Actualizado 27 / 06 / 2017

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Convivencia en la palestra

Un grupo de adolescentes y jóvenes juegan en la calle. Es domingo en la tarde. Los gritos y la algarabía reinan y conspiran en contra de la tranquilidad que algunos prefieren para dormir o ver películas. La pelota se escapa y da contra los cristales de la ventana de una de las casas. La dueña de la vivienda sale molesta y regaña a los involucrados.

-A punto del mediodía Francisca decide almorzar; sin embargo, el hedor nauseabundo de los corrales de los cerdos y pollos de su vecino le han quitado el apetito. Así pasan los días, uno detrás del otro. La suciedad pulula en el patio cercano y tal parece que a nadie le interesa la situación.

-La música se escucha en el barrio entero. A pesar de que varias veces se le ha llamado la atención, el joven X sigue con sus excentricismos y no tiene ni la más leve consideración con las personas que viven en su entorno.

No vivimos solos. Si miramos a nuestro alrededor, a diferentes escalas, estamos rodeados de otros seres humanos, lo mismo desde el punto de vista familiar que global; por tanto, una palabra clave para mantener la paz es respetar leyes que son propias de la convivencia, una palabra bastante relacionada con la coexistencia pacífica.

Al inicio de este trabajo expuse varios ejemplos que apreciamos cotidianamente en algunos barrios, aunque estoy segura de que los citados no son las únicas manifestaciones de irrespeto a los derechos del prójimo.

Una vuelta a la memoria nos puede traer casos de malos comportamientos en los ómnibus, actos groseros en lugares públicos, maltrato a la propiedad colectiva, falta de respeto a los adultos y a las mujeres, ingestión de bebidas alcohólicas en las calles u otros lugares inapropiados...

El hombre como ser social necesita relacionarse con otros, hasta los más aislados, pero a veces el habitar se puede tornar agrio y peliagudo por la sencilla razón de que hay quienes piensan que son únicos e irrepetibles, y les importa “un comino” la consideración para con sus semejantes.

Mucho se ha hablado en los medios de prensa, incluso en las escuelas se dan clases y charlas que enseñan a los menores a convivir, pero es por gusto, hay personas recalcitrantes que prefieren la ley de la selva.

La convivencia comienza por la familia, en ese pequeño recinto que es la casa y que a veces subestimamos, y no damos la real importancia al respeto a la individualidad, al trabajo de los demás, a sus gustos, pertenencias, en fin, al bienestar de cada cual.
Cuántas veces no escuchamos a alguien que está limpiando en el hogar decir: “¡Si me vuelves a pasar por el medio de lo mojado...!”.

También se manifiesta en las escuelas y centros laborales. Lugares donde coexisten durante largas horas grupos de personas, y en los cuales si no se acatan las normas esenciales se rompe el equilibrio.

Los hombres por naturaleza necesitan vivir en comunidad, porque de las relaciones sociales depende el desarrollo de la humanidad; sin embargo, si no interiorizamos que todos somos diferentes e iguales a la vez –idea aparentemente paradójica– todo está perdido.

Tenemos que aprender a vivir con el que piensa distinto, con los de otros credos, culturas, razas, y a la vez interiorizar que todos somos iguales y poseemos los mismos derechos a vivir plenamente y a disfrutar de lo material que nos rodea, a servir y ser servidos, siempre con la máxima de querer para los demás lo que uno desea para sí mismo.

Respetar al vecino, al compañero de trabajo, de escuela, a la persona que está a tu lado en cualquier lugar o momento, es importante; por eso tal vez sea hora de implementar mecanismos que insten y obliguen legalmente a los desconsiderados a ser consecuentes con este deber.

Sobre el Autor

Ana María Sabat González

Ana María Sabat González

Licenciada en Español y Literatura, periodista de Guerrillero. Ha sido profesora de la Universidad Hermanos Saíz Montes de Oca. Se dedica al periodismo desde el año 1996 y aborda en sus trabajos diferentes temáticas sociales y políticas.

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