luisi... Seguro se ha puesto bien bueno y ahora sí está como pa' pasarle la mano... Cualquier información ¡la voy a agradecer!

Sobre el Autor

Yuliet Calaña

Yuliet Calaña

Periodista del sistema informativo Islavisión.

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