Actualizado 12 / 12 / 2017

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¡Qué república aquella!

Este domingo se realizarán las elecciones en Cuba. Por primera vez sin la presencia física de nuestro líder indiscutible, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, el pueblo elegirá a sus representantes. Así comenzará un proceso donde los elegidos por obtener más del 50 por ciento de los votos rendirán entonces cuenta a sus electores y podrán ser revocados en cualquier momento de su mandato.

Pero las elecciones no siempre fueron así. El panorama electoral cubano antes de 1959 era sinónimo de farsa. Seguramente, muchos de los que aún viven y participaron en tales “sufragios” coincidirán conmigo en que por aquellos días los politiqueros, personas de dinero y con influencias políticas de “cacería”, se dedicaban a intercambiar votos electorales con “favores”.

Evidentemente el necesitado podía negarse o rebelarse. Eso sí, en cualquiera de los dos casos, la muerte era inevitable, pues si no se fallecía por enfermedades era por las brutales golpizas a modo de escarmiento, chantaje y vejación. Y a la larga, si se “escapaba” vivo, la cédula de identidad era requisada.

En los primeros comicios electorales de la República de Cuba, tras la “independencia” de España, le fue imposible votar a la mayor parte de la población, y no por falta de intención, sino porque la propia ley electoral nacional del momento lo impedía. Solo pudieron ejercer su derecho al sufragio —estipulado por la legislación que se aprobó al efecto— los mayores de 21 años que supieran leer y escribir y demostraran bienes no menores de 250 pesos.

Ni mujeres, ni ancianos, ni hombres pobres y carentes de estudios, ya fueran blancos o negros, podían pararse frente a una boleta electoral. Aunque sí se les permitió hacerlo a los que pertenecieron al Ejército Libertador.

Un dato curioso de lo anterior: en las primeras elecciones que se convocaron en Cuba luego del cese de la dominación española, celebradas el 16 de junio de 1900, solo votó el siete por ciento de la población.

Otra de las historias es que, al llegar las elecciones presidenciales del 31 de diciembre de 1901, ante la voluntad indeclinable del mayor general Máximo Gómez de no aspirar a la primera magistratura, Bartolomé Masó se perfiló como candidato, al que se le enfrentó Tomás Estrada Palma.

El pueblo se inclinaba por Masó porque encarnaba el espíritu separatista frente a la intervención y se oponía a la Enmienda Platt, pero Estados Unidos tenía jurisdicción sobre la soberanía cubana. Días antes de los comicios, el alcalde de La Habana fue destituido por expresar simpatías por Masó. Así comenzarían las persecuciones contra los seguidores de Bartolomé hasta que Estrada Palma concurrió a elecciones sin oponente.

El dato curioso reside en que en las encuestas realizadas por el periódico La Discusión, Estrada Palma fue siempre el candidato menos favorecido. La última de esas indagaciones dio 305 puntos a Estrada Palma y 1 529 a su rival. Sin embargo, Don Tomás llegó a la primera magistratura no porque lo apoyaran republicanos y nacionales, sino porque contaba con el apoyo de Washington.

Asimismo, existen anécdotas de Batista y Grau San Martín cuando se enfrentaron en las de 1954. Tras el golpe de estado de 1952, Batista aspiraba a la presidencia de la república y solo se le oponía Grau San Martín por el Partido Auténtico.

No obstante, San Martín no pudo completar su candidatura, pues el dictador estaba dispuesto a ganar las elecciones a cualquier precio y tuvo a la Guardia Rural a su servicio en todas las provincias. Solo en Matanzas, territorio que Batista consideraba perdido, más de 500 seguidores de Grau fueron detenidos en días previos a las elecciones. Batista declararía a la revista Bohemia que “(...) no admitía la hipótesis de perder frente a Grau”. Dos días más tarde tenían lugar las elecciones con Batista como candidato único.

Eran tiempos grises. Gracias a Fidel y a la Revolución que triunfó el primero de enero de 1959, todo es distinto. Hoy valen los méritos y la consagración incondicional a los intereses del pueblo.

Hoy se promueve la activa participación popular que se manifiesta en la facultad ciudadana, total y absoluta, de escoger, postular, elegir, controlar y revocar a sus representantes.

Sobre el Autor

Ariel Torres Amador

Ariel Torres Amador

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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