Actualizado 17 / 02 / 2018

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El valor de la ineficiencia

Hace algunas semanas debía enviar por correo una carta certificada, el día que dispuse del tiempo y la oportunidad para hacerlo, me dirigí a la unidad situada en la calle José Martí, había varias colas, pregunté en una ventanilla cuál era la indicada, sin mirarme, solo con un gesto, la compañera me señaló hacia el otro lado.

Pedí el último, esperé mi turno y cuando llegué junto al cristal, del lado de allá, me informan que no tienen pegatinas para realizar el trámite. Expresé mi inconformidad, quise hablar con alguien de la dirección, algún responsable, la trabajadora subió y volvió con la respuesta de que nadie podía atenderme, que no se encontraba ningún funcionario que pudiese darme una explicación, ella me sugirió que porque no iba a la oficina de Luis Lazo: “Ahí, quizás tengan”.

Mi tiempo no me permitía el viaje por un quizás e incluso le dije, que no le diera esa alternativa a otro cliente, porque podía despertar la ira y provocar que le contestaran con agresividad. Detrás de mí una señora también era afectada.

Yo quería enviar un pasaje a mi papá que nos visitaría por fin de año y ella la baja de oficoda a su hija residente en otra provincia, embarazada y urgida de ella para adquirir los productos de canastilla.

No sé cómo lograría enviarlo, yo no pude retornar hasta varios días después, la carta, dicho sea de paso, nunca llegó y por ende el boleto tampoco y eso que mediaron 10 días entre la certificación y la salida de mi progenitor, a pesar de haberle dado el número que estaba en el comprobante y de sus gestiones en las unidades de correos en Holguín.

La ineficiencia de quien no garantizó la disponibilidad de pegatinas en las ventanillas que atienden el público nos costó 125 pesos, porque debió trasladarse de La Habana a Pinar en una máquina, espero que la joven que aguardaba por los documentos para obtener el módulo de canastilla, no le cueste un año de culeros desechables.

Pero más allá del dinero, perdí las seis horas que estuve en la terminal para adquirir ese pasaje, la posibilidad de propiciarle un viaje seguro, de ir a esperarlo a la terminal...la planificación de un encuentro familiar meditado por cuatro meses. Ese fue el verdadero costo de una pegatina, que, de no existir, seguro hay formas de solucionar su carencia, sin afectar a los usuarios.

Las entidades prestadoras de servicios, desde las direcciones y hasta el último trabajador han de entender que son facilitadoras y no entorpecedoras, que la ineficiencia repercute más allá del instante en que dejan insatisfecho a un ciudadano, porque cuando se concurre a ellos es en busca de soluciones a problemas cotidianos y el Estado, las diseñó para ello.

Lamentablemente, no puede circunscribirse a un sector o un establecimiento, ese es el más reciente que me afectó en lo personal, pero qué decir del día que necesité solicitar el registro de llamadas en ETECSA; las jornadas en espera de recuperar el dinero de un equipo roto en período de garantía, o de cualquiera de las veces que nos hacemos invisibles ante los ojos de una dependienta en una tienda y debemos esperar que culmine la charla con la amiga cliente o la compañera de trabajo, ante que sus ojos se posen en nosotros.

Del camarero que no ve tus gestos, cuando reclamas su presencia, de la recepcionista que ocupa el teléfono en diálogo ameno con sus amistades y te imposibilita comunicarte con la institución... en fin de esos y esas que proliferan, al amparo de administraciones más ineficientes que ellos mismos, y donde el respeto al pueblo, es letra muerta.

Errores cotidianos que repercuten en las economías familiares, el estado anímico de los individuos, la salud emocional, la sociedad y la economía.

Nos faltan recursos y alternativas para muchas cosas, pero probado está, que el ingenio del cubano es pródigo cuando se emplea a fondo, y muchos de nuestros males, solo dependen de la voluntad de los hombres y mujeres, de hacer lo que se debe, cuando y como corresponde.

Ese potencial lo estamos dejando ir por el caño en numerosos lugares, y el valor de tal indolencia no es menospreciable, constituye un lastre, que nos impide progresar, y por supuesto, incluso los practicantes se afectan con tal freno. ¿Será tan difícil de entender?

Sobre el Autor

Yolanda Molina Pérez

Yolanda Molina Pérez

Licenciada en Periodismo de la Universidad de Oriente.

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  • Invitado - Lidia

    Muy buen articulo compañera Yolanda, es necesario que se den respuestas al pueblo ante estas situaciones de maltrato cada vez mas comunes, la indolencia nos esta haciendo mucho daño.

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