Actualizado 20 / 11 / 2018

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Ni presiones ni falsas democracias

Quizás para algunos este sea un teque del tipo politiquero; créanme, no es la intención babear o derretir el teclado con “muelas sin sentidos”. Pero frente a la presente etapa y a la contienda venidera creí necesario hacer ciertas correcciones o aclaraciones para los que se las dan de “sordos” y “ciegos”. No hablaré de etapas párvulas, en las cuales por más que los padres se esforzaran por comentarnos o explicarnos el sistema electoral cubano, no los entendíamos. Prefiero dedicar estas líneas hacia ese o esos momentos en que “los sordos y ciegos” anteriormente descritos demandan explicaciones equívocamente incómodas sobre resquicios de nuestras formas de selección y votación. Y utilizo la supuesta incomodidad, porque nada resulta más satisfactorio que al contestar cada una de las interrogantes de dichos fulanos, la tortilla se dé la vuelta. Es cierto que el sistema electoral cubano tiene sus particularidades, pero no sería nuestro si no las tuviera. Somos cubanos y todo lo hacemos a nuestra medida, a lo que consideremos justo, a lo que sea y sirva mejor a todos y para el bien de todos. ¿Que tenemos un solo Partido? ¿Que somos monopartidistas? Es verdad. Y no creo que nadie debería sentirse avergonzado de eso, sino todo lo contrario. El Apóstol lo pensó así, pues para liberar a Cuba del yugo opresor de aquel entonces, se necesitaba unir a todos los sectores y fuerzas independentistas de la isla. Recordemos además que la división fue causa común del traste de otras contiendas mambisas. Ahora la pregunta es si dicha máxima no se sostiene en los tiempos que corren. No creo que la salvaguarda de la soberanía que hoy disfrutamos pueda sobrevivir a la fabricación de partidos engañosos, confundir a electores con promesas incumplibles y que primen así los intereses personales frente a los colectivos. Dudo que para alguien sea un secreto que las elecciones cubanas son un verdadero ejercicio de democracia, amplia participación popular, legalidad y transparencia, en las que el ejercicio del pueblo es proponer y elegir a los candidatos sobre la base del mérito, la capacidad y el compromiso con su gente, aun con un solo Partido. Recordemos también que la base de la verdadera democracia reside implícitamente en el proceso, pues contamos con la fortaleza de que más del 76 por ciento de quienes abogarán por mejor calidad de vida para los ciudadanos cuentan con la virtud de haber participado en procesos anteriores. A ello súmese que las féminas ocupan más del 64 por ciento, o sea, que son mayoría. ¿Qué otro país puede igualar tales cifras? Otro de los conceptos con acepciones políticas infelices para los más reaccionarios es el de democracia. Pero pensemos un momento si de verdad la democracia estadounidense es la que se quiere. Esa en la que el presidente electo Donald Trump ocupa hoy el despacho oval sin ganar siquiera por mayoría de votos ni ser el más popular. ¿Queremos una democracia como en la que sin consulta previa con su pueblo, el magnate de la Casa Blanca decidió no ratificar el convenio de la firma del acuerdo de París, dar la espalda a Puerto Rico tras el devastador efecto de “María”, inclinar aún más la balanza hacia la negativa de ayuda a millones de ciudadanos con la abolición del “ObamaCare”, prácticamente declararle la guerra a varias naciones soberanas en su último discurso en la ONU y lo más novedoso, retirarse de una organización tan importante como la Unesco solo porque sí? Si a eso llaman democracia no creo que la necesitemos. Lo más significativo de estas elecciones es que son las primeras sin la presencia física de Fidel, en las cuales la generación histórica de la Revolución le dará paso a los pinos nuevos. El capital simbólico de Cuba está fundamentado en valores espirituales, como el sentido de la libertad y la independencia, de cooperación y solidaridad, entonces, aboguemos por ese futuro para la Patria. Uno donde no existan nunca ni presiones ni falsas democracias.

Sobre el Autor

Ariel Torres Amador

Ariel Torres Amador

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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