Actualizado 23 / 10 / 2017

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La enemiga pública número uno

Me la he encontrado muchas veces. Y aunque no pudiera decir que le simpatizo, pues ella no hace migas con nadie, sí aseguraría que la conozco bastante bien, quizás lo suficiente para llamarla sin escrúpulos por el nombre que merece, y retarla a comparecer frente a la justicia y al sentido común.

Su rostro impávido, confuso cual “Mona Lisa”, puede esconderse tras la más excitante, seductora y complaciente de todas las sonrisas, bajo un bosque pronunciado de bigotes y cejas tupidas, o cabezas lisas y amplias barrigas.

Lo cierto es que muy en el fondo, su silueta es burlona, cínica, mandataria de las insensibilidades y las malas interpretaciones, madre esquiva de los reglamentos y esposa de la indiferencia, los papeles, cuños y firmas excesivas.

La Burocracia, donde bureau significa escritorio, y el sufijo cracia, del griego (krátos), traducido como gobierno, dominio o poder, es un mal del que todavía no hemos logrado desprendernos. Muchos son los años que ha tenido para aplatanarse y echar raíces profundas en nuestra cultura.

Tal es así, que un poco de “alimento” basta para que este monstruo tome vida propia, como lo advirtiera José Martí. Un ente que se hace imprescindible porque ha creado tantos trámites absurdos, que se necesitan cientos de miles de oficinistas llenando formularios y emitiendo certificados solicitados por otros oficinistas.

Que levante la mano o tire la primera piedra quien no haya dado “millones de carreras” en busca de una firma o sufrido el “peloteo” de algún burócrata.

Así, sin más explicaciones y mucho menos detalles, la burocracia te indica que “esto no es aquí”; “no te puedo ayudar”; “te falta un sello”; “debes remitirte nuevamente a esta o mas cual oficina”. Para usted más complicaciones, para “ellos”, una jornada laboral cualquiera.

Al final, a modo del permiso “A-38”, como el de la famosa película animada de Los doce trabajos de Asterix, usted bien pudiera terminar frente a la primera oficina donde tocó, quizás para empezar nuevamente el mismo papeleo.

La interrogante está entonces en cómo combatirla. Evidentemente la solución debe residir en enfrentar responsabilidades para evitar el vil atropello al ciudadano común.

A modo de sugerencias, reducir la cantidad de pasos para culminar cualquier trámite y premiar a quienes logren el mejor diseño, así como instaurar fechas límites (cumplibles y sancionables) serían las estrategias perfectas.

Asimismo, divulgar los mecanismos utilizados por funcionarios públicos con alto reconocimiento de la población, y aplicar a ellos pagos por concepto de resultados cuantitativos y cualitativos.

A la par, alcanzar una participación más efectiva de los ciudadanos en el diseño y evaluación de los resultados de los procesos burocráticos, lo cual dará al traste con la aplicación de un complejo de medidas que permitan disminuir las tantas trabas rutinarias e ir eliminando ese mal de antaño, al que día a día nos toca combatir.

Sobre el Autor

Ariel Torres Amador

Ariel Torres Amador

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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