Actualizado 17 / 11 / 2018

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¡Al fin el fin!

Cuentan quienes peinan canas, que en algún momento de la historia, Cuba fue un paradigma de la novela televisiva. Lo que nadie precisa con exactitud es el instante en que la aptitud se disolvió.

Fue Facebook quien me demostró inexorablemente que En fin, el mar tenía escasos seguidores, si es que en algún momento tuvo alguno. Los comentarios de cuán mala era y lo poco que gustaba eran comunes en las conversaciones del barrio y la familia. Pero siempre me quedó la duda de la subjetividad. Sin embargo, en la red social, donde cualquier detalle puede acarrear la gran polémica, todos los criterios confluyeron.

El final de la telenovela era un alivio y tantas opiniones no podían estar equivocadas. Los argumentos eran disímiles: los personajes poco creíbles, carencia de nudos en la historia, malas actuaciones, por solo citar algunos.

Los conflictos eran de carácter burdo, en los cuales predominaban las agresiones físicas, ofensas, chismería; no había una trama que entrañara misterio, confusión o que atrapara la curiosidad del televidente. Uno de los comentarios online cuestionaba el estereotipo que el espacio construía y transmitía del cubano. Como si la imagen del pueblo culto quedara suplantada por el brete barato de un argumento mal logrado.

Así lo aseguró el usuario Félix Fernando Garrido Pérez: “Creo que hay que ser moderados y no generalizar estereotipos de gente violenta en todo momento. Los medios son para dejar un saldo en el receptor de buenas costumbres, modales adecuados, conversaciones inteligentes...”.

El desarrollo de las historias no tenía una cadencia creíble. En ocasiones pasaban los capítulos sin que ocurriera algo y de repente todo daba un giro precipitado o forzado.

El final como se dice en buen cubano “rompió el bate”. Predecible, ridículo, sin sentido, en el que todos los personajes terminaron en un ranchón bailando y tomando cerveza. Muchas historias quedaron inconclusas o difusas.

En el plano personal lo que me impresiona es que cada nueva propuesta es peor que la anterior y la preocupación está en si existe un límite o continuamos bajando por un precipicio sin fondo.

Cada programa que llega a la pantalla demanda grandes inversiones, que no solo pasan por la cuestión financiera, sino también pone en tela de juicio el prestigio de realizadores, actores, guionistas y demás profesionales encargados de la industria del entretenimiento.

¿Dónde quedan las buenas propuestas, las críticas, los estudios de audiencia y el control para garantizar un producto de calidad?
Entretener no es ocupar un tiempo de la programación televisiva, requiere de mucho más.

Sobre el Autor

Loraine Morales Pino

Loraine Morales Pino

Licenciada en Periodismo, graduada en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.

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