Actualizado 21 / 08 / 2017

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Ya no soy el de antes

Ya no soy un niño. Eso es obvio a mis treinta y tantos. Camino a las puertas de los cuaren...ta como dijera mi hermano, me cuesta entender que ya no soy el de antes, que ya no soy el mismo.

Rememoro los tiempos pasados y me percato que no puedo correr ya atrás de los cocuyos durante más de una hora porque me ataca el asma, y me es imposible subir hasta los gajos más altos de las matas de chirimoyas o las de mango.

Me doy cuenta que me molesta el sol, el agua de lluvia me resfría aunque sea de mayo y una trasnochada equivale a varios días con sueño. En fin, me estoy volviendo un viejo.

Aceptar la adultez es algo que siempre me ha costado trabajo, y no me da pena admitir cuánto extraño los días en que solo me importaba que lloviera para mojarme y jugar con fango.

Y me cuesta porque sigo gozando como el más feliz de los niños cuando disfruto de un buen filme de dibujos animados, o porque mis hábitos no han cambiado en gran medida desde hace muchos años. Me sigue gustando empinar papalote, bailar trompos y saludar a cuánto perro vea en la calle.

Sin embargo, hay varias circunstancias que me obligan a aceptar esta nueva etapa, o al menos a darme cuenta de la cruel realidad: ya no soy tan joven. Hoy la muerte, las amistades y el tiempo libre son cosas mucho más serias, complejas y valoradas que años atrás.

Además, también existen las inevitables señales fisiológicas. Tantos años de temperamento risueño tienen sus consecuencias, créanme, pues ya aparecen patas de gallina cuando sonrío. Pero eso es lo de menos.

Lo más complicado es que en todas partes veo a personas de nivel, a gente importante en grandes cargos que –entre nosotros– compartieron conmigo tiempos de hambre en las escuelas al campo y me acompañaron más tarde en épicas maldades. Y hoy son hombres de bien, de ciencia, y de respeto como lo eran mis abuelos y como lo es mi padre.

Pero también está el lado más “oscuro” diría yo. Veo nacer y crecer a todos a mi alrededor, y los adolescentes adoran en cines a actores nacidos en mi mismo año, e incluso después.

Hoy para indagar o saber de alguien ya pregunto por sus padres, por sus abuelos, de qué familia es, dónde vive y qué hace. ¡Y cómo me molestaba cuando mi padre me inquiría de igual forma sobre la procedencia de mis amistades en mis años párvulos!

¡Mis amigos están casados y casi todos tienen hijos! Otra señal de que el tiempo no se detiene y que también pronto me tocará a mí.

Seguramente quienes sean mayores que yo habrán transitado por señales parecidas y terminarán de leer estas líneas con una sonrisa, pensando que en realidad siguen siendo jóvenes.

Quizás no sea tan malo, pues mientras tengamos con nosotros “un poquito de muchachos”, como dijera aquella canción de La Original de Manzanillo, todo estará bien.

A fin de cuentas, de acuerdo con un viejo refrán, “la juventud es la única enfermedad que se cura con los años”. Pero no por eso la convalecencia deja de ser dura.

Sobre el Autor

Ariel Torres Amador

Ariel Torres Amador

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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